miércoles, 18 de mayo de 2011

El bodegón





El bodegón
Durante el barroco, los artistas españoles se centraron principalmente en cuatro grandes géneros. En primer lugar se encuentra, sin lugar a dudas, la pintura de tema religioso, destinada a representar historias sagradas y dogmas de fe; en segundo lugar están el género profano, el retrato y el bodegón. Este último, también llamado naturaleza muerta, alcanzó en España un alto grado de desarrollo.

Fragmento de Pintura barroca en España 1600-1750.

De Alfonso E. Pérez Sánchez.
Capítulo III.
Aparte del retrato —del que hablaremos a continuación— sólo la naturaleza muerta tuvo en España amplio desarrollo y constituyó capítulo importante dentro del panorama de toda la pintura europea seiscientista, aunque su incorporación a la historia «oficial» de la misma sea bastante reciente.
Sin duda la naturaleza muerta española —el bodegón, como suele llamarse con denominación ya universal, a cualquier pintura de objetos inanimados, flores, frutas, objetos, animales muertos acompañados a veces por algún personaje humano— tiene personalidad bien singular y responde a una concepción en cierto modo distinta de lo italiano, flamenco, holandés o francés contemporáneo. Una sensibilidad humilde y grave, profunda e impregnada de un sentimiento casi religioso, que ordena los objetos con valor de trascendencia, es lo que hay de nuevo y personal en los primeros artistas españoles de este género, que parece, en ocasiones, tener un carácter casi religioso que a nosotros, menos familiarizados con el lenguaje de los místicos y con las inmediatas metáforas cotidianas de los escritores ascéticos como Fray Luis de Granada, Teresa de Jesús o Juan de Ávila, se nos escapan tantas veces. No es seguramente casual que algunas series de bodegones españoles procedan de clausuras conventuales, que hoy todavía se encuentren en sacristías catedralicias y que su más genial creador, Juan Sánchez Cotán, fuese fraile cartujo.
Pero no debe olvidarse tampoco que, a través de los textos contemporáneos, nada se nos dice de ese posible valor trascendente o simbólico de un género del que se elogia tan sólo el virtuosismo en el representar lo inanimado y cuyos cultivadores sólo se recogen y mencionan si, además, han destacado en alguna otra cosa. Así, de Van der Hamen, maestro singular en el género, elogia Palomino las obras religiosas y se refiere de pasada a sus «bodegoncillos», al igual que hace con Sánchez Cotán, de quien alude a su habilidad «en pintar frutas». De Burgos Matilla, o de Francisco Palacios, discípulos amigos de Velázquez, nada refiere de su producción como bodegonistas, única, o poco menos, que hoy conocemos, mientras que elogia sus retratos, para nosotros desconocidos.
Que se consideraba ocupación menor y casi poco digna, lo muestra también el hecho de que algunos pintores de Bodegón, que hoy conocemos y estimamos gracias a las obras firmadas que vamos descubriendo, no merecieron que Palomino los incluyese en su Parnaso. Ni Antonio Ponce, ni Francisco Barrera, ni Felipe Ramírez ni Pedro de Camprobin, se asoman a sus páginas, y Andrés Deleito lo hace en una mención ocasional, a propósito de los bodegones de Cerezo, pintor bien conocido por su producción religiosa. Todos ellos son hoy, sin embargo, estimados como significativos representantes de un género que sin duda tuvo muy poca consideración en su tiempo.
Francisco Pacheco era consciente de ese valor menor de la pintura de objetos inanimados y alza en su defensa una tímida voz, apoyada en la excelsa maestría de los de Velázquez, su yerno: «¿Pues qué? ¿Los bodegones no se deben estimar? Claro está que sí, si son pintados como mi yerno los pinta, alzándose en esta parte sin dejar lugar a otro».
En la actualidad se tiende, por el contrario, a magnificar este género de pintura, viendo en él, incluso, complejas significaciones simbólicas que, como digo, no parecen autorizar los textos contemporáneos.
Pero sí hay un sector explícito de este género que, con evidencia, reclama esa lectura: las «Vanitas», en las cuales se muestra, con el lenguaje de los teólogos y con los tópicos del ascetismo de los predicadores, la vanidad de las glorias del mundo y la caducidad de la belleza, la riqueza y el poder, sujetos todos al inexorable dominio del tiempo y de la muerte. Pereda, Deleito y algunas obras de Valdés Leal son ejemplos soberbios de este género, que cuenta también en las clausuras conventuales con representantes más modestos artísticamente, pero igualmente expresivos en su contenido. Bajo la idea —obsesiva en algunos teólogos y comentaristas— de la fugacidad de la vida y la brevedad de sus goces, no es difícil ver en ciertos bodegones de frutas que muestran picaduras o imperfecciones, o en floreros con flores a punto de deshojarse, alegorías de la inanidad del mundo y de la constante amenaza de la muerte.
Fuente: Pérez Sánchez, Alfonso E. Pintura barroca en España 1600-1750. Madrid: Ediciones Cátedra, 1992.




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