lunes, 26 de agosto de 2013

“Oda a Julio Antonio”.


Las Odas constituyen el género más significativo dentro de la producción literaria de Horacio. Como se aprecia en la 'Oda a Julio Antonio', que comienza con un reconocimiento del aporte del poeta griego Píndaro, el homenaje es un pretexto para detenerse en imágenes y analogías con el mundo de la naturaleza.

“Oda a Julio Antonio”.

De Horacio.

(«Pindarum quisquis.»)
Todo el que á Píndaro emular pretenda,
álzase, Julio, con dedálea hechiza
pluma de cera, para dar al ponto
vítreo su nombre.
Como torrente por la lluvia henchido
alto, que salva las natías vallas,
hierve y profundo sus inmensas olas
Píndaro lanza.
Siempre conquista la febea láurea,
ora por entre ditirambo osado
nuevas palabras destrabadas ruede,
libre de lazos;
Ora los dioses, ya los reyes cante:
casta divina que postró con muerte
leal los centauros; que postró la horrenda
ígnea Quimera.
Ó ya celebre los que tornan divos:
púgil y biga con la elea palma,
dándoles dones cuyo precio excede
cien monumentos.
Sea que llore con la esposa flébil
muerto al esposo juvenil, y su alma
y áureas virtudes, desde el orco negro,
suba á los astros.
Ráfaga, Antonio, poderosa eleva
hasta los cielos al dirceo cisne
siempre que se alza. –Yo, matina abeja,
que entre la selva
Coge el tomillo fatigosa, el grato,
sobre las ribas de la uvosa Tíbur
formo pequeño con labor paciente
yo mis cantares.
Fuente: Jünemann, Guillermo. Antología universal. Friburgo: Herder, 1910.



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Los negros de América


El ilustrado español de la segunda mitad del siglo XVIII Antonio de Alcedo hace una descripción de los negros de América y se lamenta por los excesos que ha generado la esclavitud.

Fragmento de Diccionario geográfico-histórico de las Indias occidentales o América.

De Antonio de Alcedo.
NEGROS, Nacion de gentes ó por mejor decir Naciones diferentes de varios Reynos y Provincias del Africa, que aunque no son aborigenes de América, les damos lugar porque forman la principal parte de los habitantes de estas Regiones, que hoy si no exceden, á lo menos igualan á sus naturales, porque estos son los que trabajan las minas, los que cultivan la tierra, y los que se emplean en todos los oficios serviles en la América, en los dominios de España, Portugal, Francia, Inglaterra, Holanda &c., que los compran en las Costas de Africa, y los llevan por esclavos, donde son tratados con el mayor rigor é inhumanidad, como si no fueran de la especie racional: el célebre Fr. Bartolomé de las Casas, Obispo de Chiapa fue el que con zelo indiscreto propuso para libertar á los Indios de la servidumbre, llevar Negros esclavos para el trabajo, como si esta parte del género humano debiera carecer de los privilegios de la humanidad por la diferencia del color que les da el nombre, y en unos es mas atezado que en otros segun las Provincias de que son, y llaman castas, como Congos, Mandingas, Chalaes, Ararares, y otras muchas: generalmente son bien hechos, membrudos, fuertes, y de mucha resistencia para el trabajo: tienen la nariz chata, los labios abultados, el pelo muy encrespado y la dentadura blanca: se diferencian las castas en algunas señales caracteristicas entre ellos, como los Chalaes que tienen tres verdugones de alto á baxo en las mejillas de otras tantas sajaduras que les hacen desde pequeños: los Araraes que se liman en punta los dientes &c.: los Ingleses, Holandeses y Portugueses hacen este infame comercio en las Costas de Guinea para venderlos despues en la América y en las Islas, donde al cabo de algunos años de trabajo y esclavitud tienen derecho á conseguir la libertad dando al amo la cantidad que le costó; pero aun este corto alivio respecto á lo que han padecido, que dispuso sabiamente el gobierno Español, no suele tener efecto por lo que elude el interes y dureza de los dueños: es cierto que el caracter general de los Negros es de malisimas costumbres, porque son embusteros, supersticiosos, dados á hechizerías, vengativos, crueles y ladrones, y sin el castigo y rigor con que son tratados seria imposible avenirse con ellos, pero aboga en su disculpa el amor de la libertad y la sinrazon de la esclavitud; y no dexa de haber muchos en quienes se observan virtudes morales como entre las Naciones mas cultas: los Españoles, que entre todas son los que los tratan menos mal, han abastecido desde poco tiempo despues de la conquista sus Provincias de Negros por medio de contratas celebradas con diferentes condiciones primero con los Genoveses, sucesivamente con Don Domingo de Grillo, el Consulado de Sevilla, Don Nicolás Porcio, Don Bernardo Marin y Guzman, la Compañia de Portugal, la de Francia llamada de Guinea hasta el año de 1713. que por la paz de Utrech se concedió á la Compañia de Inglaterra por 30. años que cumplieron el de 1743., en que siguió Don Joseph Ruiz de Noriega, y despues una Compañia de comerciantes de Cadiz.
Fuente: Alcedo, Antonio de. Diccionario geográfico-histórico de las Indias occidentales o América. 5 vols. Madrid: Imprenta de Benito Cano, 1786-1789.



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Historia de México: Morelos


En la Historia de México del político e historiador Lucas Alamán destaca la figura de José María Morelos, uno de los padres de la independencia.

Fragmento de Historia de México.
De Lucas Alamán.
Tomo IV; Libro VII, Cap. I.

Morelos, entretanto, había sido conducido á Tepecoacuilco. A la salida de Tenango fueron fusilados, por orden de Concha, los veintisiete prisioneros que se habían cogido en la acción, haciendo que los dos presos, Morelos y Morales, presenciasen la ejecución: al primero se le echaron grillos en Huitzuco, y más adelante también á Morales. La gente de los pueblos del tránsito, en las inmediaciones del camino, acudía en tropel á conocer al hombre que por tanto tiempo había fijado la atención de todo el reino. En Tepecoacuilco, en virtud de las órdenes del virrey recibidas allí, se separaron las dos divisiones, marchando Villasana á Tixtla y continuando Concha con los presos a México. El 21 de Noviembre, á las cuatro de la tarde, llegó éste al pueblo de San Agustín de las Cuevas (Tlalpan), distante cuatro leguas de la capital, en el que se agolpó multitud de personas, deseosas de ver á aquel hombre extraordinario, siendo grande toda aquella tarde el concurso en la calzada que conduce á la ciudad, de gente en coches, á caballo y á pie, atraída por la misma curiosidad. El virrey no creyó deber presentar al preso en espectáculo en una entrada pública, y en la madrugada de 22 lo hizo conducir con una escolta en un coche, á las cárceles secretas de la Inquisición.
Estaban nombrados de antemano los jueces comisionados por la jurisdicción unida, que lo fueron, por la real, el oidor subdecano y auditor de la capitanía general, D. Miguel Bataller; y por la eclesiástica el provisor del arzobispado Dr. D. Félix Flores Alatorre, y habiendo mandado el virrey que el proceso se concluyese dentro de tres días, las actuaciones comenzaron el mismo día 22, á las once de la mañana, quedando en la tarde terminada la confesión con cargos: en seguida se hizo saber al reo que podía nombrar al defensor que le pareciese, y habiendo contestado que no conocía á nadie en México, lo dejaba á la justificación y prudencia del señor provisor; éste nombró al Lic. D. José María Quiles, abogado joven, que apenas era conocido en el foro, y estaba todavía en el Seminario donde hizo su carrera, al cual se previno por los jueces comisionados, presentase la defensa en la mañana del 23, entregándose la causa, y que para formarla, no sólo se le franquease ésta, sino que también se le permitiese comunicar con el reo, y tomar de él las instrucciones que necesitase. Morelos, lejos de intentar atribuir á otros la parte que había tenido en la revolución descargando sobre ellos todo lo que podía haber de más odioso en sus procedimientos, como lo habían hecho Hidalgo, Allende y sus compañeros, contestó con dignidad y firmeza á todos los cargos que se le hicieron, de los cuales sólo indicaremos los principales. Acusado de haber cometido el crimen de traición, faltando á la fidelidad al rey, promoviendo la independencia y haciendo que ésta se declarase por el Congreso reunido en Chilpancingo, respondió: «que no habiendo rey en España cuando se decidió por la independencia de estas provincias y trabajó cuanto pudo para establecerla, no había contra quien se pudiese cometer este delito, y que hallándose después comprometido en la revolución, concurrió con su voto á la declaración que se hizo en el congreso de Chilpancingo, de que nunca debía reconocerse al Sr. D. Fernando VII, ya porque no era de esperar que volviese, ó porque si volvía había de ser contaminado; pero que antes de votarlo consultó con las personas más instruidas que seguían aquel partido, y le dijeron que era justo por varias razones, de las cuales era una, la culpa que se consideraba en S. M. por haberse puesto en manos de Napoleón y entregándole la España como un rebaño de ovejas, y que aunque tuvo conocimiento de su regreso de Francia, nunca le dió crédito ó juzgó que habría vuelto napoleónico», en lo que quería decir sujeto al influjo de Napoleón y corrompido en sus creencia religiosa. Al cargo que se le hizo por la muerte del teniente general Saravia y demás jefes fusilados en Oaxaca, ejecución de varios individuos en Orizaba y asesinato de los prisioneros españoles en el Sur, contestó:«que él era quien había mandado todas estas ejecuciones, en cumplimiento de las órdenes expedidas por la junta de Zitácuaro en cuanto á los dos primeros casos, y por acuerdo del congreso de Chilpancingo en el último, y que en este no eran asesinatos sino represalias, por no haber admitido el gobierno el cago que se le propuso de aquellos prisioneros por Matamoros. Tampoco negó haber dado su voto en el gobierno, como individuo del poder ejecutivo, para que se incendiasen como se había hecho en Tenango, los pueblos y haciendas inmediatas á las poblaciones que estaban por el gobierno, y aunque se reconoció culpable por haberle desatendido los requerimientos y amonestaciones del arzobispo Lizana y demás obispos en cuya diócesis había estado, dijo: «que en cuanto á la carta que le escribió el Sr. Campillo, no hizo aprecio de ella por las razones que expuso en su respuesta, y que por lo relativo á las excomunicones que fulminaron contra los insurgentes los obispos y la Inquisición, no las consideró válidas, porque creyó que no podían imponerse á una nación independiente, como debían considerarse los que formaban el partido de la insurrección, si no es por el Papa ó por un concilio general», y en cuanto al edicto del obispo Abad y Queipo de 22 de Julio de 1814, por el cual lo declaró en especial hereje excomulgado y depuesto del curato de Carácuaro, «contestó que nunca lo había reputado como obispo y, por consiguiente, no se creyó obligado á obedecerlo». Por último, el cargo que se le hizo por las muertes, destrucción de fortunas, ruina de familias y desolación del país, dijo:«que estos eran los efectos necesarios de todas las revoluciones, pero que cuando entró en ella, no creyó que se causasen, y que, desengañado de que no era posible conseguir la independencia, asi por la diversidad de dictámenes, que no permitía tomar providencias acertadas, como por la falta de recursos y de tino, había pensado pasarse á la Nueva Orleans, á Caracas, ó si se le proporcionaba, á la antigua España, para presentarse al rey, si es que había sido restituido, á pedirle perdón, aprovechando para ello la coyuntura de trasladarse el congreso á las provincias de Puebla y Veracruz, cuyo pensamiento manifestó á sus dos compañeros en el gobierno». Los demás cargos fueron contraídos a preguntas de si en el tiempo que había permanecido en la revolución había celebrado misa, el que satisfizo, diciendo: «que se había abstenido de hacerlo, considerándose irregular desde que en el territorio de su mando comenzó á haber derramamiento de sangre: «sobre el pectoral del obispo de Puebla, acerca del cual se le preguntó si lo había tomado considerándolo como cosa necesaria, porque había dicho, como era la verdad, que de los bienes saqueados ó confiscados sólo tomaba lo que era preciso para su subsistencia, respondió:«que se lo había regalado el P. Sánchez, que lo habían cogido en el convoy de que se apoderaron los insurgentes en Nopalucan, que no sabía ser del obispo y que lo había conservado porque no había encontrado quien se lo comprase».
Fuente: Nervo, Amado. Lecturas literarias. París: Librería de la Vda. de C. Bouret, 1918.



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Melusina


Descubra la historia de Melusina, un hada que sufre la transformación de la parte inferior de su cuerpo por un castigo.

Melusina
Melusina es un hada infeliz que, por una falta cometida, fue castigada a que los sábados la parte inferior de su cuerpo se transformara en serpiente.
Esta historia fue recogida por primera vez por el escritor francés del siglo XIV Jean d’Arras y traducida al español como Historia de la dulce Melusina. Desde entonces ha sufrido variaciones populares, e incluso Goethe escribió la fábula La nueva Melusina.
Melusina es una madre y esposa ejemplar que, conocedora de su peculiaridad, prohíbe al marido yacer y estar con ella los sábados. Este al principio lo considera un capricho, pero, cuando observa que sábado tras sábado su esposa se encierra en una torre del castillo, le invaden los celos hasta que un día irrumpe en su estancia. Al quedar descubierto el prodigio, Melusina hace que le crezcan alas y escapa volando por la ventana, abandonando al marido, compungido y solo para cuidar a sus hijos.



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Marianela


Marianela, la novela más popular de Pérez Galdós, es un relato triste y emocionado sobre una niña huérfana e indefensa. Lazarillo de Pablo, un joven apuesto pero ciego, la Nela huye en el momento en que éste recobra la vista para que no descubra su fealdad. En el tercer capítulo, Galdós nos describe a Marianela a través de los ojos del doctor Teodoro Golfín, personaje con el que arranca esta novela.
Fragmento de Marianela.
De Benito Pérez Galdós.
Capítulo III
Un diálogo que servirá de exposición.
—Aguarda, hija, no vayas tan aprisa –dijo Golfín, deteniéndose–; déjame encender un cigarro.
Estaba tan serena la noche, que no necesitó emplear las precauciones que generalmente adoptan contra el viento los fumadores. Encendido el cigarro, acercó la cerilla al rostro de la Nela, diciendo con bondad:
—A ver, enséñame tu cara.
Mirábale asombrada la muchacha, y sus negros ojuelos brillaron con un punto rojizo, como chispa, en el breve instante que duró la luz del fósforo. Era como una niña, pues su estatura debía contarse entre las más pequeñas, correspondiendo a su talle delgadísimo y a su busto mezquinamente constituido. Era como una jovenzuela, pues sus ojos no tenían el mirar propio de la infancia, y su cara revelaba la madurez de un organismo que ha entrado o debido entrar en el juicio. A pesar de esta desconformidad, era admirablemente proporcionada, y su cabeza chica remataba con cierta gallardía el miserable cuerpecillo. Alguien la definía mujer mirada con vidrio de disminución; alguno como una niña con ojos y expresión de adolescente. No conociéndola, se dudaba si asombroso progreso o un deplorable atraso.
—¿Qué edad tienes tú? –preguntóle Golfín, sacudiendo los dedos para arrojar el fósforo, que empezaba a quemarle.
—Dicen que tengo dieciséis años –replicó la Nela, examinando a su vez al doctor.
—¡Dieciséis años! Atrasadilla estás, hija. Tu cuerpo es de doce, a lo sumo.
—¡Madre de Dios! Si dicen que yo soy como un fenómeno... –manifestó ella en todo de lástima a sí misma.
—¡Un fenómeno! –replicó Golfín, poniendo su mano sobre los cabellos de la chica–. Podrá ser. Vamos, guíame.
Comenzó a andar la Nela, resueltamente, sin adelantarse mucho, antes bien, cuidando de ir siempre al lado del viajero, como si apreciara en todo su valor la honra de tan noble compañía. Iba descalza: sus pies ágiles y pequeños denotaban familiaridad consuetudinaria con el suelo, con las piedras, con los charcos, con los abrojos. Vestía una falda sencilla y no muy larga, denotando en su rudimentario atavío, así como en la libertad de sus cabellos sueltos y cortos, rizados con nativa elegancia, cierta independencia más propia del salvaje que del mendigo. Sus palabras, al contrario, sorprendieron a Golfín por lo recatadas y humildes, dando indicios de un carácter formal y reflexivo. Resonaba su voz con simpático acento de cortesía, que no podía ser hijo de la educación; sus miradas eran fugaces y momentáneas, como no fueran dirigidas al suelo o al cielo.
—Dime –le preguntó Golfín–, ¿vives tú en las minas? ¿Eres hija de algún empleado de esta posesión?
—Dicen que no tengo madre ni padre.
—¡Pobrecita! Tú trabajarás en las minas...
—No, señor. Yo no sirvo para nada –replicó sin alzar del suelo los ojos.
—Pues a fe que tienes modestia.
Teodoro se inclinó para mirarle el rostro. Éste era delgado, muy pecoso, todo salpicado de manchitas parduzcas. Tenía pequeña la frente, picudilla y no falta de gracia la nariz, negros y vividores los ojos; pero comúnmente brillaba en ellos una luz de tristeza. Su cabello, dorado obscuro, había perdido el hermoso color nativo a causa de la incuria y de su continua exposición al aire, al sol y al polvo. Sus labios apenas se veían de puro chicos, y siempre estaban sonriendo; mas aquella sonrisa era semejante a la imperceptible de algunos muertos cuando han dejado de vivir pensando en el cielo. La boca de la Nela, estéticamente hablando, era desabrida, fea; pero quizás podía merecer elogios, aplicándole el verso de Polo de Medina: “Es tan linda su boca que no pide”. En efecto; ni hablando, ni mirando, ni sonriendo, revelaba aquella miserable el hábito degradante de la mendicidad.
Golfín le acarició el rostro con su mano, tomándolo por la barba y abarcándolo casi todo entre sus gruesos dedos.
Fuente: Pérez Galdós, Benito. Marianela. Buenos Aires: Editorial Losada, 1972.



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Lohengrin



Descubra, en el siguiente texto, la historia de Lohengrin, héroe de la leyenda del rey Arturo en su versión germánica.

Lohengrin
Lohengrin es el nombre del hijo de Perceval (Parsifal), el caballero del Santo Grial, en las versiones germánicas de la leyenda del rey Arturo. Por orden del rey Arturo, Lohengrin fue llevado en un barco con forma de cisne a Amberes, donde luchó por una noble señora, Elsa de Brabante, derrotando a su perseguidor y casándose con ella con la condición de que nunca le preguntara su nombre ni origen. Elsa rompió su promesa, y Lohengrin desapareció. Este es el tema de la primera versión de la leyenda, la epopeya Parzival (c. 1210), del poeta germano Wolfram von Eschenbach. El compositor alemán Richard Wagner usó una versión del relato como argumento de su ópera Lohengrin (1850).



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