martes, 24 de mayo de 2011

La antinovela





La antinovela
Líder del nouveau roman o antinovela, Robbe-Grillet irrumpe con un nuevo género literario que nada tiene que ver con la novela tradicional. En esta obra, de la que extraemos los primeros fragmentos del Prólogo, el autor narra, de una forma totalmente nueva, una compleja intriga policiaca en la que los hechos y personajes más banales demuestran tener una importancia decisiva.
Fragmento de La doble muerte del profesor Dupont.
De Alain Robbe-Grillet.
1.–En la penumbra de la sala del Café, el dueño dispone las mesas y las sillas, los ceniceros, los sifones; son las seis de la mañana.
No tiene necesidad de distinguir bien las cosas, ni siquiera sabe lo que hace. Todavía está dormido. Leyes muy antiguas regulan los pormenores de sus gestos, que por una vez escapan al fluctuar de las intenciones humanas; cada segundo marca un puro movimiento: un paso hacia un lado, la silla a treinta centímetros, tres sacudidas con el trapo; media vuelta a la derecha, dos pasos hacia adelante; cada segundo lleva el compás, perfecto, igual, sin grumos. Treinta y uno. Treinta y dos. Treinta y tres. Treinta y cuatro. Treinta y cinco. Treinta y seis. Treinta y siete. Cada segundo tiene su sitio exacto.
Desgraciadamente, el tiempo pronto dejará de mandar. Envueltos en su cerco de error y de duda, los acontecimientos de este día, por pequeños que puedan ser, van a empezar su trabajo dentro de breves momentos, minando progresivamente el orden ideal e introduciendo solapadamente, aquí y allá, una inversión, un desequilibrio, una confusión, un recodo, para llevar a cabo lentamente su obra: un día de principios de invierno, sin plan ni dirección, incomprensible y monstruoso.
Pero es todavía demasiado pronto, la puerta de la calle acaba de abrirse, y el único personaje presente en la escena no ha encontrado aún su propia existencia. Es la hora en que las doce sillas bajan poco a poco de las mesas de mármol artificial, encima de las cuales han pasado la noche. Nada más. Un brazo maquinal vuelve a poner el decorado.
Cuando todo está listo, se enciende la luz...
Allí está, de pie, un hombre gordo, el dueño, intentando orientarse entre las mesas y las sillas. Encima del mostrador, el largo espejo donde flota una imagen enferma: el amo, verdoso y con las facciones desencajadas, hepático y grasiento dentro de su acuario.
Por el otro lado, tras el cristal, una vez más el dueño que se disuelve lentamente en la media luz de la calle. Esta silueta, sin duda, es la que acaba de poner en orden la sala; ya puede desaparecer. En el espejo temblequea, ya casi completamente descompuesto, el reflejo de este fantasma; y más allá, cada vez más vacilantes, la letanía indefinida de las sombras: el dueño, el dueño, el dueño... El dueño, nebulosa triste, anegada en su halo.
Penosamente, el dueño emerge. Al azar pesca algunas migas que flotan a su alrededor. No hay por qué darse prisa: no hay mucho trabajo a esa hora.
Se apoya con las dos manos sobre la mesa, inclinando el cuerpo hacia adelante, no muy despierto aún, fijos los ojos en un lugar indeterminado: ya está ahí ese cretino de Antoine con su gimnasia sueca de todas las mañanas. Y su corbata rosa el otro día, ayer. Hoy es martes; Jeannette viene más tarde.
Es curiosa esta manchita; vaya una porquería de mármol: conserva todas las señales. Parece de sangre. Daniel Dupont ayer por la noche; a dos pasos de aquí. Un asunto más bien turbio: un ladrón no hubiera ido adrede a una habitación iluminada; el tipo quería matarle, seguro. ¿Venganza personal, o qué? Torpe, sea como sea. Era ayer. Verlo luego en los periódicos. ¡Ah!, sí, Jeannette viene más tarde. Que compre también... no, mañana.
Una sacudida con el trapo, distraídamente, como una coartada, sobre la intrigante mancha. Entre dos aguas pasan, fuera de alcance, unas masas inciertas; quizás no sean más que agujeros.
Jeannette tendrá que encender la estufa en seguida; el frío empieza pronto este año. El herbolario dice que así ocurre siempre cuando ha llovido el catorce de julio; quizá sea verdad. Naturalmente el otro cretino de Antoine, que tiene siempre razón, quería demostrar a toda fuerza lo contrario. El herbolario empezó a enfadarse; para ello le bastan cuatro o cinco vasos de vino; pero no ve nada Antoine. Por fortuna, estaba el dueño. Era ayer. ¿O sería el domingo? Era el domingo: Antoine llevaba sombrero; ¡vaya pinta que tiene con su sombrero! ¡Su sombrero y su corbata de color de rosa! ¡Pero si ayer también llevaba la corbata! No. Bueno, ¿y qué más da?
Un malhumorado restregón quita una vez más a la mesa el polvo de la víspera. El dueño endereza el cuerpo.
Contra el cristal ve el revés de la inscripción “Habitaciones amuebladas”, en la que faltan dos letras desde hace diecisiete años; hace diecisiete años que está pensando en hacerlas poner. Ya era así en tiempos de Pauline; al llegar habían dicho...
Por otra parte no hay más que una habitación para alquilar, o sea que de todas formas es idiota. Una ojeada al reloj. Las seis y media. Hay que llamar al tío ese.
—¡Arriba, holgazán!
Esta vez el dueño ha hablado casi en voz alta, con una mueca de asco en los labios. No está de buen humor; no ha dormido lo suficiente.
En realidad, casi nunca está de buen humor.
Fuente: Robbe-Grillet, Alain. La doble muerte del profesor Dupont. Traducción de Jorge Petit Fontseré. Barcelona: Editorial Seix Barral, 1956.




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