lunes, 19 de septiembre de 2011

Órdenes militares españolas





Órdenes militares españolas
Órdenes militares españolas, congregaciones que en su origen estaban formadas por monjes-soldados, surgidas en la edad media para colaborar en la lucha contra los musulmanes, en las que se daban cita el sentido religioso propio de las grandes órdenes monásticas y el espíritu caballeresco y militar de la época. Eran, por lo tanto, asociaciones en las que había una amalgama de vida monástica y vida guerrera. Sus integrantes hacían votos canónicos, pero mantenían su condición seglar, siendo la guerra su actividad por excelencia. Desde el punto de vista religioso dependían directamente del Papado, cuya autorización era necesaria para la creación de la orden, quedando al margen de cualquier otra jurisdicción eclesiástica.
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NACIMIENTO DE LAS ÓRDENES MILITARES
La génesis de las órdenes militares se encuentra en estrecha relación con la puesta en marcha de las Cruzadas en la Europa cristiana, a fines del siglo XI, cuyo objetivo era rescatar los Santos Lugares, a la sazón bajo poder musulmán. Entre las primeras órdenes creadas es preciso mencionar la de los Caballeros de San Juan de Jerusalén (también llamada de los Hospitalarios) y la de los Caballeros Templarios (o del Temple), las cuales datan de los primeros años del siglo XII. Ambas estuvieron también presentes en tierras hispanas, en donde recibieron importantes donaciones.
No obstante, en el transcurso del siglo XII se constituyeron diversas órdenes militares en los territorios de la actual España. El hecho de que hubiera en la península Ibérica un conflicto militar permanente entre los cristianos y los musulmanes conocido como Reconquista constituía un caldo de cultivo apropiado para la creación de las citadas instituciones. Quizá influyó también el ejemplo de los conventos de ascetas que se encargaban de defender las fronteras del islam, denominados ribat.
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LAS PRINCIPALES ÓRDENES MILITARES ESPAÑOLAS
En la España medieval se crearon numerosas órdenes militares, pero sólo cuatro alcanzaron notable relevancia, las de Calatrava, Alcántara, Santiago y Montesa. La orden militar hispana de más antigua aprobación papal fue la de Calatrava, nacida el año 1158 cuando el abad cisterciense de Fitero, Raimundo Serrat (conocido como Raimundo de Fitero), y el monje Diego Velázquez tomaron la decisión de defender la plaza que les dio nombre, sometida a duro asedio por los almohades. La orden fue aprobada en 1164 por el papa Alejandro III.
Poco tiempo antes, en 1156, se había creado en tierras de Salamanca la hermandad de los caballeros de San Julián de Pereiro, germen de la Orden de Alcántara, que también se hallaba bajo la Regla del Cister. Su aprobación papal, que tuvo lugar en el año 1177, fue asimismo obra de Alejandro III.
En cuanto a la Orden de Santiago, nació en 1161 como una cofradía de caballeros leoneses encabezada por Pedro Fernández que nueve años más tarde fue adoptada por el rey Fernando II de León. En un principio a sus miembros se les llamó freires de Cáceres, pasando a denominarse poco después caballeros de la orden de Santiago. Esta orden militar, cuya aprobación pontificia data del año 1175, a diferencia de las anteriores, se acogía a la Regla de san Agustín. La Orden de Santiago añadía a la actividad militar la hospitalaria, acogiendo a los peregrinos que se dirigían a Santiago de Compostela.
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SU IMPORTANCIA EN LOS REINOS CRISTIANOS
En los últimos años del siglo XII las tres órdenes mencionadas fueron auténticos baluartes en la defensa de los territorios fronterizos de la submeseta Sur, La Mancha y la actual Extremadura. Tras la conquista de la Andalucía bética en el siglo XIII, pasaron asimismo a ocupar puestos claves en la defensa de la frontera que separaba a la Corona de Castilla del reino de Granada gobernado por la dinastía Nazarí. Pero también llevaron a cabo una importante labor repobladora en las tierras que controlaban. Las amplias donaciones que fueron recibiendo, tanto de reyes como de particulares, convirtieron a las órdenes militares de Calatrava, Alcántara y Santiago en protagonistas, tanto en el terreno económico como en el político, de la historia de los territorios de la Corona de Castilla.
El patrimonio territorial de la Orden de Alcántara se localizaba preferentemente en Extremadura. La Orden de Calatrava se extendió ante todo por tierras de La Mancha, más concretamente a lo largo de la comarca denominada Campo de Calatrava. En cuanto a la Orden de Santiago, cuyo patrimonio territorial estaba muy disperso, hay que señalar el hecho de que alcanzara una proyección fuera de la propia península Ibérica.
En 1317, por iniciativa del rey Jaime II, se constituyó en la Corona de Aragón la orden militar de Nuestra Señora de Montesa. Inspirada en la Regla del Cister, la nueva orden, que nació como una filial de la de Calatrava y es más conocida bajo el escueto nombre de Orden de Montesa, vino a ocupar el vacío dejado unos años antes por la suprimida Orden del Temple. La Orden de Montesa se integró a finales del siglo XIV con la Orden de San Jorge de Alfama, por lo que pasó a denominarse de Nuestra Señora de Montesa y San Jorge de Alfama, y recibió importantes concesiones territoriales en Aragón y Cataluña.
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ORGANIZACIÓN DE LAS ÓRDENES
Al frente de cada orden existía un maestre, habitualmente elegido por los caballeros reunidos en capítulo, aunque fuera necesaria la posterior validación pontificia. No obstante, debido al enorme poder que alcanzaron las órdenes militares, fue frecuente la intervención directa de los monarcas en el nombramiento de los maestres, particularmente en los últimos siglos de la edad media. Cabe recordar a este respecto el significado alcanzado por el Maestrazgo de Santiago en la vida política de la Castilla del siglo XV, sobre todo en tiempos del rey Juan II y de su valido, Álvaro de Luna. En una situación inferior se encontraban los comendadores mayores o priores.
Por último, las distintas encomiendas de las órdenes tenían a su frente un comendador. El grueso de las órdenes estaba integrado por los caballeros, pero también había monjes profesos, que ejercían las funciones de capellanes.
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LAS ÓRDENES DESDE LA EDAD MODERNA HASTA LA ACTUALIDAD
Alfonso XII investido gran maestre
El rey español Alfonso XII, que reinó durante tan sólo diez años (1875-1885), debido a su temprana muerte, aparece en este óleo de Joaquín Sigüenza en el transcurso de la ceremonia por la que fue investido gran maestre por el Gran Capítulo de las Órdenes Militares, más concretamente en el momento en que es saludado reverencialmente por los miembros de dicho estamento.
Archivo Fotografico Oronoz
El poder que alcanzaron las órdenes llevó a los reyes a intervenir en el nombramiento de los maestres y a colocarlas bajo su control. La tendencia se agudizó cuando el rey aragonés Fernando II, esposo de la reina castellana Isabel I, obtuvo los nombramientos de maestre de Santiago (1476), Alcántara y Calatrava (1485), confirmados por el papa Alejandro VI en 1492, concesión que, además, fue perpetuada para los sucesores de los Reyes Católicos. Más aún, el papa León X otorgó en 1515 a Carlos I la administración vitalicia de los tres maestrazgos, que quedó incorporada a la Monarquía Hispánica desde 1526. Para finalizar el proceso, Felipe II obtuvo la extensión de esta medida a la Orden de Montesa en 1587. Desde el momento que las órdenes entraron a formar parte de los atributos regios —en 1495 se había creado un Consejo de Órdenes, encargado de las cuestiones jurisdiccionales y los nombramientos— y dado que, además, se relajó su función religioso-militar, se transformaron en organizaciones honoríficas que tenían el valor añadido de su carácter nobiliario y las rentas aparejadas a encomiendas y mesas maestrales. De esta forma, la posesión de un hábito se convirtió en una aspiración de los que buscaban estima social y rentas sustanciosas. Su significado se reforzó porque la pertenencia a una orden pasó a ser una prueba positiva de limpieza de sangre.
En el siglo XVII, cuando las acuciantes necesidades de la Hacienda obligaron a toda clase de soluciones, el conde-duque de Olivares llegó a poner en venta hábitos de órdenes, medida tan mal recibida por los caballeros que el valido del rey Felipe IV hubo de suspenderla pronto. Las desamortizaciones del siglo XIX afectaron a las cuantiosas propiedades de las órdenes militares. La I República las suprimió en 1873 y, aunque durante la Restauración fueron restablecidas, se redujeron a un instituto nobiliario de carácter honorífico regido por un Consejo Superior dependiente del Ministerio de la Guerra, que se extinguió tras la proclamación de la II República en 1931. Al finalizar la Guerra Civil en 1939, las órdenes fueron reinstauradas de nuevo y, desde el inicio de la transición a la democracia durante la segunda mitad de la década de 1970, son simplemente organizaciones nobiliarias de carácter honorífico y religioso.




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