jueves, 19 de mayo de 2011

Historia de Managua





Solamente en el siglo XX, Managua, la capital de Nicaragua, ha sido totalmente destruida dos veces a causa de los terremotos. El más reciente, ocurrido en 1972, causó 10.000 víctimas. A la actividad sísmica habría que añadir la volcánica y la humana, en ocasiones no menos desoladora. Pese a ello, sus habitantes han preferido mantener viva la memoria de sus antepasados, que decidieron asentarse hace miles de años a orillas del lago de igual nombre, en un paraje de belleza singular.
Fragmento de Guía de Managua.

Historia de Managua
El primer testimonio de la existencia del hombre en Managua se remonta a unos ocho mil años. En aquella época prehistórica vivían los primeros habitantes paleolíticos o paleoindios, procedentes de muy anteriores migraciones asiáticas. Organizados en pequeños grupos, se sostenían de la caza, la pesca y la recolección silvestre. Habitando enramadas, refugios naturales y cuevas, grababan en las paredes dibujos y símbolos mágicos que proveían energías para la caza. Por otra parte, vestían escasas pieles de animales y cocinaban los alimentos directamente al fuego, obtenido por la frotación de astillas secas o provocado por el choque de perdernales, forma que se conservaría hasta la llegada de los españoles a principios del siglo xvi.
Sin duda, a uno de estos grupos paleolíticos pertenecieron las pisadas humanas descubiertas accidentalmente en 1874 junto a un cauce y casi a orillas del Lago en Managua: Las famosas huellas de Acahualinca, uno de los recuerdos prehistóricos más antiguos de América Latina y más interesantes del continente. Localizadas casi a cuatro metros de profundidad, después de once capas geológicas, fueron impresas en lodo volcánico durante el invierno, por lo que, al evaporarse su humedad, se fue solidificando y endureciendo hasta que fueron cubiertas definitivamente por una capa de ceniza volcánica. Estas no son sólo de hombres, sino también de aves y mamíferos que, presos de pánico, huyen hacia el noroeste.
Los primeros pobladores de Managua, desde entonces, se vieron sometidos a la violencia devastadora de la naturaleza. Pero sus descendientes siguieron visitando las riberas del Lago para pescar entre sus aguas hasta que desarrollaron una estacional e incipiente agricultura a través del maíz, introducido probablemente hace cuatro mil años por una corriente migratoria que partió del Altiplano de México.
Con ello se suscitó la creación de un culto, precisamente al dios del maíz, ubicado en las sierras donde se cultivaba el grano. Pues bien, los pescadores y cazadores neolíticos de Managua, al consumirlo, complementaban su dieta y, al final de la cosecha, se dirigían hasta las sierras para traer la representación o nahual del dios, el cual devolvían tras una breve temporada de celebración ritual. Tal es el mito que se oculta en las desbordantes fiestas cada primero y diez de agosto de Santo Domingo, «patrono» de la ciudad.
Hacia la aparición del culto a Xólotl (dios del maíz de la cultura náhuatl), que dio nombre al Lago de Managua o Xolotlán, los pobladores de la zona habían asimilado nuevos elementos étnicos y culturales. Absorbidos por los «mangües» o «chorotegas», cultura anterior a la náhuatl y también originaria de México, mantenían una actividad sedentaria y fabricaban vasijas de barro. Otro elemento cultural había sido la concepción de la Serpiente Emplumada o Quetzalcóatl, de obvia procedencia mexicana, que simboliza la unión del cielo y la tierra. Consiste en una pintura rupestre apreciable todavía en una de las laderas de la Laguna Asososca, entonces recinto sagrado.
A la llegada de los conquistadores, Managua era una importante plaza indígena que se extendía «como soga al luengo de la laguna», según Gonzalo Fernández de Oviedo y Valdés, cronista de Indias que llamaba laguna al Lago: el cuarto, en superficie, de América Latina, después del Titicaca, el Cocibolca (o de Nicaragua) y el Chapala. Oviedo recorrió la población que, realmente, abarcaba desde la península de Chiltepe hasta Tipitapa, donde residía el cacique-jefe de estas tierras, de origen y lengua chorotega como el resto de sus subalternos. Estos sumaban 40.000 almas, figurando entre ellas 10.000 guerreros u hombres de «arco y flecha».
Pero el principal aspecto de su testimonio consistió en haber advertido, poco tiempo después, la extinción de la mayoría de esos pobladores a causa de «la polla de la guerra», o sea: de la confrontación sangrienta entre españoles e indígenas. Aparte de esta etapa bélica, el cronista fue testigo de la ideología, o adoctrinamiento cristiano, emprendido por el primer gobernador de la provincia: Pedrarías Dávila. En efecto, comprobó que el fraile mercedario Francisco de Bobadilla «bautizó», a finales de 1528, a 1.116 indios que aún habitaban dicha plaza. El despoblamiento había sido de tal magnitud que tuvieron que pasar más de tres siglos y medio para que Managua llegase a contar la misma cantidad de habitantes que tenía en sus orígenes.
Oviedo, además, reconoció la belleza de los caudales de agua que rodeaban el asentamiento como la Laguna de Tiscapa. Esta, según él, se hallaba «a un tiro de ballesta a poco más o menos de Managua» y era «muy hermosa y cuadrada que parece alberca».
Veinte años más tarde, Managua sería uno de los numerosos pueblos sujetos al mecanismo de explotación implantado por la dominación hispánica: la encomienda de tributo.
En 1548, por tanto, la ciudad se hallaba dentro de la jurisdicción de ciudad de León y sus cincuenta indios debían pagar anualmente al español Francisco Téllez, a quienes estaban encomendados, fanegas de maíz, frijoles y algodón, docenas de gallinas de Castilla, decenas de mantas blancas y cien carguillas de sal. Además, tenían que proveerle de la fuerza de trabajo de dos indios para «los días de pescado» y, entre diciembre y marzo, cinco indios para llevar a cabo diversos servicios.
A finales del siglo xvi, la situación de los «naturales» no había variado. Pero ahora eran cien los tributarios de Managua, siempre bajo la jurisdicción de León, aunque aportaban otros diez indios tributarios a un encomendero de la ciudad de Granada. Medio siglo más tarde, ya consolidada la estructura económica de la Colonia, prosperaban en sus alrededores haciendas de ganado mayor y obrajes de añil. La gente del poblado, con más carácter urbano, cultivaba maíz y frijoles, además de otras semillas y legumbres; tenían abundancia de pescado y frutales y labraban jarcia para navíos. También vivían en él «muchos españoles» y ciertos mestizos que comerciaban con los indios, quienes les llamaban quebrantahuesos.
En 1680 estaba dividida en siete parcialidades y su población seguía tributando productos agrícolas y recolectores, esta vez a una encomendera (Ana Arriaza) y al Rey. En 1750 acogía a 372 milicianos, distribuidos en tres compañías: españoles, mestizos y mulatos. En torno al pueblo había muchos trapiches y 47 haciendas de ganado mayor. La iglesia parroquial de adobe y teja de tres naves quedaba «como a una cuadra de la playa» y poseía cuatro altares con retales y frontales dorados, poco ornamentados, una sacristía pequeña y un atrio cercado de tapias. Su santo titular era el apóstol Santiago. Otras cuatro iglesias, similares a la parroquial, se hallaban en el resto del pueblo.
El mismo año de 1750 el Obispo Agustín Morel de Santa Cruz contabilizó en Managua nueve casas de teja y 456 chozas de paja, 762 familias y 4.410 almas. El Alcalde de Granada nombraba un Juez para los españoles, mestizos y mulatos. Los indios se regían en cada una de sus parcialidades por un alcalde, un alguacil mayor, dos regidores y un fiscal. A iniciativa de Morel se establecieron una escuela, un hospital, una carnicería y una tienda de abastos.
Al margen de la causa independentista activada en León y Granada entre 1811 y 1812, Managua demostró una indeclinable fidelidad monárquica. Es por ello que fue elevada a rango de Muy leal villa por real decreto emitido por Fernando VII del 24 de marzo de 1819. Esta gracia le daba el derecho a gozar de las preeminencias de «Ayuntamiento» formado por alcaldes regidores y fue difundida por bando en León y en el propio pueblo de Managua, el 21 de abril de 1820.
Fuente: UCCI/SEQC. Guía de Managua. Madrid: Guías UCCI, 1992.




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