miércoles, 21 de agosto de 2013

Invocación


Camões debe su fama universal a Los Lusiadas, poema épico que narra la expansión de Portugal en el mundo sin desdeñar las tradiciones legendarias del país ni los personajes míticos. El relato describe la grandiosidad de la gesta de un pueblo con sencillez.

Fragmento de Los Lusiadas.
De Luís de Camões.
Invocación.
Canto I, I.
Las armas y varones señalados
que, de occidental playa lusitana,
por mares hasta entonces no surcados
pasaron más allá de Taprobana;
y en peligros y guerras esforzados,
más de lo que permite fuerza humana,
entre lejanos pueblos erigieran
nuevo reino que tanto esclarecieran;
Y también las memorias gloriosas
de esos reyes que fe, que imperio fueron
dilatando en las tierras criminosas,
que en África y en Asia destruyeron;
y á aquellos que por obras valerosas
de la ley de la muerte se eximieron; –
cantando anunciaré por toda parte,
si tanto es dado al numen, tanto al arte.
Callen del sabio heleno y del troyano
las grandes sendas que en la mar surcaran;
no hablen ni de Alejandro ni Trajano
la fama y las victorias, que alcanzaran;
que canto el pecho ilustre lusitano;
á quien Neptuno y Marte se doblaran.
Calle cuanto la Musa antigua canta;
que otro valor más alto se levanta.
Y vos, tagides ninfas, pues creado
habéis en mí un nuevo ingenio ardiente–
si siempre en verso humilde celebrado
por mí fué vuestro río alegremente–;
dadme hora un son más alto, levantado,
un estilo grandilocuo, valiente,
porque de vuestras aguas Febo ordene
que dejen de envidiar las de Hipocrene.
Y vos, oh prenda cierta encantadora
de la libertad vieja lusitana;
prenda no menos cierta, halagadora
de creces á la corta grey cristiana;
vos, oh nuevo temor del asta mora,
de esta edad maravilla triste arcana,
dado al mundo por Dios, que rige todo,
para ensalzarse en él por grande modo.
Vos, oh tierno renuevo floreciente
de una raíz de Cristo más amada
que ninguna nacida en occidente,
cesárea, ó cristianísima llamada,
miradlo en vuestro escudo, que presente
os muestra la victoria ya ganada
en la que os dió por armas; que os dejara
las que en la cruz él para sí tomara.
Vos, poderoso rey, cuyo alto imperio
es el que ve primero el sol naciente;
lo mira en la mitad del hemisferio;
contémplalo postrero el sol poniente:
vos, que esperamos yugo y vituperio
seréis de la agarena torpe gente,
y del turco oriental, y del pagano
que la onda sacra bebe al río indiano:
Deponed un momento la grandeza:–
si me lucís afable, yo os contemplo;
que ya brilláis, cual si en viril firmeza;
en la que iréis grande al eterno templo.
Los ojos de la real benigna alteza
bajad acá: veréis un nuevo ejemplo
de amor á patrios hechos valerosos,
en versos celebrado numerosos.
Veréis el amor patrio, no movido
de premio vil, sino alto y casi eterno;
que no es vil galardón ser conocido
como un heraldo de mi hogar paterno.
Oid: veréis el nombre engrandecido
de aquellos de quien sois señor superno;
y juzgaréis cuál es más excelente:
si ser del mundo rey, ó de tal gente.
Oid: que no veréis vanas hazañas,
fantásticas, fingidas, mentirosas,
de los vuestros loar; cual las extrañas
musas, de sublimarse deseosas.
Las vuestras verdaderas son tamañas
que exceden las sobadas, fabulosas;
á Rodamante, á Roger vano exceden,
y á Roldán; –si negarse éstos no pueden.
Por ellos os daré yo un Nuño fiero,
del soberano y reino gran subsidio;
un Egas y un Don Fúas; que de Homero
la cítara, para ellos, siempre envidio.
De Magrizo y los Doce ya os refiero
cuál fué contra Doce anglos su presidio.
Dígoos también á aquel ilustre Gama,
quien de Eneas conquístase la fama.
Ve á Carlomagno y César: los alcanza
aquí algún rey en ínclita memoria.
Mira al primer Alfonso, cuya lanza
obscurece á cualquier extraña gloria.
Á aquel contempla que su reino afianza
con una grande y próspera victoria.
Ve al otro Juan, invicto caballero,
y al cuarto y quinto Alfonsos y al tercero.
Ni dejará mi verso preteridos
á aquellos que en las tierras de la aurora
hicieron, por su brazo enaltecidos,
vuestra bandera siempre vencedora:
un Pacheco indomable y los temidos
Almeidas, á quien siempre el Tajo llora;
Albuquerque terrible, Castro fuerte
y otros á quien no pudo hundir la muerte.
Fuente: Jünemann, Guillermo. Antología universal. Friburgo: Herder, 1910.



0 comentarios:

Publicar un comentario en la entrada

Entradas populares