martes, 11 de agosto de 2015

El hijo más bello del mundo


En cierta mañana, de cualquier día, en un cerro de pobre vegetación, una madre coyote cazaba; hambrienta corría   detrás de una lagartija y no queriendo dejar escapar  a su presa, dejó atrás a su pobre hijo. Cuando regresó en su búsqueda, no lo pudo encontrar.
Con la lagartija en el hocico, lo llamaba, la colocaba sobre una roca, la husmeaba y advertía al hijo  de la gran comilona que se perdía  si no aparecía pronto.
Pero el hijo coyote no apareció, ella lo buscó por el camino sin encontrarlo, en las cuevas, debajo de las grandes rocas y en los lugares que ella le enseño, podrían  servirle de refugio. Lo buscó sin descanso, sin encontrarlo;  lloraba de tristeza  y la acongojaba el dolor de saber a su hijo  padeciendo hambre y frio. Descendió del cerro con la esperanza de encontrarlo a la orilla del arroyo que tanto le gustaba.
En el camino,  encontraba animales: el hermano lobo, la hermana ardilla, el zorro, la iguana y hasta un armadillo; a todos les preguntó por su hijo, preguntaba por el hijo perdido de ojos azules,  cola de terciopelo y atentas y finas orejas;  le respondían preocupados y la consolaban, pero ninguno había visto un coyote perdido tan hermoso.
Desalentada seguía su búsqueda, hasta encontrar a un ágil gato montés  que daba grandes saltos.
—¡Hermano gato! —Le gritó, al verlo saltar sobre una roca—,  ¡quiero hacerte una pregunta!
De dos saltos el elegante gato, estuvo a su lado.
—¿Qué te pasa hermana coyote?,  ¿cuál es tu preocupación?
—¡He perdido a mi hijo! Y no lo puedo encontrar, ¿no lo has visto tú? —Preguntó la madre coyote.
—¡Dime, dime, hermana coyote!, ¿cómo es él?
—¡Hay hermano gato!, es el hijo más hermoso del mundo, el coyotito  más precioso que te puedas imaginar. Pelambre fino como el terciopelo, ojos azules como el cielo,  orejas y cola elegante, y cuando se ríe, muestra colmillos tan blancos como el marfil.
—¡Qué  pena hermana!, no he  visto a tu hijo. Encontré un pequeño coyote muerto,  pero no puede ser tu hijo. Está tirado en el camino,  tiene los ojos plagados de lagañas, el hocico sucio  y la cola pelada.
La madre coyote gritó de dolor: —¡Hay hermano gato, que dolor me has causado!, ¡es mi hijo, pobre de mí!
—¡Hermana coyote! Tú me dijiste que tu  hijo era un coyote precioso.

Entre sollozos la madre coyote le dijo:  —Sí hermano gato, pero mis ojos de madre lo ven  tan hermoso como te lo he pintado; para una madre, no hay hijo feo.
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