jueves, 1 de agosto de 2013

Calíope


Goethe no es solo el autor de obras tan esenciales como Las desventuras del joven Werther y Fausto. En la deliciosa epopeya idílica Hermann y Dorotea brilla su intensa inspiración poética.

Fragmento de Hermann y Dorotea.
De Wolfgang von Goethe.

Calíope.

Infortunio y Compasión.
«Nunca vi la plaza y calles
tan desiertas. Cual barrido,
cual si muerto, el pueblo está.
Ni cincuenta almas, en todo,
han quedado me parece.
¡Ley de la curiosidad!
¡Cómo todos á porfía
y en tropel ahora corren
de los pobres expatriados
á mirar el tren penoso!
Una horita, nada menos,
hay de aquí á la carretera,
por do va. Y tan lejos corren
entre polvo y resistero.
Yo no diera un solo paso
para lástimas de gentes
buenas fugitivas ver;
quienes ahora con la hacienda
que salvaron, vienen tristes,
por entre el feliz recodo
de este rico valle y curvas,
á nosotros, de su tierra,
bella tierra transrenana.
Bien, muy bien, mujer, has hecho
en mandar caritativa
al hijo con lienzo viejo
y alguna vianda y bebida,
para aquellos desgraciados;
que deber del rico es dar.
¡Qué cochero es el muchacho!
¡Cómo sofrena los potros!
Lindo el cochecillo nuevo
se ve: holgados caben cuatro
y el cochero en el pescante.
Esta vez solo ha partido:
¡cuál dobla veloz la esquina!»
Así, plácido, sentado
de su casa en el portón
de la plaza á par, el huésped
de León de Oro á su mujer.
Y la cuerda hembra juiciosa:
«Padre, dar el lienzo usado
no me agrada: sirve mucho,
y cuando se necesita,
no se compra por dinero.
Mas hoy con el alma toda
muchas piezas aun flamantes
di de fundas y camisas;
pues de niños y de viejos
que desnudos van, que hablaban.
Pero ¿me perdonarás?
que también fué saqueado
tu ropero. Y sobre todo,
tu bata, de índicas flores,
y del más fino cotón,
forrada en franela fina,
la di: vieja es, y delgada
y reñida con la moda.»
Mas el excelente padre
sonrióse: «La echo menos,
sin embargo, esa mi bata
de cotón índico puro:
ya no se hace tela tal.
Bien está: ya no la usaba.
Hoy !claro! se exige al hombre
que jamás el sobretodo,
se despinte ni el jubón
ni la bota; las pantuflas
desterráronse y la gorra.»
«Mira allá», la mujer dice,
«cómo alguno ya regresan
que á los emigrantes vieron:
de pasar acabarían.
Ved, ¡qué polvoriento traen
el calzado todos! ¡Cómo
sus semblantes fuego espiran!
Cada cual el sudadero
tiene en la mano y se enjuga
el sudor del rostro. Tanto
no anduviera yo tampoco,
en tan caluroso día,
para mirar semejante
espectáculo y sufrir.
En verdad, á mí me basta
con lo que se cuenta de él.»
Y el buen padre con voz grave:
«Rara vez tal tiempo ha hecho
para tal cosecha: el grano
bajo techo lograremos
seco guardar; cual logramos
el heno guardar. El cielo
cristalino está; ninguna
nubecilla en él se ve.
Del oriente sopla el viento
con gratísimo frescor.
Éste sí que es tiempo firme.
Los cereales muy maduros
ya están: mañana empezamos
á segar la rica mies.»
Mientras hablaba, crecía
más y más la turba de hombres
y mujeres que volvían
por la plaza; en la otra acera
llegaba también de allá
con sus hijas presuroso
el vecino acaudalado,
mercader mayor del pueblo.
En su restaurada casa
se detuvo en su carruaje
abierto –en Landau lo hicieron.
Animáronse las calles;
que la pequeña ciudad
era populosa. En ella
muchas fábricas vivían,
y vivía industria mucha.
Amigable la pareja,
en el corredor sentada,
departía en son alegre
sobre el retornante pueblo.
Dijo al fin la digna esposa:
«Ve, viene el predicador;
y el vecino boticario
viene con él: ellos todo
contaránnos cuanto han visto
cosas no alegres de oir.»
Aproximáronse afables
aquéllos á los consortes,
saludáronlos y en bancos
se sentaron de madera;
despolvorenado la planta
y abanándose la faz
con el pañuelo. Primero,
tras de los aludos mutuos,
dijo el boticario, casi
con disgusto: «Así los hombres
á fe son é iguales todos:
todos gustan de mirar,
embobados, cuando coge
al vecino una desgracia.
Cada cual á ver el fuego
del voraz incendio corre;
corre al pobre criminal,
cuando al triste se ajusticia.
Cada cual pasea ahora
de los buenos expatriados
á mirar el contratiempo;
y ninguno reflexiona
que fortuna semejante
puede herirle á él mismo en breve
ó más tarde por ventura.
Fuente: Jünemann, Guillermo. Antología universal. Friburgo: Herder, 1910.



0 comentarios:

Publicar un comentario en la entrada

Entradas populares