miércoles, 7 de agosto de 2013

Confesiones


En Confesiones, uno de los principales escritos del más insigne padre y doctor de la Iglesia, san Agustín de Hipona, éste refirió de forma autobiográfica y con un brillante estilo literario algunos de los episodios más importantes de su vida. Además, en sus páginas expuso gran parte de su pensamiento teológico y filosófico. El fragmento que sigue supone una interesante aproximación a su teoría del conocimiento.

Fragmento de Confesiones.
De san Agustín.
Libro X; capítulos 9, 10 y 11.

No son sólo éstos los únicos tesoros almacenados en mi vasta memoria. Aquí se encuentran también todas las nociones que aprendí de las artes liberales que todavía no he olvidado. Y están como escondidas en un lugar interior, que no es lugar. Pero no están las imágenes de las cosas, sino las cosas mismas. Yo sé, en efecto, lo que es la gramática, la dialéctica y las diferentes categorías de preguntas. Todo lo que sé de ellas está, ciertamente, en mi memoria, pero no como una imagen retenida de una cosa, cuya realidad ha quedado fuera de mí. No es tampoco como la voz impresa que suena y se desvanece, dejando una huella por la que recordamos como si sonara cuando ya no suena. Ni como el perfume que pasa y se pierde en el viento y que, afectando al sentido del olfato, envía su imagen a la memoria, por la que puede ser reproducida. Ni como el manjar, que ya no tiene sabor en el estómago y que parece lo tiene, sin embargo, en la memoria. Ni como una sensación que sentimos en el cuerpo a través del tacto que, aunque esté alejada de nosotros, podemos imaginarla en la memoria después del tacto.
En estos casos las cosas no penetran en la memoria. Simplemente son captadas sus imágenes con asombrosa rapidez, quedando almacenadas en un maravilloso sistema de compartimentos, de los cuales emergen de forma maravillosa cuando las recordamos.
Pero cuando oigo que son tres las categorías de preguntas –si la cosa existe, qué es y cuál es– retengo las imágenes de los sonidos de que se componen estas palabras. Y sé también que atravesaron el aire con estrépito y que ya no existen. Pero los hechos significados por estos sonidos no los he tocado nunca con ningún sentido del cuerpo. Tampoco los he podido ver fuera de mi alma, ni son sus imágenes las que almaceno en mi memoria sino los hechos mismos. Que me digan, pues, si pueden, por dónde entraron en mí. Recorro todas las puertas de mi cuerpo y no hallo por dónde han podido entrar estos hechos. Mis ojos me dicen, en efecto: «Si tienen color, nosotros los anunciamos.» Los oídos dicen: «Si emitieron algún sonido, nosotros los hemos detectado.» El olfato dice: «Si despiden algún olor, por aquí pasaron.» El gusto dice también: «Si no tienen sabor, no me preguntéis por ellos.» El tacto dice: «Si no es cuerpo, no lo toqué, y si no lo he tocado, no he transmitido mensaje de él.»
¿Cómo, entonces, estos hechos entraron en mi memoria? ¿Por dónde entraron? No lo sé. Cuando los aprendí, no los di crédito por testimonio ajeno. Simplemente los reconocí en mi alma como verdaderos y los aprobé, para después encomendárselos como en depósito y poder sacarlos cuando quisiera. Por tanto, debían estar en mi alma incluso antes de que yo los aprendiese, aunque no estuviesen presentes en la memoria. ¿En dónde estaban? ¿Por qué los reconocí al ser nombrados y decir yo: «Así es, es verdad?» Sin duda porque ya estaban en mi memoria y tan retirados y escondidos como si estuvieran en cuevas profundísimas. Tanto, que no habría podido pensar en ellos, ni alguien no me hubiera advertido de ellos para sacarlos a relucir.
Descubrimos así que aprender las cosas –cuyas imágenes no captamos a través de los sentidos- equivale a verlas interiormente en sí mismas tal cual son, pero sin imágenes. Es un proceso del pensamiento por el que recogemos las cosas que ya contenía la memoria de manera indistinta y confusa, cuidando con atención de ponerlas como al alcance de la mano en la memoria –pues antes quedaban ocultas, dispersas y desordenadas– a fin de que se presenten ya a la memoria con facilidad y de modo habitual. Mi memoria acumula un gran número de hechos e ideas de este tipo, que, como dije, han sido ya descubiertas y puestas como a mano y que afirmamos haber aprendido y conocido. Si las dejo de recordar de tiempo en tiempo, vuelven a sumergirse y hundirse en los compartimentos más hondos de mi memoria, de modo que es necesario repensarlas otra vez en este lugar –pues no es posible localizarlas en otro–. En otras palabras, cuando se han dispersado, he de recogerlas de nuevo para poder conocerlas. Tal es la derivación del verbo cogitare, que significa pensar. Pues en latín el verbo cogo (recoger, coger) dice la misma relación a cogito (pensar, cogitar) que ago (mover) a agito (agitar) o que facio (hacer) a factito (hacer con frecuencia). Pero la palabra cogito queda reservada a la función del alma. Se emplea correctamente sólo cuando se aplica cogitari a lo que se recoge (colligitur), es decir, lo que se junta (cogitar) no en un lugar cualquiera, sino en el alma.
Fuente: Agustín, San. Confesiones. Prólogo, traducción y notas de Pedro Rodríguez de Santidrián. Madrid: Alianza Editorial, 1998.



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Comala


La tragedia de los campesinos del estado mexicano de Jalisco y el protagonismo de uno de sus pueblos, Comala, donde vive “un tal Pedro Páramo”, se transmite en esta obra, una de las grandes de la literatura contemporánea en lengua española. La descripción de la desolación, el tormento y la muerte son algunas de las características de la prosa de Juan Rulfo, una prosa poética y conmovedora. En este fragmento habla Bartolomé San Juan con su hija Susana, la mujer que Pedro Páramo lleva buscando desde su infancia.
Fragmento de Pedro Páramo.
De Juan Rulfo.
—Hay pueblos que saben a desdicha. Se les conoce con sorber un poco de su aire viejo y entumido, pobre y flaco como todo lo viejo. Este es uno de esos pueblos, Susana.
»Allá, de donde venimos ahora, al menos te entretenías mirando el nacimiento de las cosas: nubes y pájaros, el musgo, ¿te acuerdas? Aquí en cambio no sentirás sino ese olor amarillo y acedo que parece destilar por todas partes. Y es que éste es un pueblo desdichado; untado todo de desdicha.
»Él nos ha pedido que volvamos. Nos ha prestado su casa. Nos ha dado todo lo que podamos necesitar. Pero no debemos estarle agradecidos. Somos infortunados por estar aquí, porque aquí no tendremos salvación ninguna. Lo presiento.
»¿Sabes qué me ha pedido Pedro Páramo? Yo ya me imaginaba que esto que nos daba no era gratuito. Y estaba dispuesto a que se cobrara con mi trabajo, ya que teníamos que pagar de algún modo. Le detallé todo lo referente a La Andrómeda y le hice ver que aquello tenía posibilidades, trabajándola con método. ¿Y sabes qué me contestó? “No me interesa su mina, Bartolomé San Juan. Lo único que quiero de usted es a su hija. Ése ha sido su mejor trabajo.”
»Así que te quiere a ti, Susana. Dice que jugabas con él cuando eran niños. Que ya te conoce. Que llegaron a bañarse juntos en el río cuando eran niños. Yo no lo supe; de haberlo sabido te habría matado a cintarazos.
—No lo dudo.
—¿Fuiste tú la que dijiste: no lo dudo?
—Yo lo dije.
—¿De manera que estás dispuesta a acostarte con él?
—Sí, Bartolomé.
—¿No sabes que es casado y que ha tenido infinidad de mujeres?
—Sí, Bartolomé.
—No me digas Bartolomé. ¡Soy tu padre!
Bartolomé San Juan, un minero muerto. Susana San Juan, hija de un minero muerto en las minas de La Andrómeda. Veía claro. «Tendré que ir allá a morir», pensó. Luego dijo:
—Le he dicho que tú, aunque viuda, sigues viviendo con tu marido, o al menos así te comportas: he tratado de disuadirlo, pero se le hace torva la mirada cuando yo le hablo, y en cuanto sale a relucir tu nombre, cierra los ojos. Es, según yo sé, la pura maldad. Eso es Pedro Páramo.
—¿Y yo quién soy?
—Tú eres mi hija. Mía. Hija de Bartolomé San Juan.
En la mente de Susana San Juan comenzaron a caminar las ideas, primero lentamente, luego se detuvieron, para después echar a correr de tal modo que no alcanzó sino a decir:
—No es cierto. No es cierto.
—Este mundo, que lo aprieta a uno por todos lados, que va vaciando puños de nuestro polvo aquí y allá, deshaciéndose en pedazos como si rociara la tierra con nuestra sangre. ¿Qué hemos hecho? ¿Por qué se nos ha podrido el alma? Tu madre decía que cuando menos nos queda la caridad de Dios. Y tú la niegas, Susana. ¿Por qué me niegas a mí como tu padre? ¿Estás loca?
—¿No lo sabías?
—¿Estás loca?
—Claro que sí, Bartolomé. ¿No lo sabías?
Fuente: Rulfo, Juan. Pedro Páramo. Barcelona: Editorial Planeta, 1989.



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Ceremonia


Caracterizada por un vigoroso realismo, la obra de José María de Pereda contiene una fuerte carga ideológica y conforma la mejor novela costumbrista del siglo XIX. En este fragmento de Pedro Sánchez, el autor recrea el ceremonial católico.

Fragmento de Pedro Sánchez.
De José María de Pereda.

Capítulo II.
No me maravilló el templo con sus tres naves góticas, no su coro bajo frente al altar mayor, su suelo de mármoles y sus capillas sombrías; pues, si he de hablar con verdad, cosa más grande y más rica me había imaginado yo para una catedral de población tan renombrada e importante. Pero comenzó la misa, y ya el ir y venir de los canónigos arrastrando las negras colas; el solemne, ostentoso ceremonial del presbiterio; los preludios del órgano; las nubes y el olor de los incensarios agitados por los inquietos monaguillos, vestidos de rojo y blanco, y la templada luz que se descomponía en todos los colores del prisma al atravesar los vidrios de las ojivas, imprimieron un nuevo rumbo a mis ideas, sacándolas de sus ordinarios y naturales cauces. Después, a medida que la misa adelantaba, crecía la fuerza de mi atención, porque nuevas ceremonias y no soñadas impresiones la sorprendían y la cautivaban, sin poder yo darme cuenta todavía de si aquel arrobamiento en que comenzaba a caer, era solamente una inesperada excitación de mis sentimientos religiosos en ocasión y sitio tan señalados; o si en él influía también un exceso de los chantres y a las atipladas de los niños de coro, y al sonar de las campanillas de los monagos, y al cántico trémulo e inseguro del oficiante, se unió el estruendo de toda la trompetería del órgano, formando el conjunto un verdadero torrente de armonías que se desbordaba de las naves del templo, parecía estrellarse en inmensas oleadas contra los fustes, y saltar con ecos resonantes desde los mármoles del pavimento hasta los rosetones de las bóvedas. Entonces sentí un extraño cosquilleo que se deslizaba por todas las fibras de mi cuerpo; perdí la noción racional de cuanto tenía delante y en derredor de mí; hundí la cabeza en el pecho: parecióme que los haces de columnas se alargaban y crecían hasta perderse de vista, diáfanos y aéreos, y que la tempestad de sonidos se extendía por todo el espacio hasta llenar los ámbitos del mundo, como la voz terrible de Jehová... y le vi; sí, le vi, flotando sobre nubes de incienso y de armonías, entre las disueltas bóvedas del templo; y le sentí en mi corazón y en mi conciencia; y crecieron en ella las más leves faltas hasta la magnitud de enormes culpas; al ardor de la fe, que también crecía en mi pecho, humillé mi cabeza... (creo que toqué con la frente el duro mármol en que se hincaban mis rodillas); negóse mi labio trémulo a pronunciar las plegarias que salían de mi corazón; brotaron mudas lágrimas de mis ojos, y, al verme en presencia de juez tan grande y majestuoso, avergonzóme la altura del suelo que me sostenía, y envidié la obscuridad y bajeza del mísero gusano que se arrastra bajo las costras de la tierra.
Fuente: Jünemann, Guillermo. Historia de la literatura española y antología de la misma. Friburgo: Herder, 1913.



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Carmen


Este fragmento pertenece a la sinopsis argumental de la ópera Carmen, una de las obras más célebres del compositor francés Georges Bizet. Se trata de una pieza cómica en cuatro actos con libreto de Ludovic Halévy y Henri Meilhac basada un relato de Prosper Mérimée. Se estrenó sin gran éxito en la Opéra-Cómique de París el 3 de marzo de 1875.

Fragmento de Carmen.
Edición de Alberto González Troyano.
Sinopsis argumental.

ACTO PRIMERO
Plaza de Sevilla. A un lado la Fábrica de Tabacos, en otro, entrada a un cuerpo de guardia del Regimiento de Alcalá. El cabo Morales y los soldados charlan y miran a los paseantes. Se acerca, con timidez, una joven, Micaela, vestida con un traje tradicional de Navarra. Pregunta por don José. Morales le informa que no estará hasta el relevo de la guardia y pretende retenerla. Micaela lo rechaza y le indica que volverá más tarde. Llega don José con la guardia entrante, acompañados todos por un grupo de niños que imitan el desfile de los soldados. Morales informa a don José de la visita de Micaela. Tras el relevo, el teniente Zúñiga pregunta a don José por el comportamiento de las cigarreras que trabajan en la Fábrica. La campana interrumpe la conversación y las cigarreras salen a la plaza. La aparición de Carmen es bien acogida por todos. Canta su Habanera y coquetea. Le dirige unos comentarios irónicos a don José. Don José se mantiene retraído y Carmen le lanza una flor de casia. Suena nuevamente la campana y se recogen las cigarreras. Regresa Micaela y transmite a don José un mensaje de su madre y un beso. Su madre, en una carta, le pide que se case con Micaela. Al marcharse ésta, don José se promete a sí mismo cumplir el deseo de su madre. Se oyen gritos de mujeres, las cigarreras salen bulliciosamente y rodean al teniente Zúñiga para explicarle lo sucedido. En una disputa Carmen ha herido a otra cigarrera en la cara. Don José, enviado por Zúñiga, detiene a Carmen. Al quedarse solos don José y Carmen, antes de que éste la conduzca a la prisión, Carmen trata de seducirlo y le promete, si la deja en libertad, reunirse con él en la taberna de Lilas Pastia en Triana. Don José seducido y visiblemente enamorado ya de Carmen, se deja empujar mientras se dirige con ella a la cárcel. Ella escapa.
ACTO SEGUNDO
Taberna de Lilas Pastia. Carmen, Frasquita y Mercedes bailan y beben con algunos militares, entre ellos, Morales y Zúñiga. Ante la hora del cierre, el tabernero invita a los presentes a marcharse. Carmen conversa con Zúñiga y se entera de que don José ha sido degradado por haberle facilitado la fuga, y tras haber estado encarcelado, está de nuevo en libertad. Llega a la taberna Escamillo, famoso torero de Granada. Se suceden los brindis entre Zúñiga y Escamillo. Este promete brindarle a Carmen la muerte de su próximo toro y parece seducido por sus encantos. El teniente Zúñiga también pretende conseguir a Carmen y le indica, al marcharse, que va a volver. Dancaire y Remendado, contrabandistas ambos, piden a las mujeres que están en la taberna, una vez que todos se han marchado, que colaboren con ellos en un golpe que tienen previsto. Carmen se niega porque espera a don José. Este acude en esos momentos a la cita que ella le prometiera el día que le permitió fugarse. Don José, aunque celoso de que haya bailado antes para los otros, le declara su amor. Mientras tanto llega el sonido de la llamada de retreta para el cuartel. Don José quiere retirarse. Carmen se burla de sus compromisos militares y le propone que se vaya con ella a la sierra, para vivir con ella en libertad. Aparece Zúñiga, desprecia a don José y le ordena marcharse. Don José se rebela y lucha con él. Los demás contrabandistas intervienen, vencen a Zúñiga, y don José ya se ve obligado a seguirlos a la sierra.
ACTO TERCERO
En la serranía. Don José se ha integrado con el grupo de contrabandistas. Don José se lamenta a veces de su deserción, mientras que Carmen se cansa de su carácter celoso. Frasquita y Mercedes echan las cartas, acude Carmen y lee las suyas: le sale un ineludible y fatal destino, la muerte. Llega Micaela a las proximidades del refugio con el fin de convencer a don José de que vaya a ver a su madre. Mientras tanto aparece Escamillo, don José desconfía hasta comprobar que es el famoso torero. Pero, de nuevo, cuando éste le explica que busca a Carmen porque la ama, don José lo desafía. Don José queda en poder de Escamillo, pero éste no lo apuñala. En una nueva lucha, Escamillo queda a merced de don José y cuando éste va a matarlo, llega Carmen y lo sujeta. Escamillo con gran aplomo, invita a todos a la corrida próxima en Sevilla. Se acerca Micaela y le comunica a don José que su madre se está muriendo. Don José la sigue, no sin antes amenazar a Carmen.
ACTO CUARTO
Entrada a la Plaza de Toros de Sevilla. Ambiente previo a una corrida de toros. Llega la cuadrilla de toreros, con Escamillo, acompañado de Carmen, a la que declara su amor. Frasquita y Mercedes advierten a Carmen que don José la busca. Carmen se queda sola aguardando a don José. Este llega, desesperado, y se inicia el diálogo que culminará con la muerte de Carmen, mientras se escuchan los vítores y aplausos por el triunfo de Escamillo.
Fuente: Bizet, Georges. Carmen. Edición de González Troyano, Alberto. Madrid: Cátedra, 1992.



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Canek


Canek, la historia y leyenda de un héroe maya, es una obra poética en prosa que narra la vida de un indio del Yucatán que ama a los débiles y odia a los poderosos. En su lucha contra la injusticia, termina liderando a su pueblo en rebelión y muere ajusticiado. En “La doctrina”, de la que hemos extraído las ocho primeras enseñanzas, Canek reflexiona y sentencia algunas de las verdades más obvias sobre los hombres blancos y los indios mayas, auténticos dueños de su historia y de su destino.
Fragmento de Canek.
De Ermilo Abreu Gómez.
La doctrina.
1
Canek dijo:
—Hoy día los blancos celebran la fiesta de la fundación de su ciudad edificada entre los cerros de la antigua T-Hó. Nosotros debemos recordar también las historias de nuestras ciudades ocultas. Así debemos recordar, en la intimidad de nuestro corazón, que cuando vino el tiempo bueno fue revelado el misterio de la ciudad de Chichén Itzá; abandonada después de muchos soles.
2
Canek dijo:
—Los hombres blancos no saben de la tierra ni del mar ni del viento de estos lugares. ¿Qué saben ellos si noviembre es bueno para quebrar los maizales? ¿Qué saben si los peces ovan en octubre y las tortugas en marzo? ¿Qué saben si en febrero hay que librar a los hijos y a las cosas buenas de los vientos del sur? Ellos gozan, sin embargo, de todo lo que producen la tierra, el mar y el viento de estos lugares. Ahora nos toca entender, cómo y en qué tiempo debemos de librarnos de este mal.
3
Canek dijo:
—Los blancos hicieron que estas tierras fueran extranjeras para el indio; hicieron que el indio comprara con su sangre el viento que respira. Por esto va el indio, por los caminos que no tienen fin, seguro de que la meta, la única meta posible, la que le libra y le permite encontrar la huella perdida, está donde está la muerte.
4
Canek dijo:
—Es bueno saber cuán diferente es la necesidad del indio y la necesidad del blanco. Al indio le basta para su sustento un cuartillo de maíz; al blanco no le basta un almud. Se debe esto a que el indio come y bendice su tranquilidad, mientras el blanco come y, desasosegado, guarda todo lo que puede para mañana. El blanco no sabe que una jícara no lleva más agua que el agua que señalan sus bordes. La demás se derrama y se desperdicia.
5
Canek dijo:
—Si te fijas puedes conocer la naturaleza y la intención de los caminantes. El blanco parece que marcha; el indio parece que duerme. El blanco husmea; el indio respira. El blanco avanza; el indio se aleja. El blanco quiere poder; el indio, descanso.
6
Canek dijo:
—Nosotros somos la tierra; ellos son el viento. En nosotros maduran las semillas; en ellos se orean las ramas. Nosotros alimentamos las raíces; ellos alimentan las hojas. Bajo nuestras plantas caminan las aguas de los cenotes, olorosas a las manos de las vírgenes muertas. Sobre ellas se despeñan las voces de los guerreros que las ganaron. Nosotros somos la tierra. Ellos son el viento.
7
Canek dijo:
—El futuro de estas tierras depende de la unión de aquello que está dormido en nuestras manos y de aquello que está despierto en las de ellos. Mira a ese niño: tiene sangre india y cara española. Míralo bien: fíjate que habla maya y escribe castellano. En él viven las voces que se dicen y las palabras que se escriben. No es ni de la tierra ni del viento. En él, la razón y el sentimiento se trenzan. No es de abajo ni de arriba. Está donde debe estar. Es como el eco que funde con nuevo nombre, en la altura del espíritu, las voces que se dicen y las voces que se callan.
8
Canek dijo:
—Los señores son rojos. Ellos dicen que son blancos. Los señores son rojos. Son rojos como la mancha del Oriente que los trajo; como el fuego que brota de sus manos; como el oro que se enciende y se arisca en sus barbas; como la palabra que estalla en sus bocas; como las llagas de sus dioses; y como el grito de las vírgenes que desgarran, sin advertir que son avecillas ciegas. Los señores son rojos.
Fuente: Abreu Gómez, Ermilo. Canek. México: Oasis, 1973.



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