domingo, 30 de agosto de 2015

EL NIÑO MÁS INTELIGENTE DEL MUNDO



El niño más inteligente del mundo, decide seguir siendo niño.
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El vendedor de frituras



La historia de un niño que tiene que vender frituras para poder asistir a la escuela,  vive con su pobre madre  enferma y su perro..
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jueves, 13 de agosto de 2015

El papalote gigante



El papalote gigante.
Pedro apenas cumplía  los seis años  y ya tenía fama de ser el mejor  construyendo papalotes. Los construía de todos los tamaños y colores que se le ocurrían; niños de calles vecinos, de otras colonias y de otros pueblos iban en su busca para que les construyera un bonito cometa.
Pedro construía estrellas, soles, aviones, culebrinas, cocoles, tiburones  y cuanta forma se ocurriera en su   hechura. Igualmente los forraba de distintos materiales, desde papel de china multicolor, hasta de grandes hojas de plástico.
Sus papalotes, eran los  mejores de la comarca, perfectos y equilibrados, volaban a la menor brisa del viento; algunos muchachos los armaban de filosas navajas que relampagueaban en el aire. Estos cometas se construían de varillas de otate, muy ligeras y resistente, tan elaborados que su construcción necesitaba de 10 largas varillas, bastante papel, engrudo y paciencia; una larga cola, fabricada de cordel trenzado y pitas de tela. En la cola iban las navajas, muy filosas; en el aire, a gran altura, se sostenían cruentos combates; los mejores papalotes, cabeceaban de un lado a otro, sacudiendo la cola , filosamente armada, cuando el papalote era maniobrado con habilidad, la cola daba un chicotazo contra la cuerda y la cortaba, el papalote empezaba  a caer, primero se deslizaba suavemente, después giraba y giraba  hasta perderse en la lejanía; los muchachos iban tras del papalote, atravesando los cerros lo perseguían  en su caída; a veces se perdían para siempre, quedando en los grandes árboles, otras veces, localizado por el enemigo, era destrozado.
Pedro y su papalote resultaban rivales   imbatibles, sus pequeñas manos, tenían tal agilidad al jalar la  cuerda que  sus papalotes obedecían dócilmente  a sus órdenes. No resultaba raro  que siempre ganara, que cortara las cuerdas de los enemigos que osaran enfrentarlo.
Un buen día, Pedro papalote, como le llamaba la gente, anunció que volaría un gran papalote, lo llevó al campo de vuelo y esperó la llegada del viento; el papalote era enorme y lleno de colorido, a la menor corriente de viento se hinchaba  y amenazaba con elevarse.
Los cordeles,  los había atado a sus  manos, Pedro papalote, como buen inventor, fabrico un par de muñequeras de cuero  que ató firmemente a sus manos: —¡No se irá sin mí —dijo misterioso.
Y efectivamente, cuando el papalote hinchó su vientre,  y el viento lo cogió para llevarlo a las alturas; se vio, que pedro papalote, a pesar de su habilidad y don de mando con estos artefactos; en esta ocasión se había extralimitado, al construir una bestia indomable.

Pedro papalote estaba bien plantado domándolo,  en las alturas  el monstruo cabeceaba y rugía  furioso,  mas no pudo más, sus pies se separaron de la tierra, a la vista y el espanto de todos; Pedro papalote no se asustó, les gritaba a todos que no se preocuparan, que iría hasta donde lo llevara  el cometa, dijo que volvería pronto, así lo escucharon en la lejanía. Muchos muchachos lo siguieron, esperanzados de que en el cerro, se atascara en algún árbol. Pero no fue así, el papalote de Pedro, seguía y seguía ganando altura, yendo más allá de las montañas.
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martes, 11 de agosto de 2015

El hijo más bello del mundo


En cierta mañana, de cualquier día, en un cerro de pobre vegetación, una madre coyote cazaba; hambrienta corría   detrás de una lagartija y no queriendo dejar escapar  a su presa, dejó atrás a su pobre hijo. Cuando regresó en su búsqueda, no lo pudo encontrar.
Con la lagartija en el hocico, lo llamaba, la colocaba sobre una roca, la husmeaba y advertía al hijo  de la gran comilona que se perdía  si no aparecía pronto.
Pero el hijo coyote no apareció, ella lo buscó por el camino sin encontrarlo, en las cuevas, debajo de las grandes rocas y en los lugares que ella le enseño, podrían  servirle de refugio. Lo buscó sin descanso, sin encontrarlo;  lloraba de tristeza  y la acongojaba el dolor de saber a su hijo  padeciendo hambre y frio. Descendió del cerro con la esperanza de encontrarlo a la orilla del arroyo que tanto le gustaba.
En el camino,  encontraba animales: el hermano lobo, la hermana ardilla, el zorro, la iguana y hasta un armadillo; a todos les preguntó por su hijo, preguntaba por el hijo perdido de ojos azules,  cola de terciopelo y atentas y finas orejas;  le respondían preocupados y la consolaban, pero ninguno había visto un coyote perdido tan hermoso.
Desalentada seguía su búsqueda, hasta encontrar a un ágil gato montés  que daba grandes saltos.
—¡Hermano gato! —Le gritó, al verlo saltar sobre una roca—,  ¡quiero hacerte una pregunta!
De dos saltos el elegante gato, estuvo a su lado.
—¿Qué te pasa hermana coyote?,  ¿cuál es tu preocupación?
—¡He perdido a mi hijo! Y no lo puedo encontrar, ¿no lo has visto tú? —Preguntó la madre coyote.
—¡Dime, dime, hermana coyote!, ¿cómo es él?
—¡Hay hermano gato!, es el hijo más hermoso del mundo, el coyotito  más precioso que te puedas imaginar. Pelambre fino como el terciopelo, ojos azules como el cielo,  orejas y cola elegante, y cuando se ríe, muestra colmillos tan blancos como el marfil.
—¡Qué  pena hermana!, no he  visto a tu hijo. Encontré un pequeño coyote muerto,  pero no puede ser tu hijo. Está tirado en el camino,  tiene los ojos plagados de lagañas, el hocico sucio  y la cola pelada.
La madre coyote gritó de dolor: —¡Hay hermano gato, que dolor me has causado!, ¡es mi hijo, pobre de mí!
—¡Hermana coyote! Tú me dijiste que tu  hijo era un coyote precioso.

Entre sollozos la madre coyote le dijo:  —Sí hermano gato, pero mis ojos de madre lo ven  tan hermoso como te lo he pintado; para una madre, no hay hijo feo.
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lunes, 10 de agosto de 2015

La verdadera tragedia de México y Venezuela



La consecuencia de malos gobiernos y su intolerancia a la crítica. Políticos corruptos ansiosos de enriquecerse rapidamente.
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domingo, 9 de agosto de 2015

El pez ambicioso





Lalo la mojarra  vivía  con su madre en un pequeño estanque, muy pequeñito por cierto y de muy poca profundidad; allí también habitaban toda clase  de renacuajos, bichos y  pequeños peces que se divertían en grande, buscando aventuras en las zonas más profundas y entre las  raíces de los árboles.
Lalo no estaba conforme,  todos los  días se quejaba con  su madre del tamaño del  “charco”  que habitaban;   molesto, mortificaba a la pobre madre diciéndole que un pez de su tamaño debe merecer  un gran lago, un río y, por qué no, un mar, un océano  donde  lograr las  metas que un pez de su tamaño se debe trazar en la vida.
La madre mojarra, tiernamente hablaba con él, lo acariciaba y le decía que el lugar era perfecto, muy hermoso  y sobretodo seguro;  nunca tendría que preocuparse  por nada, la comida sobraba y  nada podría dañarlo.
Lalo la mojarra, lleno de vanidad  y presunción le contestaba,  que en este pequeño estanque  la vida le parecía muy aburrida, que él era un gran pez, que nada ni nadie podía dañarlo; creía firmemente, que cuando emigrara a un lugar más grande, crecería de un tamaño inmenso.
Su madre se entristecía y lloraba por Lalo,  pensaba que su hijo no conocía la vida ni el mundo y que eso lo hacía hablar de esa manera; ella era muy vieja y sabía de los grandes  peligros que acechaban en las afueras del estanque. Para ella era el estanque más hermoso del mundo, rodeado de árboles, limpio y… sobretodo  oculto a las acechanzas  malignas de otros lugares.
Una tarde, el viento empezó a doblar las cañas, pronto bajó la temperatura y  enormes nubes  taparon la luz del sol. Por la noche, el viento arreció y el estruendo de los rayos sobresaltaba el ambiente y acallaban las ranas. De pronto los truenos cesaron y el viento se quedó quieto; eso sólo fue por  un momento, de inmediato comenzaron a caer gruesas gotas de lluvia, que pronto se convirtió en la peor tormenta  de años.
La lluvia no cesaba, amanecía  y el diluvio parecía no tener fin; por  la tarde  la tormenta inundaba la campiña, el estanque rebosaba a plenitud; todos estaban espantados, menos Lalo la Mojarra, que empezaba a vislumbrar el milagro de su escape; y sin pensarlo mucho trazó un plan.
No tardó mucho en ocurrir lo esperado, la lluvia lo desbordó todo, los arroyos corrían y el estanque  se confundía  con el paisaje  anegado de agua. Lalo la Mojarra, hizo lo que tenía que hacer, se lanzó a la aventura, feliz nadaba y huía de lo que consideraba su prisión; el pequeño estanque se encontraba muy lejos, la velocidad del agua  corriendo rapidamente lo llevaba por aguas lejanas, al lago que siempre soñó, al mar ambicionado, al océano  inmenso donde   lograría sus ambiciones.
Cuando la lluvia cesó, ya amanecía, Lalo por fin pudo mirar  su nuevo hogar, su nuevo mundo; en verdad era amplio,  su mirada sólo encontró  agua y más agua; estaba donde quería, en el lugar que siempre ambicionó.

Empezó a nadar feliz, a trazarse metas y sueños; se había olvidado para siempre de su madre, tan solo era un recuerdo  en una pequeña charca perdida en la lejanía.  Dio un salto fuera del agua, salto que le pareció digno de campeonato; se sintió orgulloso de sus logros  y se disponía a saltar de nuevo. Fue cuando lo vio venir; era enorme, inmenso,  tan inmenso  que no tuvo oportunidad al ser arrastrado  por la corriente de agua, que lo llevó  al interior del gigantesco pez.
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viernes, 7 de agosto de 2015

El niño que quería volar


Soñaba con volar,  ir de un lado a otro, conociendo lugares desconocidos, visitando tierras extrañas, dejando amigos  a los que siempre prometía volver; ese era su sueño, apenas empezó a soñar, apenas creció, el sueño se presentaba cuando cerraba los ojos y entonces empezaba su viaje y era totalmente feliz.

Pero Mario, que así se llamaba, no quería volar como las aves o las libélulas, no quería ser gaviota, águila, pato  o mariposa monarca que atraviesa el océano para llegar a lugares lejanos. Él quería volar  en una florecita, en un diente de león;  viajando al vaivén del viento, junto a las nubes en la más absoluta libertad. Él se colgaría en una hermosa flor  con forma de paraguas, una tan diminuta que al más leve rumor de la brisa, el viento la llevaría a los lugares mágicos de sus sueños.

Quería ir en un diente de león, volando; viajando, lejos, muy lejos, en un vuelo que obedece un designio de aventura benévola, donde en  cada viaje se  tiene un final feliz.  Tenía un plan trazado, pronto tendría la oportunidad de hacerlo. Se acercaba el verano y había descubierto un gran campo de dientes de león. Allí esperaría la briza que lo llevaría lejos, el viento  viajero que cogería un diente de león entre sus manos de aire y lo llevaría  a su lado, para que lo tomara  y remontara el vuelo deseado. Así sería para siempre, nunca se cansaría de volar, de viajar eternamente conociendo  mundos y maravillas que lo ilustrarían. Nunca comería ni bebería agua,  solo sorbos de néctar que lo harían cada día más liviano y más parte del diente de león; hasta que un día ya no fuera una carga, sólo una brizna ligera  como siempre lo había deseado.

El día escogido, la tarde de su viaje, el viento soplaba suavemente, él supo que era lo suficientemente fuerte para elevarlo a las alturas.  Corrió al campo de dientes de león, el espectáculo lo colmó de contento y esperanza, el viento barría las florecillas, levantando una maravillosa nube de dientes de león que sobrevolaban el acantilado;  él fue tras una flor inmensa,  tenía todo trazado, perfectamente calculado; al llegar al borde del acantilado, un inmenso precipicio, lugar  donde los dientes de león  eran empujados por un  chorro de aire ascendente;  en ese preciso momento el saltaría y cogería el gran diente de león que lo llevaría en su vuelo sin regreso.


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