lunes, 26 de agosto de 2013

Historia de México: Morelos


En la Historia de México del político e historiador Lucas Alamán destaca la figura de José María Morelos, uno de los padres de la independencia.

Fragmento de Historia de México.
De Lucas Alamán.
Tomo IV; Libro VII, Cap. I.

Morelos, entretanto, había sido conducido á Tepecoacuilco. A la salida de Tenango fueron fusilados, por orden de Concha, los veintisiete prisioneros que se habían cogido en la acción, haciendo que los dos presos, Morelos y Morales, presenciasen la ejecución: al primero se le echaron grillos en Huitzuco, y más adelante también á Morales. La gente de los pueblos del tránsito, en las inmediaciones del camino, acudía en tropel á conocer al hombre que por tanto tiempo había fijado la atención de todo el reino. En Tepecoacuilco, en virtud de las órdenes del virrey recibidas allí, se separaron las dos divisiones, marchando Villasana á Tixtla y continuando Concha con los presos a México. El 21 de Noviembre, á las cuatro de la tarde, llegó éste al pueblo de San Agustín de las Cuevas (Tlalpan), distante cuatro leguas de la capital, en el que se agolpó multitud de personas, deseosas de ver á aquel hombre extraordinario, siendo grande toda aquella tarde el concurso en la calzada que conduce á la ciudad, de gente en coches, á caballo y á pie, atraída por la misma curiosidad. El virrey no creyó deber presentar al preso en espectáculo en una entrada pública, y en la madrugada de 22 lo hizo conducir con una escolta en un coche, á las cárceles secretas de la Inquisición.
Estaban nombrados de antemano los jueces comisionados por la jurisdicción unida, que lo fueron, por la real, el oidor subdecano y auditor de la capitanía general, D. Miguel Bataller; y por la eclesiástica el provisor del arzobispado Dr. D. Félix Flores Alatorre, y habiendo mandado el virrey que el proceso se concluyese dentro de tres días, las actuaciones comenzaron el mismo día 22, á las once de la mañana, quedando en la tarde terminada la confesión con cargos: en seguida se hizo saber al reo que podía nombrar al defensor que le pareciese, y habiendo contestado que no conocía á nadie en México, lo dejaba á la justificación y prudencia del señor provisor; éste nombró al Lic. D. José María Quiles, abogado joven, que apenas era conocido en el foro, y estaba todavía en el Seminario donde hizo su carrera, al cual se previno por los jueces comisionados, presentase la defensa en la mañana del 23, entregándose la causa, y que para formarla, no sólo se le franquease ésta, sino que también se le permitiese comunicar con el reo, y tomar de él las instrucciones que necesitase. Morelos, lejos de intentar atribuir á otros la parte que había tenido en la revolución descargando sobre ellos todo lo que podía haber de más odioso en sus procedimientos, como lo habían hecho Hidalgo, Allende y sus compañeros, contestó con dignidad y firmeza á todos los cargos que se le hicieron, de los cuales sólo indicaremos los principales. Acusado de haber cometido el crimen de traición, faltando á la fidelidad al rey, promoviendo la independencia y haciendo que ésta se declarase por el Congreso reunido en Chilpancingo, respondió: «que no habiendo rey en España cuando se decidió por la independencia de estas provincias y trabajó cuanto pudo para establecerla, no había contra quien se pudiese cometer este delito, y que hallándose después comprometido en la revolución, concurrió con su voto á la declaración que se hizo en el congreso de Chilpancingo, de que nunca debía reconocerse al Sr. D. Fernando VII, ya porque no era de esperar que volviese, ó porque si volvía había de ser contaminado; pero que antes de votarlo consultó con las personas más instruidas que seguían aquel partido, y le dijeron que era justo por varias razones, de las cuales era una, la culpa que se consideraba en S. M. por haberse puesto en manos de Napoleón y entregándole la España como un rebaño de ovejas, y que aunque tuvo conocimiento de su regreso de Francia, nunca le dió crédito ó juzgó que habría vuelto napoleónico», en lo que quería decir sujeto al influjo de Napoleón y corrompido en sus creencia religiosa. Al cargo que se le hizo por la muerte del teniente general Saravia y demás jefes fusilados en Oaxaca, ejecución de varios individuos en Orizaba y asesinato de los prisioneros españoles en el Sur, contestó:«que él era quien había mandado todas estas ejecuciones, en cumplimiento de las órdenes expedidas por la junta de Zitácuaro en cuanto á los dos primeros casos, y por acuerdo del congreso de Chilpancingo en el último, y que en este no eran asesinatos sino represalias, por no haber admitido el gobierno el cago que se le propuso de aquellos prisioneros por Matamoros. Tampoco negó haber dado su voto en el gobierno, como individuo del poder ejecutivo, para que se incendiasen como se había hecho en Tenango, los pueblos y haciendas inmediatas á las poblaciones que estaban por el gobierno, y aunque se reconoció culpable por haberle desatendido los requerimientos y amonestaciones del arzobispo Lizana y demás obispos en cuya diócesis había estado, dijo: «que en cuanto á la carta que le escribió el Sr. Campillo, no hizo aprecio de ella por las razones que expuso en su respuesta, y que por lo relativo á las excomunicones que fulminaron contra los insurgentes los obispos y la Inquisición, no las consideró válidas, porque creyó que no podían imponerse á una nación independiente, como debían considerarse los que formaban el partido de la insurrección, si no es por el Papa ó por un concilio general», y en cuanto al edicto del obispo Abad y Queipo de 22 de Julio de 1814, por el cual lo declaró en especial hereje excomulgado y depuesto del curato de Carácuaro, «contestó que nunca lo había reputado como obispo y, por consiguiente, no se creyó obligado á obedecerlo». Por último, el cargo que se le hizo por las muertes, destrucción de fortunas, ruina de familias y desolación del país, dijo:«que estos eran los efectos necesarios de todas las revoluciones, pero que cuando entró en ella, no creyó que se causasen, y que, desengañado de que no era posible conseguir la independencia, asi por la diversidad de dictámenes, que no permitía tomar providencias acertadas, como por la falta de recursos y de tino, había pensado pasarse á la Nueva Orleans, á Caracas, ó si se le proporcionaba, á la antigua España, para presentarse al rey, si es que había sido restituido, á pedirle perdón, aprovechando para ello la coyuntura de trasladarse el congreso á las provincias de Puebla y Veracruz, cuyo pensamiento manifestó á sus dos compañeros en el gobierno». Los demás cargos fueron contraídos a preguntas de si en el tiempo que había permanecido en la revolución había celebrado misa, el que satisfizo, diciendo: «que se había abstenido de hacerlo, considerándose irregular desde que en el territorio de su mando comenzó á haber derramamiento de sangre: «sobre el pectoral del obispo de Puebla, acerca del cual se le preguntó si lo había tomado considerándolo como cosa necesaria, porque había dicho, como era la verdad, que de los bienes saqueados ó confiscados sólo tomaba lo que era preciso para su subsistencia, respondió:«que se lo había regalado el P. Sánchez, que lo habían cogido en el convoy de que se apoderaron los insurgentes en Nopalucan, que no sabía ser del obispo y que lo había conservado porque no había encontrado quien se lo comprase».
Fuente: Nervo, Amado. Lecturas literarias. París: Librería de la Vda. de C. Bouret, 1918.



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