jueves, 26 de mayo de 2011

Los electrófonos





Los electrófonos
Uno de los varios sistemas de clasificación de los instrumentos musicales los divide en idiófonos, membranófonos, aerófonos y cordófonos. A estas cuatro familias se ha unido en los últimos años la de los electrófonos. En este fragmento se analiza el origen de estos nuevos instrumentos que vieron la luz después de la I Guerra Mundial (1914-1918).
Fragmento de Los instrumentos musicales en el mundo.
De François-René Tranchefort.

Los instrumentos eléctricos y electrónicos.
La historia de la construcción de instrumentos eléctricos —o «electrofónica»— es reciente y sin duda está lejos aún de haber llegado al final: se puede considerar que todos los instrumentos (y equipos) que se construyen en la actualidad siguen en un estadio de experimentación y que las investigaciones en este campo han de conocer en el porvenir avances tan notorios como imprevistos. Dichas investigaciones nacieron inmediatamente después de la Primera Guerra Mundial cuando el alemán J. Mager se le ocurrió utilizar generadores de oscilaciones eléctricas —y por tanto, sonidos— para construir nuevos instrumentos de música, como el «sphärophon», presentado en el festival de Donaueschingen en 1926. Simultáneamente vieron la luz varios inventos más, aunque la mayor parte de ellos quedó simplemente como prototipo: los más interesantes fueron el «thereminvox», el «trautonium» y las «ondas musicales». Estos últimos son de uso corriente.
En los años veinte el físico soviético L. Theremine presentó el instrumento que llevaría su nombre —el thereminvox (el cual se llamó también «Aetherophone» porque producía una música... etérea): este instrumento llevaba dos generadores eléctricos y las frecuencias sonoras eran el resultado de la interacción del generador «abierto» —controlado manualmente— y el generador «cerrado» —no controlado. Se podía controlar el volumen pero no el timbre. Para emitir sonido se utilizaron auriculares telefónicos y más tarde un enorme pabellón (el altavoz no se había inventado todavía). El instrumento, ya perfeccionado, contaba con un teclado y obtuvo un gran éxito en Europa occidental y en Estado Unidos en 1927, con ocasión de una gira que realizó su inventor. Este instrumento se tocó sobre todo con acompañamiento orquestal.
El trautonium hizo su aparición en 1930 por obra del alemán Fr. Trautwein, pudiendo ser considerado como una de las mejores realizaciones en lo que a investigación de instrumentos se refiere. Su principio residía en la emisión, mediante un generador eléctrico, de sonidos muy ricos en armónicos, con timbres seleccionados (así como los pasos de un timbre a otro) por «filtros de formantes». El trautonium fue, en un principio, un instrumento monofónico que después, gracias a un doble generador, se convirtió en un instrumento polifónico capaz, además, de emitir ciertas sonoridades que producían la impresión de proceder de una voz humana. P. Hindemith escribió, en 1931, un Concierto para trautonium (monofónico). El instrumento fue utilizado también por R. Strauss y algunos compositores germánicos.
Las ondas musicales, que en la actualidad llevan el nombre de su inventor, M. Martenot, fueron presentadas al público en 1928. Apreciadas por su «extensión casi ilimitada del agudo al grave, su extraordinaria potencia y su fina sutileza rayan en lo imperceptible» (D. Milhaud), las ondas Martenot constituyen uno de los escasos instrumentos eléctricos que, en el presente, se admiten en la orquesta sinfónica y que han dado lugar a bellísimas composiciones: citemos, entre muchas otras, el Concierto pour ondes Martenot et orchestre, de Jolivet, y Les Trois Petites Liturgies, de Messiaen (donde el instrumento es utilizado a lo largo de toda la partitura). Su técnica se enseña en el Conservatorio de música de París y su repertorio lo defienden intérpretes de talento como las francesas Jeanne Loriod y Françoise Deslogères.
Las ondas Martenot presentan la forma de un teclado que se apoya sobre pies desmontables y una cinta que se desplaza lateralmente. Esta cinta lleva un anillo en el que se mete el dedo índice de la mano derecha y que se desliza sobre las marcas que hay en el borde del teclado. En la parte izquierda, debajo del teclado, se encuentra un cajoncito con una serie de botones registradores (obteniéndose los cambios de timbre instantáneamente, incluso durante la interpretación) y una tecla que regula la intensidad permitiendo una infinidad de matices que van de lo imperceptible al fortissimo. El sonido, emitido por uno o varios altavoces, es producido por oscilaciones eléctricas transformadas y amplificadas (mezcla, amplificación, controles). Los distintos timbres se consiguen mediante un conjunto de filtros que sirven para eliminar ciertos armónicos (partiendo del sonido puro existen más de ochenta combinaciones de timbres a disposición del intérprete). El teclado, que, junto con la cinta, regula la altura sonora, permite todo tipo de ataque, el staccato y, sobre todo, el vibrato (muy característico de este instrumento). La cinta realiza un efecto de «barrido», o sea, todas las posibilidades de glissando sin discontinuidad (subdivisiones de tono de hasta el 1/50). La extensión —de siete octavas: del do 1 al si 6— es casi la misma que la del piano. Aunque las ondas Martenot parecen aptas para la evocación, y hasta para la imitación de muchos de los instrumentos conocidos, lo que ha establecido su éxito duradero ha sido el carácter insólito de las sonoridades que produce.
Esta descripción de las ondas Martenot ayuda a comprender los principios esenciales del funcionamiento de futuros instrumentos «electrónicos», los cuales constan de tres partes: el dispositivo de formación del sonido, los medios que actúan para su transformación, y su propagación por un medio electroacústico (altavoz). Hay que señalar, sin embargo, que el dispositivo de producción sonora puede ser mecánico, es decir, a la manera de los instrumentos tradicionales. Dicho de otro modo, el origen del material sonoro sigue siendo instrumental: las vibraciones mecánicas previas son transformadas en vibraciones eléctricas, en cuyo caso el instrumento debe ser llamado «electromecánico» (o «electrificado»). Por otra parte, el modo de producción sonora puede ser puramente electrónico sin que existan vibraciones mecánicas previas. Unicamente los instrumentos pertenecientes a este segundo grupo merecen ser llamados con propiedad «electrónicos».
Fuente: Tranchefort, François-René. Los instrumentos musicales en el mundo. Madrid: Alianza Editorial, 1994.




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