martes, 20 de agosto de 2013

Gatos


El gato se convirtió en acompañante del hombre más bien tarde, hace aproximadamente 4.000 años en Egipto. No se sabe muy bien el motivo que llevó a los egipcios a domesticar al gato salvaje. Puede que se amansaran por motivos prácticos, ya que el gato acababa con las plagas de roedores que asolaban las tiendas de cereales, o por motivos religiosos, pues el gato desempeñó un importante papel en la religión egipcia como representación de la diosa Bastet.

El gato salvaje, a diferencia de los antepasados de todos los demás animales domésticos importantes, no es sociable. No es difícil imaginar cómo los grupos humanos pudieron hacer las veces de jaurías, piaras, rebaños o manadas para lobeznos, jabatos, borregos o terneros salvajes, pero lo que no es tan fácil es saber por qué una cría salvaje de gato habría de acceder a tener contacto con los humanos, si no fuera para asegurarse los alimentos.

El solitario gato salvaje hizo que su descendiente doméstico, cuyo comportamiento recuerda al de sus antepasados en muchos aspectos, heredase esa tendencia a ser independiente. De hecho, excepto algunos cambios sin importancia en el color, la complexión y el tamaño, la mayoría de los gatos domésticos tienen una apariencia física que se parece hasta límites insospechados a la de sus antecesores salvajes.
Actualmente viven en todo el mundo y hacen las delicias de millones de personas que disfrutan de ellos como mascotas. Además de estos gatos de compañía, también existen los gatos trabajadores que eliminan a los animales indeseables en granjas, ranchos y pueblos. Aunque de mal carácter, tanto los gatos salvajes como los de casa pueden reducir colonias de aves y mamíferos de pequeño tamaño.



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Frankenstein



Frankenstein, personaje creado por Mary Wollstonecraft Shelley en 1818, se ha convertido en una de las figuras más populares de la literatura de terror, habiendo sido llevado a la escena y a la pantalla en numerosas ocasiones. A continuación encontrará información sobre su origen y posterior desarrollo.

Frankenstein

Personaje arquetípico de la literatura y el cine de terror.
Su creadora, Mary Wollstonecraft Shelley, esposa del poeta Percy Bysshe Shelley, ideó esta figura en la novela Frankenstein o el moderno Prometeo (1818). Frankenstein es un científico suizo que, gracias a sus experimentos en el campo de la electricidad, logra galvanizar una monstruosa criatura, compuesta con órganos de diversos cadáveres. La trágica relación entre el sabio y su engendro cautivó a numerosos lectores, y su éxito se prolongó en los escenarios gracias a la adaptación teatral representada por el actor Thomas Potter Cooke, Presumption; or the Fate of Frankenstein (1823).
En 1910 Thomas Alva Edison comercializó el filme Frankenstein, dirigido por J. Searle Dawley, y en 1915 se estrenó una versión libre, Life without Soul, obra de Joseph W. Smiley. A estas películas estadounidenses hay que sumar una adaptación italiana, Il mostro di Frankenstein (1920), de Eugenio Testa.
Años después, el actor Hamilton Deane popularizó en Reino Unido y Estados Unidos la producción teatral Frankenstein: An Adventure in the Macabre (1927), antecedente de las dos películas más conocidas en torno al personaje: Frankenstein (1931) y La novia de Frankenstein (Bride of Frankenstein, 1935), dirigidas por el británico James Whale. Su protagonista, Boris Karloff, lucía un peculiar maquillaje, realizado por Jack Pierce, que fijó la estética del monstruo.
En lo sucesivo, la industria cinematográfica internacional produjo numerosos largometrajes inspirados en la obra de Mary W. Shelley. Destaca entre ellos La maldición de Frankenstein (Curse of Frankenstein, 1957), del director inglés Terence Fisher, uno de los principales renovadores de este mito popular. Otro cineasta, Mel Brooks, llevó el argumento al campo de la comedia en El jovencito Frankenstein (Young Frankenstein, 1974). Por su parte, Roger Corman dirigió en 1990 una versión de la novela Frankenstein desencadenado (1973), de Brian Wilson Aldiss, protagonizada por un científico del siglo XXI que participa en la animación del monstruo. En 1994, el actor y director británico Kenneth Branagh llevó a cabo una adaptación más fiel a la novela original, titulada precisamente Frankenstein de Mary Shelley.



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Fausto


Este fragmento es el principio de Fausto del escritor alemán Johann Wolfgang von Goethe, obra en la que trabajó toda su vida. En este largo monólogo el sabio doctor Fausto se pregunta, lleno de zozobra, qué ha conseguido tras una vida entregado al estudio, alejado de las grandezas mundanas para no ser capaz de mejorar y convertir a los hombres.

Fragmento de Fausto.
De Johann Wolfgang von Goethe.
Capitulo I.

LA NOCHE
Una estancia gótica, estrecha y de elevada bóveda. FAUSTO, inquieto, sentado en un sillón delante de un pupitre.
FAUSTO.-Con ardiente afán ¡ay! estudié a fondo la filosofía, jurisprudencia, medicina y también, por mi mal, la teología; y héme aquí ahora, pobre loco, que no sé más que antes. Me titulan maestro, me titulan hasta doctor y cerca de diez años ha llevo de nariz a mis discípulos, de acá para allá, a diestro y siniestro... y veo que nada podemos saber. Esto llega casi a consumirme el corazón. Verdad es que soy más entendido que todos esos estultos, doctores, maestros, escritorzuelos y clérigos de misa y olla; no me atormentan escrúpulos ni dudas, no temo al infierno ni al diablo... pero, a trueque de eso, me ha sido arrebatada toda clase de goces. No me figuro saber cosa alguna razonable, ni tampoco imagino poder enseñar algo capaz de mejorar y convertir a los hombres. Por otra parte, carezco de bienes y caudal, lo mismo que de honores y grandezas mundanas, de suerte que ni un perro quisiera por más tiempo soportar semejante vida. Por esta razón me di a la magia, para ver si mediante la fuerza y la boca del Espíritu, me sería revelado más de un arcano, merced a lo cual no tenga en lo sucesivo necesidad alguna de explicar con fatigas y sudores lo que ignoro yo mismo, y pueda con ello conocer lo que en lo más íntimo mantiene unido al universo, contemplar toda fuerza activa y todo germen, no viéndome así precisado a hacer más tráfico de huecas palabras. ¡Oh luna que brillas en toda tu plenitud! ¡Ojalá vieras por vez postrera mi tormento! Tú, a quien tantas veces a la medianoche esperaba yo velando junto a este pupitre; entonces, inclinado sobre papeles y libros, te me aparecías, triste amiga mía. ¡Ah! ¡Si a tu dulce claridad pudiera al menos vagar por las alturas montañosas o cernerme con los espíritus en derredor de las grutas del monte, moverme en las praderas a los rayos de tu pálida luz, y, libre de toda densa humareda del saber, bañarme sano en tu rocío! ¡Ay de mí! ¿Todavía estoy metido en esa mazmorra? Execrable y mohoso cuchitril, a través de cuyos pintados vidrios se quiebra mortecina la misma grata luz del cielo. Estrechado por esa balumba de libros roídos por la polilla, cubiertos de polvo, y a cuyo alrededor, llegando hasta lo alto de la elevada bóveda, se ven pegados rimeros de ahumados papeluchos; cercado por todas partes de redomas y botes; atestado de aparatos e instrumentos; abarrotado de cachivaches, herencia de mis abuelos... iHe aquí tu mundo! ¡Y a eso se llama un mundo! ¿Y aún preguntas por qué tu corazón se oprime ansioso en tu pecho, por qué un dolor indecible paraliza en ti todo movimiento vital? En lugar de la naturaleza viviente en cuyo seno creó Dios a los hombres, sólo ves en torno tuyo esqueletos de animales y osamentas de muertos, todo confundido entre el humo y la podredumbre. ¡Ea! ¡Fuera de aquí! ¡Huye al dilatado campo! ¿Acaso no es para ti suficiente sal vaguardia este misterioso libro de la propia mano de Nostradamus? Entonces conocerás el curso de los astros, y si la Naturaleza te alecciona, entonces se te descifre aquí los sagrados signos. ¡Vosotros espíritus que espíritu a otro espíritu. En vano es que la árida meditación te descifre aquí los sagrados signos. Vosotros espíritus que flotáis junto a mí, respondedme, si oís mi acento! (Abre el libro y ve el signo del Macrocosmos). ¡Ah! ¡Qué deleite invade súbitamente todos mis sentidos a la vista de este signo! Siento circular por mis nervios y venas, otra vez enardecida una nueva y santa dicha de vivir. ¿Fue un dios quien trazó estos signos que claman el hervor de mi pecho, llenan de gozo mi pobre corazón, y mediante un misterioso impulso descubren en torno mío las fuerzas de la Naturaleza? ¿Soy un dios? ¡Todo se hace para mí tan claro! En estos simples rasgos veo expuesta ante mi alma la Naturaleza en plena actividad. Ahora por vez primera, comprendo lo que dice el Sabio: «El mundo de los espíritus no está cerrado; tu sentido está obtuso, tu corazón está muerto. ¡Animo, discípulo, baña sin descanso tu pecho terrenal en los rayos de la aurora!» (Contempla el signo.) ¡Cómo se entretejen todas las cosas para formar el Todo obrando y viviendo lo uno en otro! ¡Cómo suben y bajan las potencias celestes pasándose unas a otras los cubos de oro! Con alas que exhalan bendiciones, penetran desde el cielo a través de la tierra, llenando de armonía el Universo entero. ¡Qué espectáculo! Mas ¡ay! ¡un espectáculo tan sólo! ¿Por dónde asirte, Naturaleza infinita? ¿Cómo coger tus pechos, manantiales de toda vida, de quienes están suspendidos el cielo y la tierra, y contra los cuales se oprime el lánguido seno? Os mostráis repletos, ofrecéis el sustento que mana de vosotros, ¿y yo me consumiré así en vano? (Vuelve con despecho la hoja del libro, y percibe el signo del Espíritu de la Tierra.) ¡Cuán diversamente obra en mi ser este signo! Estás más cerca de mí, Espíritu de la Tierra; siento ya más exaltadas mis fuerzas y hállome enardecido, como si fuera por efecto del vino nuevo. Siéntome con bríos para aventurarme en el mundo, para afrontar las amarguras y dichas terrenas, para luchar contra las tormentas y permanecer impávido en medio de los crujidos del naufragio. Las nubes se acumulan sobre mí... Ia luna vela su luz... mi lámpara se amortigua. Exálanse vapores... rojas centellas surcan el aire en derredor de mis sienes... un frío estremecimiento baja como un soplo desde la bóveda y se apodera de mí. Bien lo veo: eres tú que flotas en torno mío, Espíritu que yo imploro. ¡Muéstrate a mi vista! ¡Ah! ¡cómo se sobresalta mi corazón! Todos mis sentidos pugnan por abrirse a nuevas impresiones. Siento cómo mi corazón se te entrega por completo. ¡Aparece! ¡aparece! Preciso es, aunque me cueste la vida.
Fuente: Goethe, Johann Wolfgang von. Fausto. Edición de Manuel José González y Miguel Ángel Vega. Traducción de José Roviralta. Madrid: Ediciones Cátedra, 1987.



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Estampa



Pintor y escritor, máximo exponente del modernismo catalán, Rusiñol traza en su prosa poética delicadas estampas en las que consigue otorgar nuevo vigor al paisaje más sombrío, como ocurre, en este caso, con el ciprés de cementerio.

Contraste.

De Santiago Rusiñol.

Una de las cosas más alegres que he visto jamás era un ciprés de cementerio.
Había dos en el osario: uno, el ciprés triste, un ciprés cadáver, flaco, descarnado, nervioso, tan viejo y débil, que cuando el aura le movía parecía como si temblase, y cuando llovía dijérase talmente que lloraba; y el otro, alegre, espeso, de terciopelo vestido, ufano y vírgen, todo él modelado, tierno y siempre lleno de verdor.
Pero lo que le hacía ser alegre era el enjambre de pajarillos que dormían en sus brazos y allí anidaban y vivían. Parecía un árbol con palabra y canciones entre aquella quietud; una casa de vecindad cercana á los nichos; una escuela llena de gritos y de risadas.
Todo el santo día, yendo y viniendo, bajaban, subían, iban de visita, se holgaban, reñían, se llevaban las noticias del lugar donde había panizo y no había cazadores, volcaban las criaturas, les lavaban las patas y les enseñaban gimnasia; reían, lloraban, y se contaban sus vacilaciones, todo el día era un tejemaneje de pelliscos, de besos y de picotazos; de subir briznas de paja para mullir los cojines, de meter la cabeza so el ala y espantar las lagartijas.
Al atardecer aumenta la algazara para disputarse una ramita: había una furia de gritos para lograr un toldo de hojas, un guirigay para conseguir una alcoba; y después, una vez persignados los pequeños entre los nidos de las ramas y rezada la oración, el árbol se queda dormido entre los fuegos fatuos que corrían.
¡Oh, árbol alegre! En ningún lugar estaban tan seguros como bajo aquel dosel de dulzura; en ninguno tan respetados por los hombres como en el mismo osario; en inguno tan contentos como entre aquella paz poblada; siempre ellos con ellos; siempre con los suyos; siempre llenando la soledad con su festiva alegría.
Hasta cuando llevaban un muerto subía del ciprés un vuelo de vida.
Fuente: Nervo, Amado. Lecturas literarias. París: Librería de la Vda. de C. Bouret, 1918.



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Esquimales



Las notas que Antonio de Alcedo aporta respecto a cuestiones de geografía, historia, etnología, climatología, etc. del continente americano, son de gran valor no sólo por la información fidedigna que contienen según ese momento, sino también por ofrecer la visión que sobre estas cuestiones tenía un ilustrado español de la segunda mitad del siglo XVIII.

Fragmento de Diccionario geográfico-histórico de las Indias occidentales o América.
De Antonio de Alcedo.

ESQUIMAUX, Nacion bárbara y feroz de Indios de la América Septentrional, que habita en la parte mas oriental de ella, á la otra vanda del rio San Lorenzo, y se extiende al Levante y al N en aquel dilatado pais, que se llama tierra del Labrador, enfrente de Terranova, desde 50 hasta 64 gr. de lat. sept. y desde 59 hasta 80 de long. occid. Fueron descubiertos estos Indios por los Dinamarqueses á principios de la centuria pasada; pero los hallaron tan brutales y malvados, y el país tan selvage y estéril, que no creyeron sacar ventaja alguna en hacer establecimiento en él, ni en comerciar con ellos. El nombre suponen que era Esquimantsic, que en dialecto Albenaquio significa comedores de carne cruda, por ser los únicos que en aquella parte la comen así, pues los demas acostumbran cocerla ó secarla al sol. Por su aspecto, costumbres y lengua parecen distintos de todos los Indios de la América, y probablemente se puede creer que son descendientes de los Groenlandios; pero tienen una índole tan feroz y brutal, que no hay Nacion Europea que quiera tener trato con ellos, y los pocos que hacen el de las pieles, que es la única mercancía que traen á cambio de quincalla, se ven precisados á estar distantes, y no permitirles que se acerquen muchos juntos, porque quando sucede esto no tienen reparo en asesinar á los compradores; aborrecen á todos los Europeos, y siempre están dispuestos á hacerles daño, y muchas veces vienen á la Costa á cortar por la noche los cables á las embarcaciones con la esperanza de verlos naufragar: son por lo comun grandes, robustos y ágiles, de color tan blanco como los Europeos, porque siempren están cubiertos aun en lo mas cálido de la estacion; tienen la barba roxa, siendo los únicos Americanos que tienen barbas, y la dexan crecer hasta los ojos, lo qual les da un aspecto fiero; los ojos son pequeños, los dientes grandes y separados, y el cabello comunmente negro ó castaño, y muy encrespado, y sus costumbres y modales no desmienten nada tan horrible fenomeno; son fieros, salvages, inquietos, desconfiados, y siempre dispuestos á hacer daño, por cuya razon, y la del poco tráfico que hay con ellos, no se saben sus particulares disposiciones. Para vestirse hacen camisas de las vexigas, vientre y pieles de pescados, acomodándolas muy bien; pero no pasan de medio cuerpo en los hombres, y de las rodillas en las mugeres, sobre ellas llevan una casaquilla corta de piel de oso ó de otra fiera, como perro ó vaca marina, con una capucha unida por detrás con que cubren la cabeza quando hace mal tiempo, de modo que apenas se les puede ver la cara. Tambien usan calzones y botines de las mismas pieles, adornados exteriormente con otras mas finas, como de martas, armiños &c. Las casacas de los hombres solo les llegan á la mitad del muslo, y las de las mugeres hasta la pantorrilla, y unos y otros las atan con un ceñidor, del qual llevan pendiente alguna joyuela de oso, de pescado ó de otro animal, ó alguna quincalla de las que reciben de los Europeos: en el Verano viven en cabañas descubiertas al ayre, y en Invierno en cavernas subterraneas: los Franceses han hecho en diferentes ocasiones algunos fuertes y Pueblos en sus fronteras, como son Cartier, San Nicolas, Chichequedéc, Puerto Nuevo, Portobelo &c. con esperanza de civilizarlos y establecer comercio con ellos, y para defender los Misioneros destinados á predicarles y convertirlos; pero la fiereza é indocilidad que han encontrado siempre ha hecho que vayan en decadencia en vez de aumento: se computa que llegan á 30 los que hay capaces de tomar armas; pero tan cobardes que 500 Christianos de la Bahía de Hudson baten comunmente á cinco ó seis mil Esquimaux: son tan temibles en la mar como en tierra, pues con sus canoas, de que hay algunas capaces de 30 y de 40 hombres, impiden la pesca del bacalao, de modo que los Maloinos del N y los Españoles de Puerto Chova se ven precisados á armar algunas barcas para proteger á sus pescadores, no hacen mas que cruzar en Terranova y en el estrecho de Bellisle, pero rara vez se arriesgan mas allá por temor de encontrar otros bárbaros mas temibles que ellos: los viageros que han estado en este país dicen que hay en él una raza particular de pigmeos que no pasan de tres pies, y son sumamente gruesos, y sus mugeres aun mas pequeñas; pero que no hay Nacion en el mundo que sea mas miserable. Los Esquimaux de quienes son esclavos los tratan con mucho rigor, y solo por una gracia particular les permiten beber agua dulce, muy escasa allí, donde no hay otra que la de la nieve derretida, porque el sumo frio cierra de tal modo las venas de la tierra que no permite paso al agua si no á mucha profundidad, congetura comprobada por algunos marineros del N, que han hallado en las orillas del mar pedazos de hielo enormes que destilaban una agua muy buena: estos Indios están acostumbrados á beber agua salobre de muchas lagunas que hay en lo interior del país: los Dinamarqueses que el año de 1605 navegaron hasta mayor latitud que nadie en la Bahía de Hudson, dicen que hallaron una raza de hombres muy pequeños que tenian la cabeza quadrada, el color obscuro, y los labios gruesos, que comian la carne y el pescado crudos, y no los pudieron hacer comer pan, carne cocida, ni beber vino, en cuyo lugar bebian aceyte de ballena: las canoas de estos pigmeos tenian 10 ú 12 pies de largo, hechas de pedazos de huesos de ballena del grueso de un dedo, cubiertas por ambas partes de pieles de vaca marina, cosidas con nervios de animales; otras dos pieles forman la cubierta de la canoa, dexando solamente una abertura en medio para el que rema, que se la ata á la cintura, de modo que no entra una gota de agua aunque le pase por encima, la fuerza de ésta embarcacion consiste en sus dos extremos, en que está bien unido el hueso de ballena, y tan fuertemente cosido, que resiste en la tempestad mas violenta; cada una la maneja un solo hombre que va sentado sobre sus piernas, las mangas de la casaca estrechamente unidas á las mufiecas, la cabeza cubierta con la capucha que está cosida á la casaca, y así no le puede entrar agua; tiene con ambas manos un remo muy ancho de cinco á seis pies de largo, que le sirve al mismo tiempo de remo, de timon y de contrapeso, y son diestrísimos en manejar estas embarcaciones con mucha agilidad: los Esquimaux tienen ademas de estas otros bastimentos mas grandes, semejantes á las chalupas de Europa, cuyo interior es de maderas, cubiertas tambien con pieles como aquellas, en que van 150 personas al remo y á la vela; están en guerra continua con los Europeos que habitan cerca del golfo de San Lorenzo, que muchas veces han cogido esclavos á algunos, y con la servidumbre y distancia de su país han suavizado algo sus costumbres bárbaras y feroces (como los lobos y los osos de que abundan aquellos horribles desiertos) sin leyes, principios ni vida civil, que apenas se diferencian de las bestias mas que por la figura humana, haciéndose mansos y racionales luego que están entre gentes que usan de esta noble facultad, que distingue al hombre de un modo superior entre todo el resto de las criaturas: los Esquimaux son los únicos que vienen á la Costa de Terranova del continente del Labrador á pescar y comerciar con los Europeos, y nadie creeria que sobre los espantosos escollos de hielo, que algunos son tan grandes como las Islas de la Bahía de Hudson, se encontrasen hombres venidos por la posta; pero es cierto que se han visto muchas veces vagar errantes en aquellos escollos sobre las aguas, llevados al arbitrio de las corrientes y de los vientos, causando asombro á los que los ven quando ellos no tienen el menor temor, porque así como llevan sus canoas á todas partes nunca están en riesgo por qualquiera cosa que les suceda, y si estos escollos de hielo se tropiezan saltan del uno al otro sin dificultad, si están distantes van en sus canoas hasta coger alguno, haciendo lo mismo quando la canoa se rompe contra alguno, de modo que les sirve de asilo en el naufragio aquello en que miraban su ruina: los Micmakes, que habitan en la Acadia, han hecho mucho tiempo guerra á los Esquimaux, y para atacarlos en sus cavernas no se han detenido en hacer 30 ó 40 leguas por mar en canoas hechas de cortezas de árboles: finalmente los Esquimaux no tienen semejanza alguna con los otros habitantes del Canadá ni demas Indios en lengua, costumbres, modo de vivir, y color de sus cuerpos y cabellos; y al contrario, tienen tanto de los Pueblos Septentrionales del Asia, que parece probable discurrir que descienden de estos, como el que un país tan poco habitable como este tenga menos antigüedad su Poblacion que los demas de la América: los Ingleses conduxeron á Londres, y presentaron al Rey una muger de estos Esquimaux el año de 1773. Este país fué cedido á la Gran Bretaña por la paz de Utrech el año de 1713; pero á excepcion de tal qual establecimiento en el fondo de la Bahía de Hudson, no hay otro alguno: los Indios y los Franceses del Canadá van á caza por la utilidad de las pieles.
Fuente: Alcedo, Antonio de. Diccionario geográfico-histórico de las Indias occidentales o América. 5 vols. Madrid: Imprenta de Benito Cano, 1786-1789.



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Duelo


La sensibilidad y finura lírica de la gran autora alemana Annette von Droste-Hülshoff brillan a gran altura en imágenes de la vida cotidiana llenas de ternura.

Fragmento de La madre junto a la tumba de su hija.

De Annette von Droste-Hülshoff.
Eras tan riente, pía y apacible,
mi bien, y de morir hubiste tú:
era tu alma asaz pura para un cuerpo
y á su patria voló, rayo de luz.
Si yo y tu padre, los que aquí más te aman,
llorando estamos de tu tumba á par;
la obscura puerta de tu fosa sólo,
tu dicha no podemos contemplar.
¡Oh, pudiese una vez ojo de madre
penetrar esa incógnita región!
en tu ventura de inocencia verte,
aun cuando fuese en sueño, en dormición;
Mirara quieta yo el lugar do el polvo
con el polvo á juntarse sólo va.
Pero el mundo de espíritus se oculta:
puede vagar por él la fe no más.
Bien sé que sobre el lloro nuestro te alzas
alta entre esplendorosa claridad;
y que entendiendo mi ansia más oculta,
amas conmigo ir, mi ángel tutelar;
Y allá mirando, por divina mano
me siento muchas veces levantar;
y siento que hay un lazo de las almas,
y que mi hija me vino á sustentar.
De aquel claro astro suave ¿luce acaso
en mis llorosos ojos tu mirar?
y en la aura que me orea, ¿darme acaso
consuelo tu amante hálito querrá?
Libre de vínculos que aquí nos ligan,
rica de fuerzas que no son de aquí,
tu aliento cércame quizá á menudo.
¿No me puedes, Constancia, esto decir?
Creo que el ver de pena desgarrados
los padres que tú amabas de por ti;
el ver que tu alentar ellos no entienden:
creo, mi hija, que tal te hará sufrir.–
Mas no: tu ojo de espíritu domina
de esta senda de espinas claro el fin.
Verás así el cuitar humano un juego;
y nuestro depurar te hará feliz.
Rociada de mis lágrimas ardientes
rogábasme te bendijera ya:
«Nunca, mi madre, tú me has bendecido:
á Constancia bendice ya, mamá.»
Luego: «Conmigo todos vais al cielo;
después que muera, con vosotros soy.»
Y cual un soplo, tu alma fué, buscando
de los puros y píos la región.
En medio á mi dolor yo te bendije;
y en la gélida frente te besé;
bendíjete con alma desgarrada,
mortal angustia en la candente sien.
Bendíceme á tu vez, ser de pureza,
ángel de luz en celestial confín;
!oh! con rociante amor tú me bendice!
¡oh! me devuelve lo que yo te di!
Con tu paciencia y suavidad inspira,
en todo el grave terrenal afán,
mi frágil corazón, y haz que dirija
mi errante vista á la eternal bondad.
Ayuda á reflejar lo grande, eterno
en medio al goce, en medio del pesar.
Así mi hija murió al fugace tiempo:
resucitó, á ser mi ángel tutelar.
Fuente: Jünemann, Guillermo. Antología universal. Friburgo: Herder, 1910.



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