martes, 23 de julio de 2013

Movimiento ecuménico



Movimiento ecuménico, movimiento cuyo objetivo básico es promover la cooperación y la unidad mundial entre las Iglesias vinculadas al cristianismo. El término ecuménico proviene etimológicamente del griego oikoumen ('habitado'); de esta manera, los concilios ecuménicos de la Iglesia (el primero de los cuales se celebró en Nicea en el 325) fueron así llamados porque los participantes representaban a las confesiones de todo el mundo conocido. En el siglo XIX, el término ecuménico vino a significar para la Iglesia católica apostólica romana la preocupación por la unidad y la renovación de la Iglesia. Para los protestantes, que encabezaron e hicieron avanzar el movimiento ecuménico desde principios del siglo XX, la expresión se ha aplicado no sólo a la unidad cristiana sino, en un sentido más amplio, a la expansión mundial del cristianismo a través de actividades misioneras.
Hasta el siglo XX sólo se habían hecho esfuerzos esporádicos para reunir a la cristiandad, rota durante siglos por cismas, la aparición de la Reforma y otras disputas. En el siglo XIX se facilitó el camino hacia la unidad por el desarrollo de organizaciones como las Sociedades Misioneras y de la Biblia, la Asociación de Jóvenes Cristianos y la Asociación de Jóvenes Cristianas; en todas ellas, protestantes de diferentes confesiones se unieron para apoyar causas comunes. A principios del siglo XX la unidad del movimiento ecuménico era desempeñada por los protestantes casi en exclusiva.
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OBJETIVOS DEL ECUMENISMO
La Conferencia Misionera Mundial de 1910, celebrada en Edimburgo, marcó el principio del ecumenismo moderno. De ella surgieron tres corrientes de orientación ecuménica: evangelista, de servicio y doctrinal. En la actualidad, esos tres aspectos son fomentados a través del Consejo Mundial de las Iglesias, constituido en 1948; en 1994 englobaba a más de 330 iglesias en unos 90 países.
La preocupación evangélica del ecumenismo moderno dio lugar, en 1921, a la formación del Consejo Misionero Internacional, que engloba a 17 organizaciones de carácter nacional. Coordina la estrategia misionera y ayuda al desarrollo de nuevas iglesias.
Los esfuerzos realizados por los cristianos más allá de los límites confesionales y nacionales se realizaron en 1925, en Estocolmo, cuando se convocó la Conferencia Universal Cristiana sobre la Vida y el Trabajo para estudiar la aplicación del Evangelio a los asuntos industriales, sociales, políticos e internacionales, bajo el lema “el servicio une, pero la doctrina divide”.
El movimiento hacia el ecumenismo doctrinal llevó, en 1927, a la convocatoria de la I Conferencia Mundial de la Fe y el Orden. La conferencia concluyó que “Dios quiere la unidad y, sin embargo, pudiendo justificar los principios de la desunión, lamentamos su permanencia”. La II Conferencia Mundial de la Fe y el Orden se celebró en Edimburgo en 1937, el mismo año en que tuvo lugar en Oxford otra conferencia sobre la Vida y el Trabajo. Delegados de ambas reuniones acordaron la coordinación de sus actividades, y en 1938 se nombró un comité provisional para crear un “órgano representativo de las iglesias”. La formación del Consejo Mundial de las Iglesias, que tenía que haber nacido en 1941, se pospuso durante siete años a causa del estallido de la II Guerra Mundial. En 1961 la corriente misionera del esfuerzo ecuménico protestante, junto con las corrientes de servicio y doctrinal unidas en el Consejo Internacional Misionero, se fundieron con el Consejo Mundial de las Iglesias.
El impulso hacia la unidad fue realizado casi en exclusiva entre los protestantes hasta 1920, año en que el patriarca de Constantinopla publicó una encíclica en la que llamaba a la unión de todos los cristianos. Las Iglesias ortodoxas orientales son miembros del Consejo Mundial desde su constitución.
El ecumenismo siguió desarrollándose entre las confesiones protestantes y ortodoxas; así, en 1950, se formó el Consejo Nacional de las Iglesias por parte de 29 confesiones de Estados Unidos. La Iglesia católica apostólica romana, sin embargo, permaneció inflexible en su rechazo al movimiento; desde su punto de vista, la unidad de la Iglesia sólo se puede conseguir tras el regreso de las que ella considera “sectas cismáticas” a la “única Iglesia verdadera”. Una encíclica emitida en 1928 por el papa Pío XI reforzó esta posición y en 1954 los católicos tuvieron prohibido asistir a la segunda asamblea del Consejo Mundial de las Iglesias.
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EL CONCILIO VATICANO II
El cambio llegó en 1959 cuando el papa Juan XXIII propuso la convocatoria de un nuevo concilio para completar la obra del Concilio Vaticano I (1869-1870). La renovación doctrinal y la unión con otras confesiones fueron algunos de los puntos más debatidos en las sesiones del Concilio Vaticano II. El pontífice creó un Secretariado para la Promoción de la Unidad Cristiana; en 1961 permitió que observadores católicos asistieran de modo oficial a la tercera asamblea del Consejo Mundial de las Iglesias.
También gracias a su influencia, cuando se inició el Concilio Vaticano II en la basílica de San Pedro en 1962, los representantes protestantes y ortodoxos (que estuvieron presentes en todas las reuniones) fueron ubicados en lugares de honor. Los 2.500 obispos católicos que participaron en sus sesiones (1962-1965) discutieron sobre la unidad cristiana. Su decreto sobre el ecumenismo, promulgado en 1964, hablaba no ya de confesiones y creencias “cismáticas” sino de “hermanos separados” y deploró los pecados en contra de la unidad cometidos durante años tanto por católicos como por protestantes.
Tras fallecer Juan XXIII en 1963, su sucesor, Pablo VI, dio a conocer su intención de ahondar en los avances ecuménicos, describiendo la unidad como el “objeto de interés permanente, estudio sistemático y comprensión constante”. Esta política fue reforzada por varios gestos importantes. En 1964, el Papa y el patriarca ecuménico ortodoxo, Atenágoras I, mantuvieron un cálido e histórico encuentro en Jerusalén, el primero que se celebraba en más de 500 años entre los máximos líderes espirituales de ambas iglesias. En 1966, el arzobispo de Canterbury, cabeza de la confesión anglicana, visitó al papa Pablo VI y en 1967 el pontífice visitó al patriarca ortodoxo de Turquía.
En la clausura del Concilio Vaticano II, se creó un grupo de trabajo conjunto entre el Vaticano y el Consejo Mundial de las Iglesias, y fueron constantes las conversaciones oficiales entre católicos y protestantes. De modo significativo, el grupo de trabajo conjunto declaró en 1967 que no existían dos movimientos ecuménicos sino sólo uno; igualmente, en la cuarta asamblea del Consejo Mundial, un teólogo jesuita habló de los católicos romanos como compañeros de los demás cristianos en la búsqueda de la unidad, “que es la voluntad de Cristo para Su Iglesia”, y dejó abierta la posibilidad de que los católicos se adhirieran al Consejo Mundial. Esto no había ocurrido todavía a mediados de la década de 1990, pero la Iglesia católica apostólica romana tiene buenas relaciones de trabajo con el Consejo Mundial a cuyas sesiones envía observadores con regularidad.
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UNA ERA DE CAMBIOS
El ecumenismo está cambiando. La consolidación de las Iglesias protestantes ha progresado con rapidez. Durante las décadas de 1980 y 1990 el movimiento ecuménico se ha caracterizado por el incremento del consenso en las cuestiones doctrinales que una vez fueron objeto de fuertes disputas, y por el incremento de la cooperación a todos los niveles; esto se debe en parte a las conversaciones bilaterales que tuvieron lugar entre varias iglesias cristianas —anglicana, ortodoxa, protestante y la católica apostólica romana— durante la década de 1970. En temas como la paz mundial, estudios de desarrollo internacional y socorro ante las catástrofes, la Iglesia católica apostólica romana y las iglesias del Consejo Mundial han unido sus recursos.
Los líderes ecuménicos han dejado claro que no buscan una unidad cristiana que encubra diferencias teológicas esenciales. Existen todavía muchos obstáculos, como el de la ordenación sacerdotal femenina, la autoridad papal, la cuestión mariana o la contracepción. Los ecumenistas piensan, sin embargo, que se puede avanzar mucho si se sigue haciendo hincapié en los numerosos puntos en los que las diversas confesiones coinciden.



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