sábado, 17 de agosto de 2013

Costumbrismo


El asturiano Palacio Valdés maneja una prosa alegre y vivaz que le sirve para internarse en los más hondos sentimientos.
Fragmento de Chucho.

De Armando Palacio Valdés.

Fresnedo dormía profundamente su siesta acostumbrada. Al lado del diván estaba el velador maqueado, manchado de ceniza de cigarro, y sobre él un platillo y una taza, pregonando que el café no desvela á todas las personas. La estancia, amueblada para el verano con mecedoras y sillas de rejilla, estera fina de paja, y las paredes desnudas y pintadas al fresco, se hallaba menos que á media luz; las persianas la debajan á duras penas filtrarse. Por esto no se sentía el calor. Por esto y porque nos hallamos en una de las provincias más frescas del Norte de España y en el campo. Reinaba silencio. Escuchábase sólo fuera el suave ronquido de las cigarras y el pío pio de algún pájaro que, protegido por los pámpanos de la parra que ciñe el balcón, se complacía en interrumpir la siesta de sus compañeros. Alguna vez, muy lejos, se oía el chirrido de un carro, lento, monótono, convidando al sueño. Dentro de la casa habían cesado ya tiempo hacía los ruidos del fregado de los platos. La fregatriz, la robusta, la colosal. Mariona, como andaba descalza, sólo producía un leve gemido de las tablas, que se quejaban al recibir tan enorme y maciza humanidad.
Cualquiera envidiaría aquella estancia fresca, aquel silencio dulce, aquel sueño plácido.
Despertóle una voz bien conocida:
–Papá, papá.
Abrió los ojos y vió a su hijo á dos pasos, con su mandilito de dril color perla. Sus zapatitos blancos, y el negro y enmarañado cabello caído en bucles graciosos sobre la frente. Era un chico más robusto que hermoso. La tez, de suyo morena, teníala ahora requemada por los días que llevaba de aldea haciendo una vida libre y casi salvaje. Su padre le tenía todo el día á la intemperie, siguiendo escrupulosamente las instrucciones de su médico.
–Papá... dijo tata que tú no querías... que tú no querías... que tú no querías... comprarme un carro... y que el carnero no era mío... que era de Carmita (la hermana), y no me deja cogerlo por los cuernos y me pegó en la mano.
El chiquitín, al pronunciar este discurso con su graciosa media lengua, deteniéndose á cada momento, mostraba en sus ojos negros y profundos indignación vivísima y mucha sed de justicia. Por un instante pareció que iba á romper en llanto; pero su temperamento enérgico se sobrepuso, y después de hacer una pausa, cerró su perorata con una interjección de carretero. El padre le había estado escuchando embelesado, animándole con sus gestos á proseguir, lo mismo que si una música celeste le regalase los óidos. Al oir la interjección, estalló en una sonora y alegre carcajada. El niño le miró con asombro, no pudiendo comprender que lo que á él le ponía tan fuera de sí causase el regocijo de su papá. Este hubiera estado escuchándole horas y horas sin pestañear. Y eso que, según contaba su suegra á las visitas, cuando quería dar el golpe de gracia á su yerno y perderle completamente ante la conciencia pública. ¡¡¡Se había dormido oyendo la Favorita á Gayarre!!!
–¿Sí, vida mía? ¿La Tata no quiere que cojas al carnero por los cuernos? ¡Deja que me levante, ya verás cómo arreglo yo á la Tata!
Fresnedo atrajo á su hijo y le aplicó dos formidables besos en las mejillas, acariciándole al mismo tiempo la cabecita con las manos.
El chico no había agotado el capítulo de los agravios que creía haber recibido de su niñera... Siguió gorjeando que ésta no había querido darle pan.
–Hace poco tiempo que hemos comido.
–Hace mucho –respondió el niño con despecho.
–Bueno, ya te lo daré yo.
Además, la Tata no había querido contarle un cuento, ni hacer vaquitas de papel. Además, le había pinchado con un alfiler aquí. Y señalaba una manecita.
–¡Pues, es cierto! –exclamó Fresnedo viendo, en efecto, un ligero rasguño.– !Dolores, Dolores! –gritó después.
Presentóse la niñera. El amo la increpó duramente por llevar alfileres en la ropa, contra su prohibición expresa. Jesús, viendo á la Tata triste y acobardada, fué á restregarse con sus sayas, como pidiéndole perdón de haber sido causa de su disgusto.
–Bueno –dijo Fresnedo levantándose del diván y esperezándose.– Ahora nos iremos al establo y cogerás al carnero por los cuernos. ¿Quiéres, Chucho?
Chucho quiso descoyuntarse la cabeza haciendo señales de afirmación que corroboraban vivamente al de su media lengua. Pero echando al mismo tiempo una mirada tímida a su Tata y viéndola todavía seria y avergonzada, le dijo con encantadora sonrisa:
–No te enfades, boba; tú vienes también con nosotros.
Fresnedo se metió su americana de dril, se cubrió con un sombrero de paja, y tomando de la mano á su niño, bajó al jardín y de allí se trasladaron al establo. Al abrir la puerta, Chucho, que iba muy decidido, se detuvo y esperó á que su padre penetrase. Estaba obscuro. Del fondo de la cuadra salía el vaho tibio y húmedo que despide siempre el ganado. Las vacas mugieron débilmente, lo cual puso en gran sobresalto á Jesús, que se negó rotundamente á entrar bajo el pretexto especioso de que se iba á manchar los zapatos. Su padre le tomó entonces en brazos y pasó y quiso acercarle á las vacas y que les pusiese la mano en el testuz. Chucho, que no las llevaba todas consigo, confesó que á las vacas les tenía «un potito de miedo». A los carneros ya era otra cosa. A éstos declaraba que no les temía poco ni mucho; que jamás había sentido por ellos más que amor y veneración.
–Bueno, vamos á ver los carneros –dijo Fresnedo sonriendo.
Y se trasladaron al departamento de las ovejas. Allí pretendió dejarlo en el suelo; mas en cuanto puso los piececitos en él, Jesús manifestó que estaba cansadísimo y hubo que auparlo de nuevo. Acercólo su padre á un carnero y le invitó á que le tomase lo pensó con detenimiento. Avanzó un poco la mano, la retiró otra vez, volvió á avanzarla, volvió á retirarla. Por último, se decidió á manifestar á su papá que á los carneros les tenía «un potito de miedo». Pero, en cambio, dijo que á las gallinas las trataba con la mayor confianza; que en su vida le habían inspirado el más mínimo recelo, que se sentía con fuerzas para cogerlas del rabo, de las patas y hasta del pico porque eran unos animales cobardes y despreciables, al menos en su concepto. Fresnedo no tuvo inconveniente en llevarle al gallinero, que estaba en la parte trasera de la casa, fabricado con una valla de tela metálica. Allí, Chucho, con una bravura de que hay pocos ejemplos en la historia, se dirigió al gallo mayor, enorme animal de casta española, soberbio de postura y ardiente de ojo. Trató de cogerle por el rabo como había formalmente prometido, pero el grave sultán del gallinero chilló de tal horrísona manera, extendiendo las alas y dando feroces sacudidas, que el frío de la muerte penetró en el corazón de Chucho. Apresuróse á soltarlo y se agarró aterrado al cuello de su padre.
–¿Pero, hombre, no decías que no tenías miedo á las gallinas? –exclamó éste riendo.
–Tú, tú... cógelo tu, papá.
–Yo tengo miedo.
–No, tú no tienes miedo.
–¿Y tú, lo tienes?
Calló avergonzado; pero al fin confesó que á las gallinas también les tenía «un potito de miedo».
Desde allí llevóle otra vez Fresnedo al establo, y después de varios sustos y vacilaciones, logró que pusiera su manecita en el hocico de un borrego. Mas, ocurriéndole al animal sacar la lengua y paseársela por la mano, la aspereza de ella le produjo tal impresión, que no quiso ya arrimarse á ningún otro individuo de la raza vacuna. Subióle después al pajar. ¡Qué placer para Chucho! ¡Hundirse en la crujiente hierba, agarrarla y esparcirla en pequeños puñados; dejarse caer hacia atrás con los brazos abiertos! Pero aún era mayor el gozo de su padre contemplándole. Jugaron á sepultarse vivos. Fresnedo se dejaba enterrar por su hijo, que iba amontonando hierba sobre él con vigor y crueldad que nadie esperara en él. Mas, á lo mejor de la operación, su papá daba una violenta sacudida y echaba á volar toda la hierba. Y con esto el chico soltaba nuevas carcajadas, como si aquello fuese el caso más chistoso de la tierra. Sudaba una gota por todos los poros de su tierno cuerpecito; tenía los cabellos pegados á la frente y el rostro encendido. Cuando su papá trató de tomar la revancha y sepultarle á él, no pudo resistirlo. Así que se halló con hierba sobre los ojos, dióse á gritar y concluyó por llorar con verdadero sentimiento, cayéndole por las mejillas unas lágrimas que su padre se apresuró á beber con besos apasionados.
Fuente: Nervo, Amado. Lecturas literarias. París: Librería de la Vda. de C. Bouret, 1918.



0 comentarios:

Publicar un comentario

Entradas populares