miércoles, 28 de agosto de 2013

Trágala


Tras la asonada que desembocó en el Trienio Liberal, Rafael del Riego hace su entrada en Madrid.
Fragmento de Memorias de un setentón.

De Ramón de Mesonero Romanos.

Así como en los dramas clásicos suele verse observada la costumbre de que el personaje principal, o sea el protagonista de la acción, no aparezca en la escena hasta la segunda jornada, estimulando de este modo el apetito del auditorio y excitando sus deseos de conocerle, de la misma manera en el interesante drama histórico de aquel memorable trienio, no llegó a presentarse en nuestra capital hasta el segundo cuadro, que hoy me toca bosquejar, el héroe principal de aquel argumento, el que le dio vida y forma, el día 1.º de enero, en las Cabezas de San Juan: don Rafael del Riego, en fin, a quien parece que la fatalidad arrastraba a empujar en rápida pendiente aquella formidable máquina, que él propio había osado levantar.
Hasta el último día de agosto de dicho año, es decir, hasta pasados seis meses desde el juramento del Rey a la Constitución, no se presentó Riego en Madrid, dejando, como ya fue dicho, a sus compañeros Arco Agüero y Quiroga recoger las primicias del triunfo en ostentosa ovación; y este raro desdén de parte de quien tanto anhelaba ser objeto del aura popular (a que sin duda alguna tenía mayor derecho en esta ocasión) no procedía en Riego de exceso de modestia, como ni tampoco de que le faltasen deseos de recibir en la capital de la Monarquía el entusiasta homenaje a que se consideraba acreedor. Obrando, empero, con especiosa cautela, prefería mantenerse al frente del ejército de la Isla y sostener de este modo una especie de protesta armada con que poder contradecir o impulsar en cierto sentido la marcha del Gobierno. Éste, que por su parte veía en Riego un poderoso rival, y en las fuerzas reunidas a sus órdenes un obstáculo material para el desenvolvimiento prudente del sistema recién planteado, hubo al fin de decidirse a disolver aquel ejército, que por su espíritu y tendencias, y hasta por su coste material, se hacía ya insostenible; y por medio de halagos y complacencias, trató de atraerse al general que le comandaba y que tenía en su mano aquella formidable máquina de guerra.
Riego en tanto, desvanecido con su gran popularidad, no se manifestaba dispuesto a cambiar su arrogante actitud, y sin negarse abiertamente a cumplir las órdenes del Gobierno, trató de sortearlas, y al efecto presentóse inesperadamente en Madrid el día 31 de agosto, avistándose con los ministros y hablando con sobrada altanería, echándoles en cara que a su esfuerzo era debido el triunfo de la libertad y la alta posición que ellos mismos ocupaban; hecho lo cual se dio al público, o más bien a sus entusiastas apasionados de las sociedades patrióticas, públicas y secretas, que acudieron en numerosa falange a aclamar al héroe de las Cabezas y darle una ruidosa serenata delante de la fonda del Ángel (plazuela del mismo título, entre las calles de Carretas y de la Cruz), adonde se hallaba hospedado. No contentos con esto, y de acuerdo con el Ayuntamiento (que ya empezaba a tomar aires de Hotel de Ville), resolvieron que, pues que Riego había entrado de incógnito en Madrid (sin duda para rehusar su modestia darse en espectáculo en triunfal ovación), era necesario –¡risum teneatis!– volverle a hacer salir fuera de las puertas de la capital, e ir a recibirle en su nueva entrada con las consabidas músicas y acompañamiento. Así se verificó al siguiente día en una larga procesión, verdadera parodia de las anteriores, ostentándose las casas engalanadas con colgaduras, por orden del Ayuntamiento, repique de campanas y formación de las guardias –con lo que acabaron de desvanecer la escasa fortaleza de este nuevo Masaniello–, y dirigiéndose a la Casa Consistorial, el Ayuntamiento, reunido en sesión solemne, le cedió la presidencia, amenizando el todo con las obligadas peroratas del caso.
La Sociedad de la Fontana, que había tomado la iniciativa en esta semi-bufa solemnidad, le obsequió después con un banquete en sus mismos salones, y en seguida le condujo al teatro del Príncipe, donde, a vueltas de las más calurosas aclamaciones, llegó a su colmo el desvanecimiento del héroe, hasta el extremo de entonar él y sus ayudantes su propio himno, cantado por todos los tonos y con todas las disonancias posibles; hizo más, y fue disponer que sus ayudantes pusieran en conocimiento del público la insultante y grosera canción del Trágala, que traían de Cádiz, y que tan perniciosa influencia llegó a tener en la opinión de las masas populares, y por consiguiente, en la marcha violenta de la revolución.
La letrilla de esta canción, que en un principio se aplicaba a una música tan insípida como enojosa, decía en su primer estrofa: Por los serviles
no hubiera unión,
ni, si pudieran,
Constitución;
pero es preciso
roan el hueso,
y el liberal
les dirá eso:

Trágala, trágala,
trágala, trágala,
trágala, trágala,
trágala, perro.
Más adelante se adoptaron infinidad de variaciones en la letra y en la música, a cual más insultante, como la siguiente: Trágala o muere,
tú, servilón,
tú, que no quieres
Constitución.

Ya no la arrancas,
ni con palancas,
ni con palancas,
de la nación.
Y hasta se arregló para bandas de música con diferente compás y esta letrilla: Antiguamente
a los chiquitos
se les vestía
de frailecitos,
pero en el día
los liberales
visten los suyos
de nacionales.

Trágala, trágala, trágala,
trágala, trágala, trágala, trágala,
trágala, trágala, trágala,
trágala, trágala, sevilón,
traga la Constitución (bis).
Esta funesta canción que vino a ser el ça-irà de la revolución española, la hizo más daño que todas las bandas de facciosos.
Fuente: Mesonero Romanos, Ramón de. Memorias de un setentón. 2 vols. Madrid: Oficinas de la Ilustración Española y Americana, 1881.



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Soneto


Introductor en la métrica española de los cultismos y sonoras formas de la métrica italiana, Boscán ennobleció y ductilizó la poesía castellana.

'Soneto'

De Juan Boscán.

Bueno es amar. Pues ¿cómo daña tanto?
Gran gusto es querer bien. ¿Por qué entristece?
Placer es desear. ¿Cómo aborrece?
Amor es nuestro bien. ¿Cómo da llanto?
Da esfuerzo amor. Pues ¿cómo causa espanto?
Por el amor el bien del alma crece,
Pues ¿cómo así por él ella padece?
¿Cómo tantos contrarios cubre un manto?
¿No es el amar el que dolor nos trae?
La compaña que á su pesar él tiene
También á su pesar nos hiere y mata.
El mal en él de nuestra parte cae;
El solo en nuestro bando nos sostiene
Y nuestra paz continuamente trata.
Fuente: Nervo, Amado. Lecturas literarias. París: Librería de la Vda. de C. Bouret, 1918.



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Semíramis


Máximo representante del teatro barroco español, Calderón de la Barca impone una nueva fórmula al desarrollo dramático. La hija del aire, característica del último estilo del autor madrileño, gira en torno a la figura de Semíramis, reina de Nínive.

Fragmento de La hija del aire.
De Pedro Calderón de la Barca.
Parte II. Jornada I. Escena III.
Semíramis.
No sé como mi valor
ha tenido sufrimiento
hoy para haberte escuchado
tan locos delirios necios,
sin que su cólera ardiente
haya abortado el incendio
que en derramadas cenizas
te esparciese por el viento.
Pero ya que esta vez sola
templada me he visto, quiero
ir, no por ti, mas por mí,
a esos cargos respondiendo.
Dices que ignoras si fué,
aquel eclipse sangriento
del día que me juraron,
o favorable o adverso;
y bien la causa pudieras
inferir por los efectos,
pues no agüero, vaticinio
sería, el que dió sucesos
tan favorables a Siria
desde que yo en ella reino.
Díganlo tantas victorias
como he ganado en el tiempo
que esposa de Nino he sido,
sus ejércitos rigiendo,
Belona suya; pues cuando
la Siria se alteró, vieron
las castigados rebeldes
en mi espada su escarmiento.
Sobre los muros de Caria,
cuando estaba puesto el cerco,
¿quién fué la primera que
la plaza escaló, poniendo
el estandarte de Siria
en su homenaje soberbio,
sino yo? ¿Quién esguazó
el Nilo (ese monstruo horrendo
que es con siete bocas hidra
de cristal) en seguimiento
de la rota que le di
al gitano Tolomeo?
En la paz, ¿quién las dió más
esplendor, lustre y aumento
a las políticas doctas
con leyes y con preceptos?
Pues cuando Marte dormía
en el regazo de Venus,
velaba yo en cómo hacer
más dilatado mi imperio.
Babilonia, esta ciudad
que desde el primer cimiento
fabriqué, lo diga; hablen
sus muros de quien pendiendo
jardines están, a quien
llaman pensiles por eso.
Sus altas torres que son
columnas del firmamento
también lo digan, en tanto
número, que el sol saliendo,
por no rasgarse la luz,
va de sus puntas huyendo.
Pero ¿para qué me canso,
cuando mis obras refiero
si ellas mismas de sí mismas
son las corónicas? Luego
recibirme a mí con salva,
al jurarme, todo el cielo;
padecer de asombro el sol
y de horror los elementos,
pues siguieron favorables
a esta causa los efectos;
bien claro está que serían
vaticinios, y no agüeros.
Decir que Menón lo diga,
es otro blasón, si advierto
que ninguno pudo ser
mayor; pues ¿qué más trofeo
que morir desesperado
de mi amor y de sus celos?
En cuanto a que di a mi esposo
muerte, ¿no es vano argumento
decir que, porque me dió
antes de morir el reino
por seis días, le maté?
¿No alega en mi favor eso
más que en mi daño? Sí; pues
si vivía tan sujeto,
tan amante y tan rendido
Nino a mi amor, ¿a qué efecto
había de reinar matando,
si ya reinaba viviendo?
Y cuánto le adoré vivo
como a rey, esposo y dueño,
¿no lo dice un mausoleo
que hice a sus cenizas muerto?
Decir que a Ninias mi hijo
de mí retirado tengo,
y que, siendo mi retrato,
parece que le aborrezco
es verdad lo uno y lo otro;
que, como has dicho tú mesmo,
no me parece en el alma
y me parece en el cuerpo.
Y aunque tú, que en lo mejor
me parece, has dicho, es cierto
que en lo peor me parece,
pues sería más perfecto
si hubiera de mi imitado
lo animoso que lo bello.
Es Ninias, según me dicen,
temeroso por extremo,
cobarde y afeminado;
porque no hizo sólo un yerro
naturaleza en los dos
(si es que lo es el parecernos),
sino dos yerros: el uno
trocarse con su concepto,
y el otro, habernos trocado
tan totalmente el afecto,
que yo mujer y él varón,
yo con valor y él con miedo,
yo animosa y él cobarde,
yo con brío, él sin esfuerzo,
vienen a estar en los dos
violentados ambos sexos.
Ésta es la causa por que
de mí apartado le tengo,
y porque del reino suyo
no le doy corona y cetro
hasta que, disciplinado
en el militar manejo
de las armas y en las leyes
políticas del gobierno,
capaz esté de reinar.–
Mas ya que murmuran eso,
(a uno del acompañamiento:)
parte, Litio, y di a Lisías,
ayo suyo, que al momento
Ninias venga a Babilonia:
verán su ignorancia, viendo
que es próvido en esta parte,
y no tirano, mi intento.
Y ahora a la conclusión
de tus discursos volviendo,
de que vienes destos cargos,
Lidoro, a ponerme pleito,
ya que no me dé a prisión
sólo responderte quiero
que eches bien de ver que aquí
has entrado a hablarme a tiempo
que estaba con mis mujeres
consultando en ese espejo
mi hermosura, lisonjeada
de voces y de instrumentos;
y así en esta misma acción
has de dejarme, volviendo
las espaldas; pues aqueste
peine, que en la mano tengo,
no ha de acabar de regir
el vulgo de mi cabello,
antes que en esa campaña,
o quedes rendido o muerto.
Laurel de aquesta victoria
ha de ser; porque no quiero
que corone mi cabeza
hoy más acerado yelmo
que este dentado penacho,
que es femenil instrumento;
y así le dejo en ella,
entre tanto que te venzo.
Y aunque pudiera esperar,
fiada en aquesos inmensos
muros, el asalto, no
me consiente el ardimiento
de mi cólera que apele
a lo prolijo del cerco.
A la campaña saldré
a buscarte; pues es cierto
que, cuando no hubiera tanto
número de gentes dentro
de Babilonia ni en ella
por Atlante de su peso
estuviesen Friso y Licas,
hermanos en el aliento
como en la sangre, y los dos
generales por sus hechos
de mar y tierra; yo sola
hoy con mis mujeres creo
que te diera la batalla,
porque un instante, un momento
sitiada no me tuvieras.
Y así, véte, véte presto
a formar tus escuadrones;
que si te detienes, temo
que la ley de embajador
su inmunidad pierda, haciendo
que vuelvas por ese muro
tan breves pedazos hecho,
que seas materia ociosa
de los átomos del viento.
Lidoro. Pues si a la batalla intentas
salir, en ella te espero.
Licas. Y en ella verás que tiene
vasallos cuyos esfuerzos
sus laureles aseguran.
Lidoro. En el campo lo veremos.
Friso. Sí verás, tan a tu costa,
que llores, Lidoro, el verlo.
Lidoro. Quien menos habla, obra más.
Licas. Pues ¡a obrar más!
Friso. A hablar menos.
Lidoro. Toca al arma.
Licas. Al arma toca.
Semíramis. Dadme ese bruñido acero;
seguidme todos, y tú,
Licas, ostenta hoy tu esfuerzo.
Mira que anda por hacerte
dichoso un atrevimiento.
Licas. No entiendo a qué fin persuades
a mi valor, conociendo ya mi valor.
Semíramis. No te admires;
que yo tampoco lo entiendo.
Tocad al arma, y en tanto
vosotras tenedme puesto
mientras salgo a la campaña,
el tocador y el espejo,
porque, en dando la batalla,
al punto a tocarme vuelvo.
(Vanse.).
Campos de Babilonia.
Fuente: Jünemann, Guillermo. Historia de la literatura española y antología de la misma. Friburgo: Herder, 1913.



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Renos


Al igual que el caballo salvaje y que el antepasado del dromedario y del camello, el reno cruzó desde América del Norte, en dirección oeste, hasta Siberia a través de la lengua de tierra de Bering. Al final de la última época glacial, grupos enormes de cazadores atravesaban Eurasia coincidiendo con las migraciones estacionales de los renos. El paso de la caza al pastoreo y a la posterior domesticación ocurrió no hace más de 3.000 años, aunque algunos arqueólogos creen que miles de años antes.
El reno, el único ciervo domesticado, tiene varias utilidades para los pastores de Escandinavia y de Rusia. Ellos se alimentan de su carne, su grasa y su leche, con la que además hacen queso; confeccionan ropas y tiendas con su pelaje; fabrican herramientas y utensilios a partir de sus cuernos, huesos y tendones; y los utilizan para tirar de los trineos, llevar fardos o incluso como monturas. El reno domesticado fue traído desde Eurasia a Alaska y a Canadá, donde el caribú, miembro de la misma especie, siempre ha sido salvaje.



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Quivira


En el siguiente texto conocerá la historia de la legendaria ciudad de Quivira, famosa por su riqueza.

Quivira
Quivira es el nombre de una ciudad legendaria americana de la que se decía que tenía tanta riqueza que hasta las tejas de las casas eran de oro. Su rey se cobijaba bajo el Árbol de las Campanas, situado en un jardín frondoso; los frutos de este árbol eran campanas de oro y repicarían para despertar al monarca, si acaso estuviera dormido, cuando se acercaran invasores blancos.
Esta y otras leyendas parecidas circulaban entre los exploradores españoles. Francisco Vázquez de Coronado, gobernador de una provincia mexicana de Nueva Galicia, que había oído esta historia u otras semejantes, como las relativas a las Siete Ciudades de Cibola, salió en su busca en 1541, sin autorización real. Después de un año de cabalgar con sus huestes por tierras de los actuales estados de Colorado, Texas y Kansas, sin encontrar nada, regresó a Nueva España, decepcionado y maltrecho, donde todavía le esperaban más penalidades. Bien porque la expedición había sido negativa, bien por haberla realizado sin autorización real, se le prohibió que regresara a España.



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Perros



El perro puede enorgullecerse de haber sido el primer animal domesticado. Es la criatura doméstica más abundante, vive en todos los lugares donde viven sus compañeros humanos y supera al resto de animales domésticos en número de razas.

No hay duda que los primeros pobladores de Eurasia estaban acostumbrados a los lobos, pues las dos especies surgieron en el mismo territorio, cazaban los mismos animales e incluso aprovechaban las sobras de las comidas del otro. Ambas especies eran inteligentes e ingeniosas y vivían en grupos bien estructurados. Llegó un momento en el que estas similitudes, que podían haber dado lugar a una lucha abierta, se convirtieron en una especie de cooperación, parece ser que los humanos se aprovechaban de la facilidad con que los lobos localizaban las presas y les conducían a ellas mientras que los lobos aprendieron que los campamentos de los humanos eran una fuente inagotable de huesos, despojos y otros residuos comestibles. Los humanos empezaron a quedarse con las crías de estos merodeadores de campamentos, a domesticarlos y a criarlos, así, hace aproximadamente 12.000 años, surgió una línea de perros de compañía que vivía con el hombre.
Esta hipotética derivación del perro desde el lobo debió ocurrir repetida e independientemente allí donde los humanos y los lobos estuvieron en contacto directo. Sin embargo, parece ser que algunas razas de lobos de la Península Arábiga, India y China fueron especialmente propensos a asociarse con los humanos. Los perros descendientes de los pequeños lobos asiáticos se expandieron por el oeste, el norte y el este. Los restos arqueológicos más antiguos indican que perros que se parecían a esos lobos llegaron a lugares tan apartados como Inglaterra, Japón e Idaho, en la parte occidental de los Estados Unidos.
El lobo del que desciende el perro era un animal que presentaba muchas variedades formales. Hoy en día, en cualquier exposición de perros se pueden contemplar ejemplares de tamaños, proporciones, colores, estructuras, largos y texturas de pelo muy diferentes. No existe ninguna especie doméstica que tenga tipos tan diferentes como el chihuahua, el pequinés, el terrier escocés, el basset, el dálmata, el husky siberiano, el caniche, el mastín o el perro lobo irlandés.
En el mundo existen perros pertenecientes a éstas y a otras muchas razas, así como cruces de todo tipo. Muchos perros siguen desempeñando tareas tradicionales: acaban con los bichos, eliminan la carroña, cazan, tiran de trineos y carros, cuidan del ganado y protegen a la gente y a sus propiedades. En algunos lugares del mundo, se siguen comiendo, pero como cada vez es mayor el número de personas que viven en las ciudades, crece también el número de perros que sólo son mascotas o animales de compañía.



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