viernes, 6 de septiembre de 2013

Los inicios de Bob Dylan


Bob Dylan es una de las figuras más carismáticas de la música popular del siglo XX. Poeta, músico y cantante, su obra es el reflejo de la sociedad de su época, la década de 1970, unos años que vieron el nacimiento de un intenso movimiento contracultural, rico en contradicciones y protestas en contra de las normas sociales establecidas.

Fragmento de Bob Dylan.
De Mariano Antolín Rato.

Capítulo “De folk singer a folk prophet pasando por folk writer”.
Al principio de todo Bob Dylan era un joven de veinte años que destacaba entre los cantantes de folk que pululaban por el Village neoyorkino. Se contaba que su verdadero nombre era Robert Zimmerman. Que lo de Dylan venía del poeta galés y famoso dipsómano Dylan Thomas, también se supo enseguida, y entonces la gente dejó de decir “dailan” o “dilan”. Se contaba también (posteriormente Scaduto aclararía muchas cosas), que había enterrado su pasado judío en las autopistas y durmiendo en las estaciones del Metro. Había sido un vagabundo muy precoz, se contaba y no se paraba; había peregrinado hasta la cabecera de la cama del patriarca de la canción folk, Woody Guthrie, enfermo en un hospital. Se aseguraba que el viejo sindicalista, el viejo cronista de los desastres que llevaron a la segunda guerra mundial, el símbolo de la izquierda americana de los años treinta, alzándose trabajosamente de su lecho, había profetizado: “Este chico va a ser uno de los más grandes trovadores de América.” Esta opinión sería corroborada por el gran santón de la canción protesta, Pete Seeger, el cual probablemente con fondo de gran masa coral progresista entonando el “We shall overcome”, dijo: “Este chico será el mejor cantante de folk si no revienta antes.”
Dylan acaba de grabar su primer elepé. Era el mes de marzo de 1962. El disco se titula Bob Dylan, y en él, un cantante de veintiún años, se atreve a grabar blues que tratan de la muerte. Y no sólo de muertes ajenas. Habla de su propia muerte, echando leña al fuego del mito de sí mismo que él alimenta. Ha inventado su propia historia y se presenta como el hombre que ya lo ha experimentado todo. Incluso llega a afirmar que a la edad de doce años ha tocado con Big Joe Willians, en Chicago. Y todos le creen, hasta los más entendidos: Bob Gleason y su mujer, Cisco Houston, Jack Elliot, Dave Van Ronk... Y Dylan, muy en su papel del hombre que quiere contar su vida con la convicción absoluta de que no es normal, Dylan participando del mundo de aquellos Angel Headed Hipsters, de Allen Ginsberg, o de aquellos otros Bop Cat, de Jack Kerouac, que se arrastran por los barrios de los negros en busca de la ansiada dosis, destrozados por la locura, hambrientos, histéricos, desnudos (según consta en los primeros versos de Howl).
Frente a la blandenguería del folk comercial del momento (estoy refiriéndome al Kingston Trio, a los Brothers Four, a Peter, Paul & Mary...), con sus letras inteligentes, sus armonías y sus bellas voces que tanto se oponen a las de aquellos locos del rock and roll tan despreciados entonces, está Dylan con su voz rasposa de viejo bluero. Sí, entonces, los padres progres del momento animan a sus hijos para que escuchen a aquellos chicos tan sanos, tan del pueblo, tan armónicos y limpitos. Dylan, por el contrario, se presenta como un golfo beat, un hipster con su mundo de violencia inalcanzable, un ser pasado en todo y por todo. Con su chaqueta de cuero, Dylan encarna musicalmente aquel mundo de las motocicletas (desde la pantalla le inspiran James Dean y Marlon Brando), del peligro, de los accidentes de carretera, de la muerte. Norman Mailer escribía por entonces: “...si el destino del hombre del siglo XX es vivir en compañía de la muerte, desde la adolescencia hasta una vejez prematura, entonces la única respuesta vital es aceptar los términos de la muerte, vivir con la muerte como peligro inmediato, divorciarse de la sociedad, existir sin raíces, embarcarse en un viaje desconocido en los imperativos rebeldes del propio ser”.
Y éste es el destino que, aparentemente, asume Dylan, revitalizando en su primer disco la protesta de Woody Guthrie y aceptando las influencias de los viejos blueros/as (Bessie Smith, Huddie Leadbelly, Big Bill Broonzy...), que daban al blues una dimensión casi política con sus “discrimination blues”, anunciadores de las reivindicaciones directas de los años cincuenta. Casi todos los temas son de otros. Dylan se ha revelado como un original cantante de blues. Pero las cosas cambian en seguida.
Fuente: Antolín Rato, Mariano. Bob Dylan. Madrid: Ediciones Júcar, 1975.



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