domingo, 1 de septiembre de 2013

Canibalismo, ¿un mito?


Del Diccionario de la evolución de Richard Milner incluimos la voz titulada 'Polémica sobre el canibalismo. ¿Son antropófagos los seres humanos?'. Milner plantea el debate que todavía hoy está presente entre los antropólogos sobre un posible pasado caníbal en la especie humana.

Polémica sobre el canibalismo del Diccionario de la evolución.
De Richard Milner.

Por más sorprendente que parezca, los descubridores de casi cualquier criatura antropoide fósil se han apresurado siempre a anunciar el hallazgo de pruebas concomitantes de «canibalismo». Luego, en la mayoría de los casos, los colegas del descubridor declaran insuficiente la demostración, que queda así fuera de debate.
Los simios antropomorfos africanos (australopitecinos), el hombre de Pekín (Homo erectus), el del Neandertal y el del Cromañón fueron considerados por quienes los descubrieron aficionados a la carne de sus prójimos. Se ha discutido durante años si nuestros antepasados se comían unos a otros o si la espeluznante interpretación habitual arroja más luz sobre la mente de los antropólogos que sobre el canibalismo prehistórico.
Robert Broom y Raymond Dart, los paleontólogos surafricanos descubridores de muchos fósiles de australopitecos, pensaban que los huesos magullados y los cráneos perforados demostraban que descendemos de un simio predador que no se detenía ante los miembros de su propia especie.
Algunos años más tarde, el profesor Franz Weidenreich colaboró en la excavación de los restos del Homo erectus (el hombre de Pekín) en una cueva en China y observó que muchos cráneos estaban magullados por la base. Concluyó que aquella gente se comía el cerebro de sus compañeros; pero, luego, cambió de idea. En diversos momentos, otros expertos han pintado con el mismo color negro tanto al hombre del Neandertal como al primitivo Homo sapiens.
Los rasguños que se aprecian en los huesos fósiles de homínidos pueden tener otras causas distintas de las del llamado canibalismo gourmet; los huesos podrían haber sido roídos y raspados por hienas u otros animales carroñeros. El Homo erectus fue quizá la presa y no el verdugo. En el yacimiento del hombre de Pekín sólo se encontraron cráneos, lo cual podría significar que las cabezas fueron transportadas a la gruta para la celebración de algún rito. (Muchos pueblos tribales contemporáneos utilizan los cráneos de los parientes muertos en el culto a los antepasados.)
Los antropólogos siguen debatiendo todavía la naturaleza y difusión del canibalismo entre pueblos tribales contemporáneos. El profesor W. Arens provocó un escándalo entre los expertos al hacer una crítica general de la idea en su libro The Man-Eating Mith (El mito de la antropofagia) (1979). Como muchos antropólogos, Arens había dado siempre por supuesto que los exploradores del siglo XIX habían visitado tribus caníbales en Africa, Nueva Guinea y Suramérica. Pero, cuando cribó la masiva bibliografía sobre el tema, no pudo encontrar un relato satisfactorio de primera mano sobre la práctica del canibalismo como costumbre socialmente aprobada en alguna parte del mundo.
Cuando Arens marchó a Africa para recoger información sobre el canibalismo tribal se llevó la sorpresa de su vida. Los aldeanos azanda, objeto de sus estudios, habían decidido que él era un «chupasangres», una especie de vampiro. Aunque llevaba viviendo allí año y medio, el profesor Arens nunca consiguió convencerlos de que no se alimentaba en secreto de sangre humana durante la noche.
Mientras los colonizadores europeos daban pábulo a su miedo a los caníbales africanos, nunca advirtieron que los africanos albergaban las mismas sospechas sobre ellos. Además, los africanos disponían de pruebas. Algunos años antes, durante una guerra, ciertos europeos habían intentado persuadir a los nativos de que donaran sangre para sus soldados heridos. Los campesinos temían todavía ser llamados al hospital, donde se les desangraría. Su recuerdo de las urgentes peticiones de sangre se habían convertido en la convicción de que los europeos necesitaban beber sangre africana para mantenerse vivos.
Al principio, Arens contempló esta creencia con actitud de superioridad, pero más tarde se disgustó consigo mismo por no haber captado la metáfora política subyacente. Los africanos, como es natural, consideraban perfectamente razonable sentir que los europeos les estaban robando la vitalidad y consumiéndoles la sangre que les daba vida.
Arens constató que a lo largo de toda la historia se han lanzado acusaciones de canibalismo con el fin de aunar al grupo acusador como pueblo dotado de eticidad y situar al grupo enemigo al margen de los sentimientos humanos. Los colonialistas europeos justificaron desde principios del siglo XVII el sometimiento de los pueblos tribales basándose en que se trataba de caníbales sin civilizar. Los coreanos pensaban que los chinos eran caníbales y los chinos creían lo mismo de los coreanos. Arens comenzó a sospechar que las acusaciones y creencias en torno al canibalismo están mucho más extendidas que la práctica real de la antropofagia.
Arens concluía que nunca ha habido referencias fidedignas de prácticas extendidas de canibalismo gourmet. Según él, se trataba de un mito de los antropólogos; así pues, desafió a sus colegas a que demostraran lo contrario. Al poco tiempo de la aparición de su libro, varios investigadores de campo se prestaron a presentar sus pruebas.
George Morren, de la Universidad de Rutgers, realizó en los últimos años de la década de 1960 trabajos de campo en Nueva Guinea, donde los ancianos de la tribu de los miyanmin que habían participado en actividades caníbales le ofrecieron informaciones detalladas. Morren confrontó sus complejas descripciones con varios informantes y estudió asimismo las actas de los tribunales de un juicio celebrado en 1959 contra más de treinta miyanmin acusados de asesinar y comerse a 16 personas de una tribu vecina.
Cuando Morren instó de manera particular a los miyanmin para que explicaran el posible significado religioso o simbólico del incidente, ellos insistieron en que no lo había. «No; simplemente buscábamos carne.» Se trata de un relato de canibalismo culturalmente sancionado, de la máxima autenticidad y documentación posibles.
Entretanto, las razones de Arens no han persuadido a otros antropólogos para abandonar la mayoría de la bibliografía «caníbal» por considerarla sesgada y de segunda mano. Por otra parte, un conjunto de datos cada vez más abundante, procedente de escritos y obras de arte recientemente descifradas, muestra que los antiguos mayas y aztecas practicaban sacrificios cruentos y ritos caníbales a gran escala. El debate sobre un posible pasado caníbal de la especie humana sigue su curso.
Los observadores del comportamiento de los primates han contribuido asimismo a esta fascinante polémica. Tras pasar una década observando chimpancés en las selvas del Zaire, Jane Goodall había llegado a la conclusión de que eran vegetarianos amables, pacíficos, sociales y a veces bufonescos. Pero entretanto, los ha visto cazar y matar a otros animales para conseguir carne, asesinar deliberadamente crías de chimpancés de grupos vecinos y hasta matar y comerse bebés de su propia comunidad.
En cierta ocasión, dos chimpancés, un equipo formado por madre e hija, iniciaron repentinamente una serie de infanticidios caníbales. Una distraía a alguna madre reciente, mientas la otra se llevaba la cría; luego, ambas la mataban y se la comían. Jane Goodall sintió tristeza y desilusión. Admitió haber pensado que los chimpancés eran «mejores» que los seres humanos, pero ahora se daba cuenta de que el corazón de un chimpancé también esconde oscuros secretos.
Fuente: Milner, Richard. Diccionario de la evolución. Barcelona: Biblograf, 1995.



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Cancionero, de Petrarca


El Cancionero de Francesco Petrarca se convirtió, desde su aparición, en el modelo de la poesía renacentista europea. No es de extrañar. El amor entendido como idea sublime, la tensión humana entre realidad y utopía o deseo, la aspiración a la fama y la perfección se expresan en un lenguaje equilibrado lleno de sonoridad y belleza plástica. En la composición que sigue puede interpretarse la entrega amorosa del poeta como humana o simbólica.

Composición [CXXVI] del Cancionero.
De Francesco Petrarca.
Claras y dulces aguas
donde los bellos miembros
puso aquella a quien sólo creo señora;
gentil rama en que quiso
(con suspiros me acuerdo)
hallar para su bello flanco apoyo;
hierba y flor que el vestido
gracioso recubriera
con su angélico seno;
sereno aire sagrado
en el que Amor me hirió con bellos ojos:
escuchad juntamente
mis postreras palabras doloridas.

Si ha de ser mi destino,
y de ello cuida el cielo,
que cierre Amor mis ojos sollozando,
que el cuerpo miserable
halle gracia en vosotros,
y vuelva a su mansión desnuda el alma.
La muerte menos dura
será si así lo espero
en el dudoso paso,
que el espíritu triste
nunca podría en puerto más sereno
ni en más tranquila fosa
escapar de la carne y de los huesos.

Acaso llegue un tiempo
en que al usado sitio
torne la fiera bella y apacible,
y donde me prendiera
aquel bendito día,
vuelva la vista alegre y deseosa,
buscándome, y ¡oh pena!,
ya tierra entre las piedras
viéndome, Amor le inspire
de forma que solloce
tan dulcemente que merced me implore,
y del cielo la obtenga,
secándose los ojos con el velo.

De las ramas caía
(qué dulce en la memoria)
de flores una lluvia en su regazo;
y ella estaba sentada
humilde en tanta gloria,
por el nimbo amoroso recubierta.
Una cayó en el manto,
otra sobre las trenzas,
que oro pulido y perlas
mostrábanse aquel día;
posábase una en tierra, y otra en agua;
y alguna en leves giros
parecía decir: «Aquí Amor reina.»
Fuente: Petrarca, Francesco. Cancionero. Estudio introductorio de Nicholas Mann. Preliminares, traducción y notas de Jacobo Cortines. Madrid: Cátedra, 1984.



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Caída de Jerusalén


Entre las narraciones históricas del Antiguo Testamento, una de las más dolorosas es la que se ofrece en el siguiente fragmento del libro segundo de los Reyes, que describe la caída de la ciudad de Jerusalén después del largo asedio a que fue sometida por las huestes de Nabucodonosor. Este hecho llevó consigo la deportación del pueblo judío a Babilonia, uno de los periodos más dolorosos y llorados de la historia antigua de Israel.
Fragmento del Libro Segundo de los Reyes.
25, 1-21.
1En el año noveno de su reinado, en el mes décimo, el diez del mes, vino Nabucodonosor, rey de Babilonia, con todo su ejército contra Jerusalén; acampó contra ella y la cercaron con una empalizada. 2La ciudad estuvo sitiada hasta el año once de Sedecías. 3El mes cuarto, el nueve del mes, cuando arreció el hambre en la ciudad y no había pan para la gente del pueblo, 4se abrió una brecha en la ciudad y el rey partió con todos los hombres de guerra, durante la noche, por el camino de la Puerta, entre los dos muros que están sobre el parque del rey, mientras los caldeos estaban alrededor de la ciudad, y se fue por el camino de la Arabá. 5Las tropas caldeas persiguieron al rey y le dieron alcance en los llanos de Jericó; entonces todo el ejército se dispersó de su lado.
6Capturaron al rey y lo subieron a Riblá donde el rey de Babilonia, que lo sometió a juicio. 7Los hijos de Sedecías fueron degollados a su vista, y a Sedecías le sacó los ojos, le encadenó y le llevó a Babilonia.
Saqueo de Jerusalén y segunda deportación.
8En el mes quinto, el siete del mes, en el año diecinueve de Nabucodonosor, rey de Babilonia, Nebuzaradán, jefe de la guardia, siervo del rey de Babilonia, vino a Jerusalén. 9Incendió la Casa de Yahveh y la casa del rey y todas las casas de Jerusalén. 10Todas las tropas caldeas que había con el jefe de la guardia demolieron las murallas que rodeaban a Jerusalén. 11Cuanto al resto del pueblo que quedaba en la ciudad, los desertores que se habían pasado al rey de Babilonia y el resto de la gente, Nebuzaradán, jefe de la guardia, los deportó. 12El jefe de la guardia dejó algunos para viñadores y labradores de entre la gente pobre.
13Los caldeos rompieron las columnas de bronce que había en la Casa de Yahveh, las basas, el Mar de bronce de la Casa de Yahveh, y se llevaron el bronce a Babilonia. 14Tomaron también los ceniceros, las paletas, los cuchillos, las cucharas y todos los utensilios de bronce de que se servían. 15El jefe de la guardia tomó los incensarios y los aspersorios, cuanto había de oro y plata. 16Cuanto a las dos columnas, el Mar y las basas que Salomón había hecho para la Casa de Yahveh, no se pudo calcular el peso del bronce de todos aquellos objetos. 17La altura de una columna era dieciocho codos, y encima tenía un capitel de bronce; la altura del capitel era cinco codos; había un trenzado y granadas en torno al capitel, todo de bronce. Lo mismo para la segunda columna.
18El jefe de la guardia tomó preso a Seraías, primer sacerdote, y a los tres encargados del umbral. 19Tomó a un eunuco de la ciudad, que era inspector de los hombres de guerra, a cinco hombres de los cortesanos del rey, que se encontraban en la ciudad, al secretario del jefe del ejército, encargado del alistamiento del pueblo de la tierra, y a sesenta hombres de la tierra que se hallaban en la ciudad. 20Nebuzaradán, jefe de la guardia, los tomó y los llevó a Riblá, donde el rey de Babilonia; 21y el rey de Babilonia los hirió haciéndoles morir en Riblá, en el país de Jamat. Así fue deportado Judá, lejos de su tierra.
Fuente: Biblia de Jerusalén. Equipo de traductores de la edición española de la Biblia de Jerusalén. Bilbao: Editorial Desclée de Brower, SA, 1994.



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Baba Yaga


Descubra la historia de la bruja Baba Yaga, un personaje del folclore eslavo.

Baba Yaga

Con este nombre se conoce a la bruja de los cuentos tradicionales rusos y eslavos, supuesta abuela del diablo. En polaco se la conoce como Ienzababa, y en checo, como Jazi Baba, ya que baba significa 'vieja' en las lenguas eslavas. Se la representa como una vieja pequeña, fea, con una nariz inmensa y deforme, dientes largos, piernas huesudas y pelos desgreñados. Es un demonio caníbal que en algunos cuentos vive alimentándose de la carne de los niños, mientras que en otros atesora metales preciosos. Baba Yaga puede volar por el cielo en un mortero ardiente (otras veces un caldero de hierro), utilizando una mano de almirez para timonear y aterrizar, así como con una escoba para barrer sus huellas en el aire.
Como bruja espantosa que es, Baba Yaga encaja dentro de una mitología poblada de demonios y diablos, o cherti en ruso. En la leyenda eslava se dice que son formas degradadas de mitos naturales anteriores y constituyen la cara oscura de un antiguo dualismo entre dioses blancos y negros.



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Autobiografía del pícaro



La obra de Mateo Alemán revela una amarga visión del mundo. El pícaro concibe la vida como una lucha.

Fragmento de Guzmán de Alfarache.

De Mateo Alemán.
Parte I. Capítulo I: En que cuenta quien fué su padre.
El deseo que tenía (curioso lector) de contarte mi vida, me daba tanta priesa para engolfarte en ella sin prevenir algunas cosas que, como primer principio, es bien dejarlas entendidas, porque siendo esenciales á este discurso tambien te serán de no pequeño gusto, que no olvidaba de cerrar, un portillo por donde me pudiera entrar, cuando cualquier terminista de mal latin, redarguyéndome de pecado porque no procedí de la definición á lo definido, y antes de contarla no dejé dicho quiénes y cuales fueron mis padres y confuso nascimiento, que en su tanto, si dellos hubiera de escribirse, fuera sin duda más agradable, y bien recibida que esta mia: tomaré por mayor lo mas importante, dejando lo que me es lícito para que otro haga la baza.
Podrásme bien creer, que si valiera elegir de adonde nos pareciera, que de la masa de Adán procurara escoger la mejor parte, aunque anduvieramos al puñete por ello. Mas no vale á eso, sino á tomar cada uno lo que le cupiere, pues el que lo repartió pudo y supo bien lo que hizo: él sea loado, que aunque tiene jarretes y manchas, cayeron en sangre noble de todas partes. La sangre se hereda y el vicio se apega; quien fuese cual debe será como tal premiado, y no purgará las culpas de sus padres. Cuanto á lo primero, el mio y sus deudos fueron levantiscos. Vinieron á residir á Jénova, donde fueron agregados á la nobleza, y aunque de allí no naturales, aquí los habré de nombrar como tales. Era su trato el ordinario que aquella tierra, y lo es ya por nuestros pecados en la nuestra: cambios y recambios por todo el mundo. Hasta en esto lo persiguieron infamándolo de logrero: muchas veces lo oyó á sus oidos, y con su buena condicion pasaba por ello.
Tenía mi padre un largo rosario entero de quince dieces, en que se enseñó á rezar (en lengua castellana hablo), las cuentas gruesas mas que avellanas; este se lo dió mi madre, que lo heredó de la suya: nunca se le caia de las manos; cada mañana oia su misa sentadas ambas rodillas en el suelo, juntas las manos, levantadas del pecho arriba, el sombrero encima de ellas, Arguyéronle maldicientes, que estaba de aquella manera rezando para no oir, y el sombrero alto para no ver. Juzguen de este juicio los que se hallan desapasionados, y digan si haya sido perverso y temerario, de gente desalmada, sin conciencia. Tambien es verdad que esta murmuración tuvo causa; y fué su principio, que habiéndose alzado en Sevilla un su compañero, y llevándole gran suma de dineros, venia en su seguimiento, tanto á remediar lo que pudiera del daño, como á componer otras cosas. La nave fué saqueada, y él con los mas que en ella venían, cautivo y llevado á Arjel, donde medroso y desesperado, el temor de no saber como ó con qué volver en libertad, desesperado de cobrar la deuda por bien de paz, como quien no dice nada, renegó. Allá se casó con una mora hermosa y principal, con buena hacienda, que en materia de interés (por lo general de quien siempre voy tratando, sin perjuicio de mucho número de nobles caballeros, y gente grave y principales, que en todas partes hay de todo) diré de paso lo que en algunos deudos de mi padre conocí el tiempo que los traté. Eran amigos de solicitar casas agenas, olvidándose de las propias, que se les tratase verdad, y de no decirla; que se les pagase lo que se les debía, y no pagar lo que debian; ganar y gastar largo, diese donde diese, que ya estaba rematada la prenda, y como dicen, á Roma por todo. Sucedió pues que asegurado el compañero de no haber quien le pidiese, acordó tomar medios con los acreedores presentes, poniendo condiciones y plazos con que pudo quedar de allí en adelante rico y satisfechas las deudas.
Cuando esto supo mi padre, nacióle nuevo deseo de venirse con secreto y diligencia, y para engañar á la mora le dijo se queria ocupar en ciertos tratos de mercancias. Vendió la hacienda, y puesta en cequiés (moneda de oro fino berberisca), con las mas joyas que pudo, dejándola sola y pobre, se vino huyendo, y sin que algun amigo ni enemigo lo supiera, reduciéndose á la fe de Jesucristo, arrepentido y lloroso, delató de sí mismo, pidiendo misericordia y penitencia, la cual siéndole dada, después de cumplida, pasó adelante á cobrar su deuda. Esta fué la causa por que jamás le creyeron obra que hiciese buena. Si otra les piden, dirán lo que muchas veces (con impertinencia y sin propósito) me dijeron: que quien una vez ha sido malo, siempre se presume serlo en aquel genero de maldad. La proposicion es verdadera, pero no hay alguna sin escepcion. ¿Qué sabe nadie de la manera que toca Dios á cada uno, y si, conforme dice una auténtica, tenía ya reintegradas las costumbres?
Veis aquí, sin mas acá ni mas allá, los linderos de mi padre; porque decir que se alzó dos ó tres veces con haciendas ajenas, también se le alzaron á él. No es maravilla; los hombres no son de acero, ni están obligados á tener como los clavos, que aun á ellos les falta la fuerza, y suelen soltar y aflojar. Estratagemas son de mercaderes, que donde quiera se practican en España, especialmente donde lo han hecho granjería ordinaria. No hay de que nos asombremos: allá se entiendan, allá se lo hayan, á sus confesores den larga cuenta de ello, solo es Dios el juez de aquestas cosas, mire quien los absuelve lo que hace. Muchos veo que lo traen por uso, y á ninguno ahorcado por ello: si fuera delito, mala cosa ó hurto, claro está que se castigara; pues por menos de seis reales vemos azotar y echar cien pobres á las galeras. Por no ser contra mi padre, quisiera callar lo que siento, aunque si he de seguir al filósofo, mi amigo es Platon, y mucho más la verdad conformándome con ella: perdone todo viviente, que canonizo este caso por muy gran bellaquería, digna de muy ejemplar castigo.
Fuente: Enseñat, Juan B. Lecturas literarias en prosa y verso. París: Librería de la Vda. de C. Bouret, 1908.



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