miércoles, 18 de mayo de 2011

Encuentro de dos mundos





Encuentro de dos mundos
El descubrimiento de América, o, por mejor decir, el encuentro de dos mundos, fue para el cronista español del siglo XVI Francisco López de Gómara “la mayor cosa después de la creación del mundo, sacando la encarnación y muerte del que lo crió”. El sorprendente hecho lo protagonizó, en la madrugada del 12 de octubre de 1492, una expedición mandada por Cristóbal Colón, primer almirante de la Mar Océana. El siguiente texto, extraído del Diario de a bordo colombino, refleja la novedad y sorpresa del primer contacto entre los europeos y los tainos antillanos.
Fragmento de Diario de a bordo.
De Cristóbal Colón.
A las dos horas después de media noche pareció la tierra, de la cual estarían dos leguas. Amaynaron todas las velas, y quedaron con el treo, que es la vela grande, sin bonetas, y pusiéronse a la corda, temporizando hasta el día viernes que llegaron a una isleta de los Lucayos, que se llamaba en lengua de Indios Guanahani. Luego vieron gente desnuda, y el Almirante salió a tierra en la barca armada y Martín Alonso Pinzón y Vicente Yánez, su hermano, que era capitán de la Niña.
Sacó el Almirante la bandera real, y los capitanes con dos banderas de la cruz verde, que llevaba el Almirante en todos los navíos por seña, con una F y una Y, encima de cada letra su corona, una de un cabo de la + y otra de otro. Puesto en tierra vieron árboles muy verdes, y aguas muchas y frutas de diversas maneras. El Almirante llamó a los dos capitanes y a los demás que saltaron en tierra, y a Rodrigo de Escobedo, escribano de toda la armada, y a Rodrigo Sánchez de Segovia, y dijo que le diesen por fe y testimonio como él por ante todos tomaba, como de hecho tomó, posesión de la dicha Isla por el Rey y por la Reina sus señores, haciendo las protestaciones que se requerían, como más largo se contiene en los testimonios que allí se hicieron por escrito. Luego se juntó allí mucha gente de la Isla. Esto que se sigue son palabras formales del Almirante en su libro de su primera navegación y descubrimiento de estas Indias: «Yo, dice él, porque nos tuviesen mucha amistad, porque conocí que era gente que mejor se libraría y convertiría a Nuestra Santa Fe con Amor que no por fuerza, les di a algunos de ellos unos bonetes colorados y unas cuentas de vidrio que se ponían al pescuezo, y otras cosas muchas de poco valor, con que hubieron mucho placer y quedaron tanto nuestros que era maravilla. Los cuales después venían a las barcas de los navíos a donde nos estábamos, nadando y nos traían papagayos y hilo de algodón en ovillos y azagayas y otras cosas muchas, y nos las trocaban por otras cosas que nos les dábamos, como cuentecillas de vidrio y cascabeles. En fin, todo tomaban y daban de aquello que tenían de buena voluntad, mas me pareció que era gente muy pobre de todo. Ellos andan todos desnudos como su madre los parió, y también las mujeres, aunque no vide más de una harto moza, y todos los que yo vi eran todos mancebos, que ninguno vide de edad de más de 30 años, muy bien hechos, de muy hermosos cuerpos y muy buenas caras, los cabellos gruesos casi como sedas de cola de caballos y cortos. Los cabellos traen por encima de las cejas, salvo unos pocos detrás que traen largos, que jamás cortan. De ellos se pintan de prieto, y ellos son de la color de los canarios, ni negros ni blancos, y de ellos se pintan de blanco, y dellos de colorado, y de ellos de lo que hallan; y se pintan las claras, y dellos todo el cuerpo, y de ellos solos los ojos, y de ellos sólo la nariz. Ellos no traen armas ni las conocen, porque les mostré espadas y las tomaban por el filo, y se cortaban con ignorancia. No tienen algún hierro: sus azagayas son unas varas sin hierro, y algunas de ellos tienen al cabo un diente de pece, y otras de otras cosas. Ellos todos a una mano son de buena estatura de grandeza y buenos gestos, bien hechos. Yo vi algunos que tenían señales de heridas en sus cuerpos, y les hize señas qué era aquello, y ellos me mostraron cómo allí venían gente de otras islas que estaban cerca y los querían tomar y se defendían. Y yo creí y creo que aquí vienen de tierra firme a tomarlos por cautivos. Ellos deben ser buenos servidores y de buen ingenio, que veo que muy presto dicen todo lo que les decía. Y creo que ligeramente se harían cristianos, que me pareció que ninguna secta tenían. Yo, placiendo a Nuestro Señor, llevaré de aquí al tiempo de mi partida seis a Vuestra Alteza para que aprendan a hablar. Ninguna bestia de ninguna manera vi, salvo papagayos en esta Isla.» Todas son palabras del Almirante.
Fuente: Colón, Cristóbal. Diario de a bordo. En “Crónicas de América”. Tomo 9. Edición de Luis Arranz. Madrid: Historia 16, 1985.




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El bodegón





El bodegón
Durante el barroco, los artistas españoles se centraron principalmente en cuatro grandes géneros. En primer lugar se encuentra, sin lugar a dudas, la pintura de tema religioso, destinada a representar historias sagradas y dogmas de fe; en segundo lugar están el género profano, el retrato y el bodegón. Este último, también llamado naturaleza muerta, alcanzó en España un alto grado de desarrollo.

Fragmento de Pintura barroca en España 1600-1750.

De Alfonso E. Pérez Sánchez.
Capítulo III.
Aparte del retrato —del que hablaremos a continuación— sólo la naturaleza muerta tuvo en España amplio desarrollo y constituyó capítulo importante dentro del panorama de toda la pintura europea seiscientista, aunque su incorporación a la historia «oficial» de la misma sea bastante reciente.
Sin duda la naturaleza muerta española —el bodegón, como suele llamarse con denominación ya universal, a cualquier pintura de objetos inanimados, flores, frutas, objetos, animales muertos acompañados a veces por algún personaje humano— tiene personalidad bien singular y responde a una concepción en cierto modo distinta de lo italiano, flamenco, holandés o francés contemporáneo. Una sensibilidad humilde y grave, profunda e impregnada de un sentimiento casi religioso, que ordena los objetos con valor de trascendencia, es lo que hay de nuevo y personal en los primeros artistas españoles de este género, que parece, en ocasiones, tener un carácter casi religioso que a nosotros, menos familiarizados con el lenguaje de los místicos y con las inmediatas metáforas cotidianas de los escritores ascéticos como Fray Luis de Granada, Teresa de Jesús o Juan de Ávila, se nos escapan tantas veces. No es seguramente casual que algunas series de bodegones españoles procedan de clausuras conventuales, que hoy todavía se encuentren en sacristías catedralicias y que su más genial creador, Juan Sánchez Cotán, fuese fraile cartujo.
Pero no debe olvidarse tampoco que, a través de los textos contemporáneos, nada se nos dice de ese posible valor trascendente o simbólico de un género del que se elogia tan sólo el virtuosismo en el representar lo inanimado y cuyos cultivadores sólo se recogen y mencionan si, además, han destacado en alguna otra cosa. Así, de Van der Hamen, maestro singular en el género, elogia Palomino las obras religiosas y se refiere de pasada a sus «bodegoncillos», al igual que hace con Sánchez Cotán, de quien alude a su habilidad «en pintar frutas». De Burgos Matilla, o de Francisco Palacios, discípulos amigos de Velázquez, nada refiere de su producción como bodegonistas, única, o poco menos, que hoy conocemos, mientras que elogia sus retratos, para nosotros desconocidos.
Que se consideraba ocupación menor y casi poco digna, lo muestra también el hecho de que algunos pintores de Bodegón, que hoy conocemos y estimamos gracias a las obras firmadas que vamos descubriendo, no merecieron que Palomino los incluyese en su Parnaso. Ni Antonio Ponce, ni Francisco Barrera, ni Felipe Ramírez ni Pedro de Camprobin, se asoman a sus páginas, y Andrés Deleito lo hace en una mención ocasional, a propósito de los bodegones de Cerezo, pintor bien conocido por su producción religiosa. Todos ellos son hoy, sin embargo, estimados como significativos representantes de un género que sin duda tuvo muy poca consideración en su tiempo.
Francisco Pacheco era consciente de ese valor menor de la pintura de objetos inanimados y alza en su defensa una tímida voz, apoyada en la excelsa maestría de los de Velázquez, su yerno: «¿Pues qué? ¿Los bodegones no se deben estimar? Claro está que sí, si son pintados como mi yerno los pinta, alzándose en esta parte sin dejar lugar a otro».
En la actualidad se tiende, por el contrario, a magnificar este género de pintura, viendo en él, incluso, complejas significaciones simbólicas que, como digo, no parecen autorizar los textos contemporáneos.
Pero sí hay un sector explícito de este género que, con evidencia, reclama esa lectura: las «Vanitas», en las cuales se muestra, con el lenguaje de los teólogos y con los tópicos del ascetismo de los predicadores, la vanidad de las glorias del mundo y la caducidad de la belleza, la riqueza y el poder, sujetos todos al inexorable dominio del tiempo y de la muerte. Pereda, Deleito y algunas obras de Valdés Leal son ejemplos soberbios de este género, que cuenta también en las clausuras conventuales con representantes más modestos artísticamente, pero igualmente expresivos en su contenido. Bajo la idea —obsesiva en algunos teólogos y comentaristas— de la fugacidad de la vida y la brevedad de sus goces, no es difícil ver en ciertos bodegones de frutas que muestran picaduras o imperfecciones, o en floreros con flores a punto de deshojarse, alegorías de la inanidad del mundo y de la constante amenaza de la muerte.
Fuente: Pérez Sánchez, Alfonso E. Pintura barroca en España 1600-1750. Madrid: Ediciones Cátedra, 1992.




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Descripción del Orinoco





Descripción del Orinoco
Las notas que Antonio de Alcedo aporta respecto a cuestiones de geografía, historia, etnología, climatología, etc. del continente americano, son de gran valor no sólo por la información fidedigna que contienen, sino también por ofrecer la visión que sobre estas cuestiones tenía un ilustrado español de la segunda mitad del siglo XVIII.

Fragmento de Diccionario geográfico-histórico de las Indias occidentales o América.

De Antonio de Alcedo.
ORINOCO, Rio grande, caudalosisimo y navegable del Nuevo Reyno de Granada y América Meridional, uno de los quatro mayores que hay en aquel Continente: nace en la sierras Nevadas que están al N de la laguna Parime en la Provincia de la Guayana, segun el reconocimiento que hizo de órden de la Corte el Gefe de Esquadra Don Joseph de Iturriaga, y las noticias de los Indios Caribes, con lo qual se falsifica el origen que le da el Padre Joseph Gumilla de la extinguida Compañia en su Orinoco ilustrado, y el que le da el Ex-Jesuita Coleti en la Provincia de Mocoa en un gr. 21. min. de lat. bor.: corre mas de 600. leguas del S al N, recibiendo en su dilatado curso muchisimos rios, con que se engrosa, y sale á desembocar al mar enfrente de la Isla de la Trinidad por siete bocas diferentes, formando varias Islas llamadas Orotomecas ó de Palamos por la Nacion bárbara de Indios de este nombre, que las habitaban: tiene el de Iscante hasta pasar por el País de los Indios Tames, donde recibe por la parte del Poniente los rios Papamene y Plasencia, y adquiere el nombre de aquel distrito, que cambia al pasar por el Pueblo de San Juan de Yeima en el de Guayare, y despues de Barragan mas abaxo donde le entra el caudaloso Meta, antes que el Cazanare de no menos caudal, recogiendo tambien por la parte del N los de Pau, Guaricu, Apuré, Cabiari, Sinaruco, Guabiari, Irricha, San Carlos y otros; y por la del medio dia los de Benituari, Amariguaca, Cuchivero, Caura, Aroi, Caroni, Aquiri, Piedras Vermejo ó Colorado y otros de menos nombre, con los quales formidable ya se llama Orinoco: sus orillas é Islas están habitadas de muchas Naciones bárbaras de Indios, algunas de las quales fueron reducidas á la Fé Católlca, vida civil por el zelo de los Regulares de la extinguida Compañia, que habian fundado en ellas unas florecientes Misiones, hasta el año de 1767, que por su expulsion de los dominios de España, pasaron al cuidado de los Padres Religiosos Capuchinos: se navega mas de 200. leguas aunque sean grandes las embarcaciones, y con canoas y barcos menores se puede subir desde su boca hasta Tunja ó San Juan de los Llanos: abunda de muchisimo pescado de diferentes especies, y en sus riveras, que pertenecen en lo eclesiástico al Obispado de Puertorico, hay bosques de mucha variedad de árboles y maderas; animales muy estraños, y aves raras; plantas, frutos, é insectos lo mismo que en el rio Marañon: se comunica con éste por el rio Negro, que fue un problema muy disputado hasta que reconoció este canal de comunicacion el Padre Manuel Roman de la referida Compañia el año de 1743.: descubrió la boca principal del Orinoco el Almirante Christoval Colon el año de 1498., y fue Diego de Ordáz el primero que entró por ella, y lo navegó el de 1531.: su fondo entre la fuerza de San Francisco de la Guayana y el caño de Limon, es de 65. brazas, medido el año de 1734. por el Ingeniero Don Pablo Diaz Faxardo, y donde se estrecha mas tiene 80., sobre las quales suele subir por Agosto y Septiembre 20. brazas en sus crecientes, en que gasta cinco meses; y sus naturales han observado que cada 25. años excede una vara: á la distancia de 160. leguas se conoce en este rio claramente el fluxo, y refluxo del mar: en el parage que se estrecha mas tiene un formidable peñasco en medio, de 40. varas de alto, y en su cumbre un árbol grande, que es lo único que no cubre el agua en las grandes avenidas, y sirve de balisa á las embarcaciones para huir de aquel escollo: sus aguas salen al mar con tanta violencia que se conservan dulces por mas de 20 leguas sin mezclarse con las del mar; está su boca principal llamada de Navios en 8. gr. 9. min. de lat. bor.
Fuente: Alcedo, Antonio de. Diccionario geográfico-histórico de las Indias occidentales o América. 5 vols. Madrid: Imprenta de Benito Cano, 1786-1789.




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