lunes, 19 de agosto de 2013

Del alma


En este fragmento del Fedón, el diálogo entre Equécrates y el propio Fedón se centra en las circunstancias que rodearon el juicio y la muerte de Sócrates, producida después de beber una copa de cicuta, según fijaba el procedimiento habitual de ejecución.

Fragmento de Fedón.
De Platón.

I.
Equécrates. Tú mismo, oh Fedón, ¿estabas con Sócrates aquel día en que bebió el veneno, ó lo sabes de otros?
Fedón. Yo mismo, oh Equécrates.
Equécrates. ¿Cómo fué su muerte, oh Fedón? ¿Qué se habló y se hizo, y qué amigos suyos se hallaban con el hombre? ¿Ó no los consintieron los gobernantes, y murió lejos de los suyos?
Fedón. No por cierto, sino que se encontraban algunos, y aun más de algunos.
Equécrates. Ojalá nos lo contaras todo muy detalladamente, si es que no te falta ocio.
Fedón. No me falta, y veré de referíroslo; pues el recordar á Sócrates, sea hablando de él, sea oyendo hablar de él, es siempre para mí un placer incomparable.
Equécrates. Son como tú los que oyéndote están. Hazlo, pues, y relátanos todo, todo lo circunstanciadamente que pudieres.
Fedón. En verdad, cuanto á mí, yo sentía entonces algo inexplicable. Por mí ninguna lástima pasaba como de un amigo á quien se ve morir. Tan feliz parecíame el hombre, oh Equécrates, en su porte y sus palabras; tan tranquilo y noble murió, que me persuadí de no haber sido su ida al averno sin intervención divinal, y que él también allí sería dichoso, si alguna vez alguno lo fué. Por esto no me venía ningún movimiento de compasión, como fuera regular suponerlo ante tal infortunio, ni, de otra parte, la alegría, que filosofando solíamos disfrutar, aunque entonces razonábamos; mas hallábame como fuera de mí, entre gozoso y triste, al pensar que aquel varón luego había de morir. Y todos los presentes encontrábanse casi en el mismo estado, ya riendo, ya también llorando, sobre todo uno de nosotros: Apolodoro. Conoces tú al hombre y sus genialidades.
Equécrates: ¿Cómo no?
Fedón. Él, pues, iba enteramente á merced de tales sentimientos; y asimismo yo y todos los demás.
Equécrates. ¿Y á quiénes, oh Fedón, cupo estar allí?
Fedón. De los lugareños, á este Apolodoro y á Cristóbulo y su padre: Cristón, y á Hermógenes, á Epígenes, á Ésquines, á Antístenes. Estaba también Ctesipo, el Peanio, y Menéxeno y algunos otros atenientes; Platón, empero, paréceme que estaba enfermo.–
Equécrates. ¿Y qué más? ¿Qué nos cuentas se habló?
Fedón. Empeñaréme en referírtelo todo desde el principio. Días antes ya íbamos sin cesar á Sócrates yo y los otros, y nos reuníamos al alba en el tribunal, donde también se dió la sentencia, y que está vecino de la cárcel. Allí aguardábamos á que se abriera la cárcel, y entre tanto conversábamos; pues no se abría muy temprano. Una vez abierta, entrábamos á donde Sócrates y con él pasábamos casi todo el día. Pero entonces nos habíamos reunido aun más temprano, porque el día antes, al retirarnos de la cárcel por la noche, se nos dijo que la nave había arribado de Delos1. Convinimos, pues, en juntarnos lo más temprano posible donde solíamos. Llegamos, y el portero que regularmente abría, salió á decirnos esperáramos, sin entrar mientras él no nos llamase. «Porque desatando están», dijo, «los Once á Sócrates y anunciándole que hoy mismo ha de morir.» Poco después volvió é hízonos entrar. Entramos, hallando á Sócrates recién desligado y á Xantipe –la conoces– con su pequeñuelo en brazos, sentada á par de él. Xantipe, al vernos, gritó de dolor, y habló como suelen las mujeres. «¡Oh Sócrates, por vez última hablan ahora contigo los tuyos y tú con ellos!» Y Sócrates, mirando á Critón: «Oh Critón, llévela alguien á casa.» Y algunos de los de Critón lleváronla clamorosa y golpeándose de angustia los pechos. Sócrates, empero, sentóse en su cama, encogió las piernas, estrególas con la mano, mientras, «¡Qué cosa más singular», decía, «oh varones, parece ser esto que llaman los hombres agradable! ¡Qué maravilloso es al lado de lo que concebimos como su contrario: lo penoso, en atención á que entrambas cosas no quieren estar juntas en el hombre, Pero, si se va en pos de una, es casi siempre fuerza coger también la otra; como si la dos tuvieran una sola cabeza. Y creo», dijo, «que, á haber advertido esto Esopo, compusiera una fábula de cómo, queriendo el Dios reconciliar á entrambas, que guerreaban entre sí, cuando no lo pudo, atólas por los extremos; y que por esto, quien tiene la una, es luego alcanzado de la otra. Así parece acontecerme ahora también á mí: como con los hierros tenía en los muslos dolor, siento bienestar tras él ahora.»
1 Cumpliendo un voto de Atenas á Apolo. Hasta su vuelta se suspendía la ejecución de las sentencias capitales.
Fuente: Jünemann, Guillermo. Antología universal. Friburgo: Herder, 1910.



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