miércoles, 7 de agosto de 2013

Ceremonia


Caracterizada por un vigoroso realismo, la obra de José María de Pereda contiene una fuerte carga ideológica y conforma la mejor novela costumbrista del siglo XIX. En este fragmento de Pedro Sánchez, el autor recrea el ceremonial católico.

Fragmento de Pedro Sánchez.
De José María de Pereda.

Capítulo II.
No me maravilló el templo con sus tres naves góticas, no su coro bajo frente al altar mayor, su suelo de mármoles y sus capillas sombrías; pues, si he de hablar con verdad, cosa más grande y más rica me había imaginado yo para una catedral de población tan renombrada e importante. Pero comenzó la misa, y ya el ir y venir de los canónigos arrastrando las negras colas; el solemne, ostentoso ceremonial del presbiterio; los preludios del órgano; las nubes y el olor de los incensarios agitados por los inquietos monaguillos, vestidos de rojo y blanco, y la templada luz que se descomponía en todos los colores del prisma al atravesar los vidrios de las ojivas, imprimieron un nuevo rumbo a mis ideas, sacándolas de sus ordinarios y naturales cauces. Después, a medida que la misa adelantaba, crecía la fuerza de mi atención, porque nuevas ceremonias y no soñadas impresiones la sorprendían y la cautivaban, sin poder yo darme cuenta todavía de si aquel arrobamiento en que comenzaba a caer, era solamente una inesperada excitación de mis sentimientos religiosos en ocasión y sitio tan señalados; o si en él influía también un exceso de los chantres y a las atipladas de los niños de coro, y al sonar de las campanillas de los monagos, y al cántico trémulo e inseguro del oficiante, se unió el estruendo de toda la trompetería del órgano, formando el conjunto un verdadero torrente de armonías que se desbordaba de las naves del templo, parecía estrellarse en inmensas oleadas contra los fustes, y saltar con ecos resonantes desde los mármoles del pavimento hasta los rosetones de las bóvedas. Entonces sentí un extraño cosquilleo que se deslizaba por todas las fibras de mi cuerpo; perdí la noción racional de cuanto tenía delante y en derredor de mí; hundí la cabeza en el pecho: parecióme que los haces de columnas se alargaban y crecían hasta perderse de vista, diáfanos y aéreos, y que la tempestad de sonidos se extendía por todo el espacio hasta llenar los ámbitos del mundo, como la voz terrible de Jehová... y le vi; sí, le vi, flotando sobre nubes de incienso y de armonías, entre las disueltas bóvedas del templo; y le sentí en mi corazón y en mi conciencia; y crecieron en ella las más leves faltas hasta la magnitud de enormes culpas; al ardor de la fe, que también crecía en mi pecho, humillé mi cabeza... (creo que toqué con la frente el duro mármol en que se hincaban mis rodillas); negóse mi labio trémulo a pronunciar las plegarias que salían de mi corazón; brotaron mudas lágrimas de mis ojos, y, al verme en presencia de juez tan grande y majestuoso, avergonzóme la altura del suelo que me sostenía, y envidié la obscuridad y bajeza del mísero gusano que se arrastra bajo las costras de la tierra.
Fuente: Jünemann, Guillermo. Historia de la literatura española y antología de la misma. Friburgo: Herder, 1913.



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