miércoles, 21 de agosto de 2013

Justine


Con Justine, Lawrence Durrell inicia su tetralogía sobre la ciudad de Alejandría, en la que narra una misma historia desde el punto de vista de cuatro personajes. En este fragmento, Darley, atraído y enamorado de la enigmática Justine, lee un diario escrito por un tal Jacob Arnauti que describe a una joven judía de Alejandría con la que contrae matrimonio, viaja a Europa y termina divorciándose. Las coincidencias son tan asombrosas que Darley la confunde con Justine y no puede dejar de sustituir el nombre de la mujer de Jacob por el de su amada.

Fragmento de Justine.
De Lawrence Durrell.

”Más tarde, cuando viajamos al extranjero: en el Adlon, el polen de los reflectores cayendo sobre los bailarines españoles envueltos en el humo de miles de cigarrillos; junto a las aguas sombrías de Buda, sus lágrimas calientes goteando entre las hojas secas que pasaban flotando lentamente; cabalgando por las escuálidas planicies españolas, el silencio marcado como con huellas de viruela por los cascos de nuestros caballos; en el Mediterráneo, tendidos sobre alguna roca olvidada... No me afligían sus traiciones, pues con Justine el orgullo masculino de la posesión pasaba a ser algo secundario. Lo que me hechizaba era la ilusión de que tal vez podría llegar a saber cómo era de verdad; pero ahora veo que no era realmente una mujer sino la encarnación de la Mujer, que no admite vínculo alguno en la sociedad en que vivíamos.
’En todas partes ando al acecho de una vida que valga la pena de ser vivida. Quizá si me muriera o me volviera loca, llegaría a encauzar todos esos sentimientos que no tienen salida. El médico de quien estuve enamorada me dijo que yo era una ninfomaníaca, pero en mi placer no hay glotonería ni complacencia, Jacob. Desde ese punto de vista es un derroche completo. ¡Derroche, querido, derroche! Dices que gozo tristemente, como los puritanos. Pero aun en eso eres injusto conmigo. Gozo trágicamente, y si mis amigos médicos necesitan una palabra complicada para describir la criatura sin corazón que parezco ser, se verán forzados a admitir que lo que me falta de corazón me sobra de alma. Y ahí está la raíz del mal.’ Como se ve, no son éstas las distinciones de que suelen ser capaces las mujeres. Parecía como si a su mundo le faltara en cierto modo una dimensión, y que el amor se hubiera replegado hasta volverse una especie de idolatría. Al principio confundí esta manera de ser con un egotismo arrasador, que se consumía a sí mismo, porque Justine parecía ignorar todas las menudas reglas de lealtad que constituyen la base del afecto entre hombres y mujeres. Esto suena un tanto pomposo, pero no tiene importancia. Ahora, recordando los terrores y exaltaciones de Justine, me pregunto si yo tenía razón. Pienso en aquellos dramas tediosos, aquellas escenas en cuartos amueblados, Justine abriendo los grifos para ahogar el sonido de sus sollozos. Yendo y viniendo, con las manos apretadas bajo las axilas, murmurando algo para sí, inflamándose como un barril de pólvora a punto de estallar. Mi salud precaria, mis nervios frágiles, pero sobre todo mi sentido europeo del humor, la exasperaban en esos momentos más allá de toda medida. Si se sentía ofendida, por alguna afrenta imaginaria recibida en el curso de una cena, iba y venía como una pantera por la alfombra tendida a los pies de la cama. Si yo me quedaba dormido, se ponía furiosa y me sacudía por los hombros, gritando: ¡Levántate, Jacob! ¿No ves cómo sufro? Si me negaba a participar en el juego, era capaz de romper cualquier objeto del tocador, con tal de tener un pretexto para llamar a la criada. Cuántas veces habré visto las caras aterradas de las sirvientes en presencia de esa mujer enfurecida, con su vestido de fiesta dorado o plateado, que les decía con una cortesía espantosa: ’Hágame el favor de limpiar esa mesa. He roto no sé qué, soy tan torpe...’ Y luego se sentaba a fumar cigarrillo tras cigarrillo.
”—Sé muy bien lo que te pasa –le dije una vez–. Cada vez que me eres infiel y te devoran los remordimientos, me provocas para que yo te golpee y te absuelva así en cierto modo de tus pecados. Pues bien, querida, me niego a ser el alcahuete de tus satisfacciones. A ti te toca cargar con tus penas. Tratas de que yo te azote, pero sólo me das lástima.
”Debo reconocer que esto la dejó muy pensativa por un rato, y que sus manos se pusieron a acariciar involuntariamente la suave piel de sus piernas, que había depilado esa misma tarde...
”Pero más adelante, cuando empecé a cansarme de ella, me aburría tanto ese abuso de las emociones que terminé por insultarla y reírme de ella. Una noche la traté de judía histérica y exasperante. Estalló en esos terribles sollozos roncos, tantas veces escuchados que aún ahora su recuerdo (su riqueza, su densidad melodiosa) me hiere, y se tiró en la cama, los miembros fláccidos, sacudida por espasmos de histeria que eran como chorros brotando de una manguera.
”¿Eran tan frecuentes esas escenas o mi memoria las multiplica? Quizá sólo sucedió una vez, y los ecos me engañan. Como quiera que fuese, muchas veces me parece oír el ruido que hacía ella al destapar el frasco del somnífero y el menudo rumor de las tabletas cayendo en el vaso. Aunque estuviera medio dormido, las contaba para asegurarme de que no tomaría demasiadas. Pero todo esto sucedió mucho más tarde; al principio le pedía que viniera a mi cama, y ella obedecía sin naturalidad, de mala gana, fría. Yo estaba lo bastante loco como para creer que podría fundir ese hielo y darle la tranquilidad física sobre la cual suponía que descansaba la paz espiritual. Me equivocaba. Había allí un nudo profundo que ella hubiera querido desatar, y que era muy superior a mis posibilidades como amante y como amigo. Por supuesto. Por supuesto. Yo sabía todo lo que se podía saber en esa época sobre la psicopatología de la histeria. Pero detrás de eso había otra cosa, que creí poder descubrir. En cierto modo Justine no buscaba la vida, sino una revelación integradora que pudiera darle un sentido.
Fuente: Durrell, Lawrence. Justine. Editorial Hermes/Sudamericana, 1983.



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