domingo, 9 de agosto de 2015

El pez ambicioso





Lalo la mojarra  vivía  con su madre en un pequeño estanque, muy pequeñito por cierto y de muy poca profundidad; allí también habitaban toda clase  de renacuajos, bichos y  pequeños peces que se divertían en grande, buscando aventuras en las zonas más profundas y entre las  raíces de los árboles.
Lalo no estaba conforme,  todos los  días se quejaba con  su madre del tamaño del  “charco”  que habitaban;   molesto, mortificaba a la pobre madre diciéndole que un pez de su tamaño debe merecer  un gran lago, un río y, por qué no, un mar, un océano  donde  lograr las  metas que un pez de su tamaño se debe trazar en la vida.
La madre mojarra, tiernamente hablaba con él, lo acariciaba y le decía que el lugar era perfecto, muy hermoso  y sobretodo seguro;  nunca tendría que preocuparse  por nada, la comida sobraba y  nada podría dañarlo.
Lalo la mojarra, lleno de vanidad  y presunción le contestaba,  que en este pequeño estanque  la vida le parecía muy aburrida, que él era un gran pez, que nada ni nadie podía dañarlo; creía firmemente, que cuando emigrara a un lugar más grande, crecería de un tamaño inmenso.
Su madre se entristecía y lloraba por Lalo,  pensaba que su hijo no conocía la vida ni el mundo y que eso lo hacía hablar de esa manera; ella era muy vieja y sabía de los grandes  peligros que acechaban en las afueras del estanque. Para ella era el estanque más hermoso del mundo, rodeado de árboles, limpio y… sobretodo  oculto a las acechanzas  malignas de otros lugares.
Una tarde, el viento empezó a doblar las cañas, pronto bajó la temperatura y  enormes nubes  taparon la luz del sol. Por la noche, el viento arreció y el estruendo de los rayos sobresaltaba el ambiente y acallaban las ranas. De pronto los truenos cesaron y el viento se quedó quieto; eso sólo fue por  un momento, de inmediato comenzaron a caer gruesas gotas de lluvia, que pronto se convirtió en la peor tormenta  de años.
La lluvia no cesaba, amanecía  y el diluvio parecía no tener fin; por  la tarde  la tormenta inundaba la campiña, el estanque rebosaba a plenitud; todos estaban espantados, menos Lalo la Mojarra, que empezaba a vislumbrar el milagro de su escape; y sin pensarlo mucho trazó un plan.
No tardó mucho en ocurrir lo esperado, la lluvia lo desbordó todo, los arroyos corrían y el estanque  se confundía  con el paisaje  anegado de agua. Lalo la Mojarra, hizo lo que tenía que hacer, se lanzó a la aventura, feliz nadaba y huía de lo que consideraba su prisión; el pequeño estanque se encontraba muy lejos, la velocidad del agua  corriendo rapidamente lo llevaba por aguas lejanas, al lago que siempre soñó, al mar ambicionado, al océano  inmenso donde   lograría sus ambiciones.
Cuando la lluvia cesó, ya amanecía, Lalo por fin pudo mirar  su nuevo hogar, su nuevo mundo; en verdad era amplio,  su mirada sólo encontró  agua y más agua; estaba donde quería, en el lugar que siempre ambicionó.

Empezó a nadar feliz, a trazarse metas y sueños; se había olvidado para siempre de su madre, tan solo era un recuerdo  en una pequeña charca perdida en la lejanía.  Dio un salto fuera del agua, salto que le pareció digno de campeonato; se sintió orgulloso de sus logros  y se disponía a saltar de nuevo. Fue cuando lo vio venir; era enorme, inmenso,  tan inmenso  que no tuvo oportunidad al ser arrastrado  por la corriente de agua, que lo llevó  al interior del gigantesco pez.
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