lunes, 19 de agosto de 2013

Domesticación



La domesticación de animales, es decir, tenerles en cautividad y controlar su cría para hacer aparecer características en estos seres que le sean útiles al ser humano, es un sello distintivo del hombre y un avance cultural que permitió a los humanos controlar en cierto grado sus propias condiciones de vida para no estar siempre expuestos al capricho de las fuerzas de la naturaleza.
Los antepasados de los pueblos modernos descubrieron cómo utilizar el fuego y la forma de usar objetos como herramientas. Más tarde, aprendieron a hacer fuego cuando lo necesitaban y a fabricar herramientas diseñadas por ellos. Armados con garrotes, cuchillos y lanzas, y sirviéndose del lenguaje necesario para planear estrategias sofisticadas, perseguían y ejecutaban a otros animales con tanta eficacia que acabaron con especies enteras de mamíferos y grandes aves. Cuando conocieron el fuego y el hacha, estos mismos pueblos quemaron y uniformaron la vegetación, es decir, alteraron el paisaje según sus necesidades.
La domesticación de plantas y animales fue el siguiente paso en el camino hacia la dominación del medio. Los humanos pasaron de ser recolectores y cazadores, a granjeros y pastores con la posibilidad de controlar otras formas de vida para satisfacer sus propias necesidades.
Orígenes de la domesticación
Los pueblos inventaron la agricultura miles de años antes que la escritura, otro de los avances que más profundamente han marcado a la humanidad. Los estudiosos de la historia del hombre deben buscar los orígenes de los animales y plantas domesticados mediante otras evidencias, como las representaciones de animales y plantas en el arte antiguo, o los restos sin enterrar encontrados en los primeros asentamientos humanos, tales como semillas quemadas o secas, restos de vainas u otras partes vegetales, o fragmentos de huesos, cuernos o dientes. La forma, fisiología, comportamiento y distribución de aquellas especies de las que se cree que descienden los cultivos, el ganado y las mascotas actuales, y las características genéticas de varias especies que son el resultado de miles de años de selección por parte del hombre también proporcionan pistas sobre los orígenes de la domesticación.
La mayor parte de los restos arqueológicos de los primeros animales domesticados provienen del Oriente Próximo, así como del trigo, lentejas y los principales cultivos, pero esto puede reflejar tanto la distribución de los arqueólogos como la invención de la agricultura en esta región. Es posible seguir la pista de cabras, ovejas, vacas y cerdos (las especies de mamíferos domésticos más extendidos y numerosos en la actualidad) hasta esta zona, pero parece ser que la domesticación surgió independientemente en varios lugares del mundo. Los pueblos que habitaban las tierras altas de Perú y México, las estepas de Asia central y los extensos valles de Egipto, India y China aprendieron a controlar a ciertas especies locales, como el arroz, gallináceas, caña de azúcar, algodón, maíz, patatas y pimientos. Tarde o temprano, otras culturas acabaron por adoptar a las más comunes de estas especies.
Estos pueblos aprovechaban a las criaturas domesticadas más o menos para lo mismo: para asegurarse el suministro regular de comida y piel, y para utilizarlas en diferentes tareas, es decir, para poder vivir por encima de los límites impuestos por la naturaleza.
Especies modificadas por el hombre
¿Cómo se convirtieron las plantas salvajes en cultivos tan apreciados por la gente?
Los seres humanos que recolectaban plantas y cazaban animales tiraban las partes inútiles, incomibles o sobrantes de las plantas en basureros o estercoleros. Cuando las semillas y tubérculos de algunas de estas especies brotaron en estos sitios, la gente apreció rápidamente la conveniencia de tener un huerto en las cercanías, y lo siguiente fue el cultivo deliberado de plantas salvajes. Con el tiempo, eligieron especies determinadas que mostraban caracteres particularmente deseables, como semillas fácilmente recolectables, frutos ricos en azúcares o aceites, o raíces o tubérculos especialmente abundantes en almidón. Seleccionando y cultivando repetidamente individuos con las características más valiosas, se produjeron linajes de plantas con atributos que aparecían regularmente, generación tras generación.
El número de plantas que fueron inicialmente recolectadas, más tarde cultivadas y posteriormente domesticadas es mucho mayor que el número de especies animales que lo han sido. A pesar de su considerable diversidad, muchos cultivos comparten ciertas características. Comparados con sus ancestros salvajes, tienden a ser mayores y más robustos. Semillas, frutos, hoyas, yemas, raíces u otras partes de la planta están desproporcionadamente desarrolladas, de acuerdo con el proposito del cultivo. Los frutos tienden a ser menores en número pero de mayor tamaño, y maduran al mismo tiempo. Las plantas cultivadas suelen perder sus caracteres protectores, como líquidos amargos, espinas, o semillas armadas con puntas, que desanimaban a los animales herbívoros. Muchas plantas tienen ciclos cortos, anuales más que perennes. Y muchas, sin la intervención del ser humano, pierden la capacidad de reproducirse.
Las primeras domesticaciones de animales, como de plantas, fueron una combinación de accidente y experimentación.
En todo el mundo, el ser humano es aficionado a adoptar jóvenes animales como mascotas. Si estos animales pertenecen a especies sociales, es decir a aquellas que viven en grupos o rebaños, la adaptación a la vida en el entorno humano es rápida. Puede que las personas no soporten a los animales que, al crecer, se convierten en seres nerviosos, ingobernables o salvajes, pero los animales dóciles pueden convivir con el hombre durante toda la vida. Si se cruzan con otros individuos dóciles pueden producir una línea de animales que sean dóciles para siempre. Así avanzó el proceso de domesticación.
Estos animales no sólo sufren alteraciones psicológicas derivadas de su convivencia con el hombre, sino que también se transforman físicamente. Con el paso de las generaciones que nacen en cautividad, las crías van naciendo con características que se apartan de la norma. A la gente le gusta algunas de estas mutaciones porque diferencian a los individuos, porque son agradables a la vista o porque son útiles de alguna manera. Estos individuos se crían con más cuidados, se seleccionan para que se reproduzcan con otros animales privilegiados y de esta manera se consigue que la población cautiva tenga unas características predeterminadas que los criadores han escogido. Esta práctica lleva a la cría de animales en cautividad.
Los animales domésticos provienen de varios antepasados salvajes, la mayor parte de los cuales están relacionados sólo remotamente. Aún así, sus descendientes tienen varias características en común. Los primeros individuos que se domesticaron solían ser más pequeños y, por tanto, más fáciles de controlar que sus antepasados salvajes. Tras generaciones de crianza selectiva, los animales pasaron a depender del hombre y a estar domesticados. Entonces fue cuando se comenzó a producir ejemplares de grandes dimensiones, como el galgo escocés, el caballo percherón o el cerdo blanco grande.
Los ejemplares adultos de muchos animales domésticos conservan peculiaridades de su primera época de vida o incluso rasgos fetales. Entre estas características que nunca desarrollan destacan el hocico corto, como el de los bulldogs y los gatos persas; las orejas colgantes, como las de los cocker spaniels y los conejos de orejas caídas; las patas desproporcionadamente cortas, como las de los cerdos de Vietnam y el ganado de Hereford; un pelaje suave y rizado, como el de todas las ovejas que se crían para aprovechar la lana; o un tamaño miniatura, como el de los ponis Shetland y las cabras pigmeas africanas. Estos rasgos juveniles que se repiten en las diferentes razas, parecen coincidir con la disposición dócil e infantil que hace que los animales domésticos sean compatibles con sus amos humanos.
Varias razas de diferentes especies muestran otras características difíciles de encontrar en el mundo salvaje. Por ejemplo, el pelo largo y sedoso de los terriers de Yorkshire y de las cabras de Angora, la piel prácticamente desnuda de los perros sin pelo mexicanos y de los gatos esfinge, y las manchas blancas u oscuras de los foxhound, de los caballos pintos y de las vacas Holstein-Friesian.
Al final, las personas han manipulado toda la fisiología de las criaturas domésticas que tienen. Tras trabajar con animales salvajes que parían una sola cría o una pequeña camada sólo en la época de cría anual, los hombres han conseguido que los animales domésticos y las mascotas tengan gemelos o camadas de varios miembros en cualquier época del año. Además, la producción de leche, huevos y lana, que antes era estacional, se ha convertido en un proceso continuo en los animales domésticos que se crían para aprovechar estos productos.
Impacto medioambiental de animales y plantas domésticos
La sustitución de las especies salvajes, que había que cazar y recolectar, por animales domésticos y plantas cultivadas supuso otro cambio profundo en las relaciones del hombre con el resto de la naturaleza. Al igual que casi todo en la historia de los avances tecnológicos, la domesticación solucionó algunos problemas y creó otros.
En gran parte del área donde se practica la agricultura, campos de cultivo, plantaciones y pastos han reemplazado a los bosques, sabanas y praderas que cubrían la tierra. Complejas comunidades naturales han sido fragmentadas, degradadas y a menudo arrasadas para hacer espacio a agrosistemas comparativamente más simples. Muchos son vastos cultivos de una sola especie, como trigo, maíz, plátanos, algodón o caucho. La preparación del terreno expone el suelo agrícola a la erosión por la lluvia y el viento. Se aplican frecuentemente productos químicos para aumentar la fertilidad, suprimir las malas hierbas o eliminar insectos y otras plagas. Esto puede contaminar las aguas superficiales y subterráneas, y envenenar a las especies beneficiosas.
Hoy en día, existen más de cuatro mil millones de ovejas, cabras, vacas, renos, camellos, llamas, cerdos, caballos y asnos. Además de este enorme rebaño mundial, existen más de mil millones de perros y gatos y trece mil millones de gallinas y otras aves de corral, lo que nos lleva a afirmar que no es sorprendente que los animales domésticos tengan un marcado impacto en el medio ambiente del planeta.
Una consecuencia evidente y casi inmediata de mantener grandes números de animales domésticos es el empleo de las tierras cultivables para obtener cereales, legumbres y otros cultivos que se emplean en la alimentación animal, en vez de utilizar estos campos para cultivos consumidos por el hombre. Se pierde energía en todos los pasos, por lo tanto en una cadena alimenticia como la de maíz-vaca-persona se pierden más calorías que en una cadena más corta como la de maíz-persona. Dado que la población humana del planeta sigue creciendo, el uso de las tierras cultivables, cada vez más escasas, para cultivar comida para el ganado es algo cada vez más extravagante y el consumo de carne, hoy en día un privilegio del que disfruta tan sólo una parte del mundo, se está convirtiendo poco a poco en todo un lujo.
En las naciones industrializadas, la aparición de la cría intensiva o la agricultura industrializada ha hecho surgir nuevas dificultades al tener que concentrar un gran número de animales domésticos en edificios y pabellones de alimentación. Estos animales producen toneladas de residuos, que pueden contaminar ríos y aguas subterráneas. Puede que el volumen de estiércol, incluso si se intenta almacenar, sea tan grande que sobrepase la capacidad de las instalaciones locales para el tratamiento de residuos. Además, los animales domésticos influyen en el cambio climático; al rumiar, los miles de millones de vacas, cabras y ovejas que pueblan el mundo expulsan grandes cantidades de metano, uno de los gases causantes del calentamiento del planeta.
Impacto en las tierras abiertas
Los primeros granjeros hacían sólo pequeñas incursiones en las praderas y sabanas, donde la robusta hierba resistía el cultivo. Pero tras la revolucionaria invención del arado, la conversión de estos ecosistemas abiertos progresó rápidamente. Praderas artificiales de trigo, maíz, mijo y otros cereales, y vastos campos de soja, lino y otras especies reemplazaron a las llanuras, pampas y prados. La destrucción de las praderas originales en la zona templada ha sido casi completa: en los Estados Unidos, por ejemplo, el 99% de las praderas de hierba alta que una vez cubrieron las Grandes Llanuras al este del río Missouri han sido convertidas para uso humano, principalmente para agricultura.
Grandes rebaños de ungulados salvajes han habitado durante millones de años sabanas, zonas semidesérticas, praderas y tundra. Estos rebaños, normalmente nómadas, viajan durante el año en busca de pastos frescos y agua, y para escapar de condiciones climatológicas extremas. Estos desplazamientos aseguran que la vegetación de una zona rebrote tras el paso de estos animales, a pesar de que la pisan y se alimentan de ella.
Algunos pueblos pastores imitan esta migración natural y conducen a sus rebaños anualmente en un desplazamiento denominado trashumancia. Pero hay otras prácticas de pastoreo que pueden causar daños en el paisaje, sobre todo en las regiones áridas y semiáridas en las que las lluvias no siempre caen en la misma época y con la misma intensidad. Cuando un gran número de reses se concentra permanentemente en una zona, normalmente para aprovechar una fuente de agua constante, dejan la tierra al descubierto al comerse las plantas comestibles, además de compactar y pulverizar el suelo con las pezuñas.
El viento y la lluvia actúan en estas áreas dañadas, antaño productivas tierras, y las convierten rápidamente en tierras inhóspitas, proceso que se conoce con el nombre de desertización. El evidente grado de deterioro de la región del Sahel, en África, de las zonas de montañas del este de Australia, así como de las llanuras altas y prados desérticos del oeste de los Estados Unidos, constituyen un triste legado producto de haber tenido demasiadas cabras, ovejas y vacas en tierras que no podían mantenerlas.
Impacto en los bosques
Los prados y las sabanas no son los únicos ecosistemas que sufren las consecuencias de las actividades de los animales domésticos. Los bosques de ambos trópicos y las zonas templadas también han sido muy afectados. La agricultura de tala y quema tradicionalmente practicada por los nómadas y campesinos de las zonas tropicales causaba poco daño, ya que las parcelas cultivadas eran abandonadas tras unos pocos años y recuperadas por el bosque. El incremento de la población, sin embargo, impone excesiva presión sobre la tierra; más y más zonas son taladas y cultivadas hasta que el suelo queda exhausto, retardando e incluso impidiendo la recuperación del bosque. Aún más destructivo es el método de aclarado de los bosques tropicales mediante fuego, para instalar plantaciones de plátanos, palmeras, caucho, café y otros cultivos comerciales.
Los anteriormente extensos bosques de la Eurasia templada fueron talados y reemplazados por campos y granjas hace mucho tiempo. El ocaso más reciente de los bosques de América del Norte fue igual de extenso, aunque el bosque secundario ha reclamado muchas parcelas en la zona oriental de Estados Unidos, donde la agricultura ha resultado poco exitosa. La costumbre de mantener setos entre los campos, especialmente en Europa, ha hecho mucho por preservar al menos cierta diversidad forestal, pero las prácticas actuales tienden a eliminar estos restos. La reforestación (la plantación de árboles en áreas deforestadas) es raramente un remedio contra la perdida de biodiversidad, puesto que, por lo general, sólo se plantan unas pocas especies, y éstas no suelen ser nativas.
Muchos historiadores creen que la zona de monte bajo que rodea el Mar Mediterráneo y que se extiende en dirección este hacia Asia es el resultado de que las cabras hayan ramoneado los arbustos de los bosques originales durante cientos de años. Allí donde los cerdos han escapado de la vida doméstica y han vuelto a ser salvajes, como en el norte de Australia, en Hawai y en los Montes Apalaches de los Estados Unidos, han puesto en peligro la integridad de los bosques locales porque escarban y se revuelcan en el suelo, arrancan y se comen las plantas y atacan a los animales pequeños que se encuentran.
Para beneficiar a sus rebaños las personas talan grandes superficies de bosque. Los rancheros, en su afán por aumentar los pastos para poder tener rebaños de más cabezas, han cortado y quemado grandes superficies de bosques tropicales en diferentes zonas de América del Sur y Centroamérica, donde prevalece la ganadería.
Impacto en la vida salvaje
El carácter abierto, sin árboles, de muchos paisjes agrícolas favorece a las especies salvajes adaptadas a la vida en praderas y sabanas. Pero muchas de estas especies son consideradas plagas por granjeros y ganaderos, que excluyen a los grandes mamíferos con cercas, y con venenos, trampas y caza a los pequeños. Grandes dosis de productos agroquímicos han convertido muchos campos y pastos en tóxicos para aves, insectos y otros animales. Las plantaciones de árboles parecen bosques superficialmente, pero, debido a que carecen de la diversidad de especies que poseen los genuinos bosques, poseen poco valor para la fauna indígena.
Los gatos y los perros, al ser descendientes de predadores, causan otra serie de daños al medio ambiente. Cuando escapan de sus dueños o son abandonados, las antiguas mascotas pueden formar grupos que atacan tanto a animales salvajes como a domésticos. En las laderas de los Alpes en Italia, por ejemplo, miles de perros salvajes, la mayor concentración de Europa, atacan y matan a ovejas, vacas, jabalíes y corzos.
En sus rondas sin vigilancia, los gatos domésticos matan a tantos pájaros, roedores y otros animales pequeños que, en mucho vecindarios, son los principales predadores. Los gatos que se vuelven salvajes constituyen una de las peores amenazas para las criaturas locales y a veces son los responsables de la extinción de algunas especies, como el chochín de la isla Stephens, en Nueva Zelanda.
Futuro de la domesticación
Las plantas pueden cultivarse, y los animales domarse, pero no pueden ser considerados domésticos hasta que el ser humano asume el control de su descendencia. Algunas especies vegetales, como la nuez del Brasil, pueden ser cuidadosamente cultivados, pero se reproducen sin asistencia humana y son genéticamente idénticos a las plantas salvajes. El elefante asiático ha sido un animal doméstico durante siglos, pero los ejemplares nuevos se obtienen mediante la captura y el entrenamiento de ejemplares jóvenes, no a través de su cría en cautividad.
Por otro lado, la jojoba, un arbusto desértico de América del Norte cuyas semillas contienen un valioso aceite vegetal, se ha convertido en el centro de un experimento de verdadera domesticación en Israel. El eland, un antilope africano de gran tamaño, lleva décadas viviendo en cautividad en Ucrania, donde se reproduce bajo supervisión humana y se le considera casi un animal doméstico. Se están realizando esfuerzos en Canadá, Alaska, Rusia y Noruega para domesticar el muskox, un ungulado ártico que produce lana de excepcional calidad. Además, un investigador ruso que trabajaba con zorros rojos procedentes de granjas de producción de pieles ha conseguido criar razas con apariencia y comportamiento muy parecido al de los perros.
El hombre no ha acabado con la lista de candidatos que podrían ser domesticados. En el pasado, se han realizado experimentos con otras especies, los cuales no han cesado en la actualidad. El onagro, un burro asiático salvaje, fue domesticado por los pueblos de Mesopotamia y Persia, mientras que los antiguos egipcios intentaron domesticar a las gacelas y a los antílopes. En Escandinavia se ha utilizado a los alces como monturas, para tirar de carros e incluso como productores de leche. Algunas especies de euforbias, un gran grupo de plantas que incluyen a la familiar poinsetia, exudan un líquido con una fascinante similitud química con el petróleo; domesticar estas especies como fuente de un combustible no renovable puede ser muy lucrativo. Algunas formas domesticadas, no cultivadas en la actualidad, pueden ser utilizadas de nuevo. Un ejemplo es la sumpweed, una planta cultivada por los indígenas de América del Norte por sus proteínas y sus semillas ricas en grasa.
La producción de crías de especies pequeñas que se ponen de moda, como las rosas, violetas africanas, carpas koi y los gupis, los periquitos y los canarios, los ratones y las ratas, es una forma menor de continua domesticación. Más importante que la creación de nuevas variedades ornamentales es aplicar lo que se ha aprendido de las leyes de la genética al control científico de los animales y plantas domésticos. En este sentido es cada vez más patente el peligro que supone la pérdida de la diversidad genética existente.
Los métodos intensivos exigen que los animales y plantas sean lo más parecidos posible entre sí. En todo el mundo, unas pocas razas y cultivos de aparición más o menos reciente han sustituido a un gran número de variedades que se habían reproducido con la supervisión del hombre durante cientos o miles de años, debido a que estas nuevas razas dan mejores rendimientos de acuerdo con las condiciones en las que actualmente se crían. Pero estas razas en retroceso son almacenes de diversidad genética cuya preservación puede ser útil, incluso esencial, en futuros proyectos de cría que se deban adecuar a un entorno en continuo cambio y a las necesidades del hombre.



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