martes, 27 de agosto de 2013

Pentecostés


En este fragmento del Nuevo Testamento se narra la venida del Espíritu Santo en Pentecostés, así como uno de los discursos de san Pedro.
Fragmento de Hechos de los Apóstoles.

2, 1-36.
1 Al cumplirse, pues, los días de pentecostés, estaban todos juntos en un mismo lugar: 2 cuando de repente sobrevino del cielo un ruido, como de viento impetuoso que soplaba, y llenó toda la casa donde estaban. 3 Al mismo tiempo vieron aparecer unas como lenguas de fuego, que se repartieron y se asentaron sobre cada uno de ellos: 4 entonces fueron llenados todos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en diversas lenguas las palabras que el Espíritu Santo ponía en su boca.
5 Había a la sazón en Jerusalén judíos piadosos y temerosos de Dios, de todas las naciones del mundo. 6 Divulgado, pues, este suceso, acudió una gran multitud de ellos, y quedaron atónitos, al ver que cada uno oía hablar a los apóstoles en su propia lengua. 7 Así, pasmados todos, y maravillados, se decían unos a otros: ¿Por venturas, estos que hablan, no son todos galileos? 8 ¿pues cómo es que los oímos cada uno de nosotros hablar nuestra lengua nativa? 9 Partos, medos, y elamitas, los moradores de Mesopotamia, de Judea, y de Capadocia, del Ponto, y del Asia, 10 los de Frigia, de Panfilia, y del Egipto, los de la Libia, confinante con Cirene, y los que han venido de Roma, 11 tanto judíos, como prosélitos, los cretenses y los árabes: los oímos hablar en nuestras propias lenguas las maravillas de Dios.
12 Estando, pues, todos llenos de admiración, y no sabiendo qué discurrir, se decían unos a otros. ¿Qué novedad es esta? 13 Pero hubo algunos que se mofaban de ellos, diciendo: Éstos sin duda están borrachos o llenos de mosto.
14 Entonces Pedro, presentándose con los once apóstoles, levantó su voz, y les habló de esta suerte: ¡Oh vosotros judíos, y todos los demás que moráis en Jerusalén!, estad atentos a lo que voy a deciros, y escuchad bien mis palabras. 15 No están éstos embriagados, como sospecháis vosotros, pues no es más que la hora tercia del día: 16 sino que se verifica lo que dijo el profeta Joel: 17 sucederá en los postreros días (dice elSeñor), que yo derramaré mi espíritu sobre todos los hombres: profetizarán vuestros hijos, y vuestras hijas: y vuestros jóvenes tendrán visiones, y vuestros ancianos revelaciones en sueños. 18 Yo derramaré mi espíritu sobre mis siervos, y sobre mis siervas en aquellos días, y profetizarán: 19 haré que se vean prodigios arriba en el cielo, y portentos abajo en la tierra, sangre, fuego, y torbellinos de humo. 20 El sol se convertirá en tinieblas, y la luna en sangre, antes que llegue el día grande y patente del Señor. 21 Entonces todos los que hayan invocado el nombre del Señor, serán salvados.
22 ¡Oh hijos de Israel!, escuchadme ahora: a Jesús de Nazaret, hombre autorizado por Dios a vuestros ojos, con los milagros, maravillas y prodigios que por medio de él ha hecho entre vosotros, como todos sabéis: 23 a este Jesús, dejado a vuestro arbitrio por una orden expresa de la voluntad de Dios, y decreto de su presciencia, vosotros le habéis hecho morir, clavándole en la cruz por mano de los impíos: 24 pero Dios le ha resucitado, librándole de los dolores o ataduras de la muerte, siendo, como era, imposible quedar él preso por ella en tal lugar. 25 Porque ya David en persona de él, decía: Tenía siempre presente al Señor ante mis ojos: pues está siempre a mi diestra, para que no experimente ningún trastorno: 26 por tanto, se llenó de alegría mi corazón, y resonó mi lengua en voces de júbilo, y mi carne reposará en la esperanza. 27 Que no dejarás mi alma en el sepulcro, ni permitirás que el cuerpo de tu santo experimente la corrupción. 28 Me harás entrar otra vez en las sendas de la vida: y colmarme has de gozo con tu presencia. 29 Hermanos míos, permitidme que os diga con toda libertad y sin el menor recelo: el patriarca David muerto está, y fué sepultado: y su sepulcro se conserva entre nosotros hasta el día de hoy. 30 Pero como era profeta, y sabía que Dios le había prometido con juramento que uno de su descedencia se había de sentar sobre su trono: 31 previendo la resurrección de Cristo, dijo: que ni fué detenido en el sepulcro, ni su carne padeció corrupción. 32 Este Jesús es a quien Dios ha resucitado, de lo que todos nosotros somos testigos. 33 Elevado, pues, al cielo, sentado allí a la diestra de Dios, y habiendo recibido de su Padre la promesa de enviar al Espíritu Santo, le ha derramado del modo que estáis viendo, y oyendo. 34 Porque no es David el que subió al cielo: antes bien él mismo dejó escrito: Dijo el Señor a mi Señor, siéntate a mi diestra, 35 mientras a tus enemigos los pongo yo por tarima de tus pies. 36 Persuádase, pues, certísimamente toda la casa de Israel, que Dios ha constituído Señor y Cristo a este mismo Jesús, al cual vosotros habéis crucificado.
Fuente: Sagrada Biblia. Traducida al castellano por Félix Torres Amat. Madrid: Apostolado de la Prensa, 1928.



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