jueves, 13 de octubre de 2016

La historia del hombre burro.



¿Quién fue el hombre burro?, ¿de dónde vino?, ¿dónde nació?, ¿realmente existió  este famoso personaje  cuyos méritos no fue precisamente  su gran inteligencia. Cuentan que el hombre burro vino de muy lejos, huyendo de la mala vida y de quienes lo querían usar  como animal de carga.

El hombre burro poseía una espalda inmensa, dos potentes   trancas inferiores  que le daban la fuerza para llevar grandes cargas  por largas jornadas de trabajo. Pero este borrico  especialmente feo,  prieto  y orejudo, no recibió el flamante apodo hasta que lo descubrió una viuda ya entrada en años y en carnes; la mujer feliz de su descubrimiento, no paraba de gritar y, lo hacía tan a viva voz, que fue escuchada por media cuadra: -¡Eres un burro, eres un burro, un burro, un burro enorme y feo!-, decía    y lo hizo a gritó pelado,  por tan largo tiempo que al otro día,   la gente escandalizada no paraba de comentar el asunto.

Y, desde entonces le quedó lo de burro,  al burro;   y a pesar de que muchas mujeres se espantaron de los suspiros de la viuda, muchas buscaron probar la burres del burro.
El burro era muy llevadero y apenas hablaba, muy dócil y obediente, motivos más que suficientes para confiar en su discreción y,  bajo ese argumento, el burro era alquilado con frecuencia y montado en tan diversos terrenos  que pronto terminaron por minar la interminable energía del jumento.

Pero el burro querendón, trabajador  y cariñoso, nunca rehuía el trabajo y con energía ilimitada ofrecía su lomo para ser montado y cabalgado por  los verdes prados, día y noche, siempre erguido y marcial, se mantuvo digno, hasta que una mala mañana le fallaron las fuerzas y el burro sucumbió como los buenos burros, burreando hasta el final. Cuando el doctor llegó, el burro, se diría, tenía en el rostro, pintada, la satisfacción del deber cumplido, siempre como burro trabajó hasta la última gota de energía. El doctor lo revisó y dio su veredicto, el corazón del burro  reventó por el esfuerzo agotador de cargar la pesada carga que le encomendaban.


Al burro se le recuerda con cariño en el pueblo, ahora, hasta una estatua le levantaron  en la plaza  central donde los curiosos que han escuchado la historia del burro van y le avientan algunas monedas, honrando el sacrificio del buen hombre.
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sábado, 8 de octubre de 2016

El cerdo de tres ojos





El extraño caso de un cerdo que nació con tres ojos completamente funcionales, la rareza  del cerdo pronto se convirtió en un gran conflicto, el cerdo era capaz de darse a entender entre gruñidos y  contar los grandes pecados de la gente, como si ese tercer ojo desnudara el alma.
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jueves, 6 de octubre de 2016

EL TERCER OJO


Cuando me lo platicaron no lo quise creer, me dije que debía haber un engaño, una engañifa para sorprender tontos y ganar unos pesos como espectáculo de feria  de quinta categoría. Pero pudo más la curiosidad   y al otro día que descansaba le pedí a mi amigo que me llevara;  iba escéptico, con la idea metida en la cabeza de desenmascarar la treta y venirme satisfecho de saber que pude darme cuenta del truco.
Allí lo anunciaban sin rubor, en escandalosas mantas y carteles luminosos, donde un hombre a grito pelado invitaba  a  mirar de cerca al hombre con  un tercer ojo.
¡Venga, venga, venga!  -gritaba el merolico- ¡No se quede sin ver la maravilla del  único hombre con un tercer ojo en la frente!
¡Sinvergüenzas!,  pensé  indignado, eso no existe, un hombre con tres ojos es imposible. Pero con todo y ello pagué la cuota y me formé para irme acercando al supuesto portento natural. Antes de llegar saqué conclusiones y armé varias teorías, donde concluía que el tercer ojo, debía ser un pliegue profundo en la piel de la frente, cosa que se asemejaría a un ojo, sin tener nada, nada en lo absoluto con el delicado órgano ocular. Incluso ellos mismos  debieron cortar la frente para formar la rugosidad y semejara el maravilloso tercer ojo.
De pronto lo vi, un hombre que miraba con cierto desdén a sus observadores, y los miraba con sus tres ojos parpadeando, no pude quitar la mirada de ese ojo en la frente, se apreciaba tan perfecto y funcional que me quedé atónito.
Me le acerqué  asombrado, buscando descubrir  donde estaba el engaño de ese  ojo fantástico  en medio de la frente, justamente, arriba del entrecejo; el ojo me miró, moviéndose en su órbita ocular, me observó de tal forma que lo interpreté como de impaciencia o con el menosprecio con que algunas personas suelen  ver a los idiotas, pero no sólo me miró, también me torció el gesto y me sonrió despectivamente; eso lo supe perfectamente cuando me dirigió la palabra y me dijo de manera insolente: -¡Vienes con dudas y desconfianza!, vienes  buscando lo que  jamás encontrarás porque eres incapaz de creer. Pero yo te enseñaré a tener fe.
No recuerdo si me dijo que me acercara o con ese terrible tercer ojo doblegó mi voluntad  y  lo miré  con tanta atención  y tan cerca que pude ver la humedad del interior y las delicadas venas surcarlo dentro y fuera como si una hilandera mágica hubiera cosido sus partes.

Estaba preso de su voluntad, mi cuerpo y mi pensamiento no me pertenecían  y desde entonces aprendía creer,  y, no sólo eso, él puso algo en mí, y lo que puso en mí,  me quitó para siempre la arrogancia con que acostumbraba a mirar  a las personas. Ya no soy el mismo y vivo angustiado por lo que me quitó  o o  por lo que me dio, ahora lo busco, busco esa carpa del hombre del tercer ojo, pero ha desaparecido de la faz de la tierra, como si nunca hubiera existido.
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jueves, 29 de septiembre de 2016

La sorprendente leyenda de la mujer vaca.



¿Quién fue la mujer  vaca?  ¿Existió realmente? O sólo es producto de la imaginación popular y el deseo que tenemos, de  de que cada ser humano que peca  o hace mal en el mundo, pague su culpa en la tierra y no en lo profundo del infierno.
Cuenta la leyenda que la mujer vaca en realidad se llamaba Sofía Armenta, su belleza superaba  por mucho a cualquier mujer que haya pisado estas tierras tan calientes; tierra que seguramente le transfirió ese calor a lo profundo de su cuerpo, ya que era una mujer muy ardiente, a la que soñaban poseer todos los hombres poderosos del lugar.
Pero ella dueña de una belleza sin igual y un cuerpo de tentación, creía saber su lugar en el mundo y se daba a desear rechazándolos a todos  con una coquetería que enloquecía a los hombres.
Pero sucedió que Sofía Armenta conoció a un buen tipo, un hombre alto y guapo  que era inmune a  la magia de su  gran belleza; eso no lo pudo soportar y en poco tiempo estuvo en los brazos  y en la cama de un hombre que apenas conocía, entregándose  con tan  enorme placer y profundidad que quedó embarazada. La bella Sofía embarazada y con un pequeño vientre que empezó a crecer hasta convertirse en una gran hinchazón que le  desagradó  hasta maldecirla.
El guapo hombre desapareció, nunca se ocupó de ella y ella se quedó rumiando su dolor y desgracia, solamente ansiaba deshacerse del vientre y lo que llevaba dentro para volver a ser Sofía la bella, la mujer que todos admiraban y querían poseer.
Cuando el niño nació, a ella le despreocupó de tal manera  que lo mantuvo en el abandono, ella quería recuperar su bello cuerpo, su cintura, sus senos que todos envidiaban, nacarados y hermosos, tan hermosos que ella nunca se cansaba de admirarlos frente al espejo.
El niño hambriento lloraba día y noche pidiendo  que lo alimentaran, ella de mala gana  le preparaba el  biberón  y se lo metía en la boquita  volviendo a sus frívolas tareas. Nunca quiso amamantar al niño que lloraba pidiendo la blanca leche de su madre.
Cuando enfermó de gravedad por la falta de leche,  las mujeres le pidieron, le rogaron le diera pecho, pero ella se negó diciendo que no era vaca ni su hijo becerro, que tomara leche de la mamila, que por algo la  habían  inventado. El niño lloró  y lloró, hasta que no tuvo fuerzas y  ella quieta no le importaba, ni le importó cuando lo enterraron en un pequeño cajón.
Cuentan quienes la conocían, que al poco tiempo Sofía Armenta empezó a perder toda la belleza que la enorgullecía;  los senos le crecieron desproporcionadamente y junto a ellos  nacieron enormes protuberancias, por donde empezó a manar  mucha leche,  los cuatro manantiales parecían inagotables y ella siempre se encontraba bañada del blanco y dulce líquido que se asedaba en su piel  con horrible olor.
Toda la belleza   de Sofía había dejado de existir, era un monstruo que andaba   y se alimentaba en cuatro patas debido al peso de las ubres. La mujer padecía  mucha hambre, a veces  se compadecían de ella y le arrojaban algún alimento, cuando  esto no ocurría, se le vía pastar como un rumiante.


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martes, 20 de septiembre de 2016

El Arcángel vengador


Dicen que era un pueblo maldito, el crimen y la maldad imperaba en los corazones  de los hombres  y estos descargaban su odio y venganza contra los más débiles. No cabía duda que el mal  había sentado  sus reales y contagiado hasta la tierra,  donde sólo brotaba maleza y mala yerba.
Allí los malos mandaban, eran la ley y no dudaban en aplicarla  contra sus enemigos o contra quienes no estuvieran de acuerdo con ellos. Las jóvenes eran violadas, los niños asesinados,  los padres secuestrados  y diariamente se vivía un verdadero infierno del que  nadie podía escapar, si no era a través de la muerte.

Un hombre terrible encabezaba a los malos; era feo y deforme, pero la verdadera maldad no estaba en su exterior,   se escondía en el fondo retorcido de su alma;  desde tal lugar asomaba sus fauces  y gruñía  como verdadero demonio.

Para castigar a una familia que tuvo la desgracia de ser encontrada culpable de rebelarse contra los deseos de Ramón Aparicio, que así se llamaba el jefe; fueron castigados cruelmente; quemándolos públicamente a fuego lento  como si de una barbacoa se tratara; el cruel hombre los encerró en un círculo de llantas de camión  y los miró cocinarse  lentamente  entre gritos desgarradores que al final cesaron  mientras don Ramón reía y amenazaba con hacerle lo mismo a los que desafiaran su autoridad.
Las monstruosidades  de don Ramón  Aparicio  se hicieron  famosas, tanto descuartizaba enemigos como los despellejaba vivos, todos le temían, la misma autoridad  evitaba meterse con tan peligrosos enemigo.

Un día le dieron la noticia, le dijeron que un hombre preguntaba por él, que  venía por el camino Largo, que vestía como un fuereño con una gabardina  que le llegaba hasta los tobillos  a pesar del calor sofocante. De este hombre le dieron las señas de que era muy  alto  y casi rubio y que se mostraba sin miedo, desafiante   e irreverente, al decir a todo mundo que venía  buscando a don  Ramón Aparicio para castigarlo.

Don Ramón envió por él, quería la sangre y  los huesos del hombre que lo desafiaba en sus propios terrenos;  doce hombres que fueron a cazarlo  jamás  regresaron,  los encontraron   regados por el camino, muertos y con la  señal de la cruz en la frente.
Cuando el hombre llegó, ya lo estaba esperando, lo dejó entrar al pueblo, donde un ejército  de sicarios armados  lo cazarían como a un perro.

Pero el hombre no llegó por la entrada de la ranchería, apareció en medio de un trueno, un terrible rayo  que partió una gran ceiba y mató a más de la mitad de los hombres que quedaron regados por doquier.
La gente cuenta que lo ocurrido fue como una pesadilla, armado con enorme espada  dio cuenta de todos los enemigos, era imponente y brillante, alto y poderoso, dos enormes alas brotaban de su espalda y daba saltos por encima de las casas.


Cuando llegó el turno  a don Ramón, este lo miró horrorizado, su sola presencia quemó sus ojos  y el arcángel clavó la espada en la tierra  que empezó a resquebrajarse, para  posteriormente tragarse al  mal hombre, que parecía sufrir la más terrible de las agonías. Nunca nadie volvió a ver a don Aparicio, ni al arcángel;  sólo las huellas de la batalla quedaron imborrables; a la fecha  nadie vive en los alrededores, donde se aprecia la maleza quemada  y la ceiba partida por un rayo. La gente dice que el gigante rubio que mató a tantos sicario y se llevó a don Ramón era un arcángel enviado por el cielo.
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viernes, 9 de septiembre de 2016

El tesoro enterrado.


Hace muchos años estuve al borde de la muerte. En el abandono total, sin familiares ni amigos cercanos, sentí que mi vida llegaba a su fin; la muerte me rondó y me tocó  llenándome de pavor y desesperación. Vivía solo, nadie acompañaba mi sueño febril, plagado de delirios y pesadillas. Una noche terrible de sudores y fiebres, busqué mi  más preciado tesoro. Un arcón de madera finamente labrada, herencia de mi abuelo y a su vez, de lejanos antepasados.

La primera vez que lo tuve entre mis manos y pude ver su contenido, me maravillé;  nunca fuimos pobres, más reiteradamente necesitábamos del crédito bancario y, ahora, entre mis manos tenía el pesado cofrecito repleto de valiosas monedas de oro, mucho más valiosas por su antigüedad, oro que fácilmente  hubiera aumentado considerablemente nuestro capital.

Yo hice prácticamente lo mismo, lo atesoré y no me atreví a gastar una sola moneda; mi vida solitaria, sin familia ni gente cercana, no necesitaba de nada más; guardé el tesoro familiar, siempre teniéndolo muy cercano. Así fue, hasta aquella noche que creí que moría. Lo cargué trabajosamente  y manejé mi camioneta por oscuro sendero,  hasta llegar a un paraje, conocido y predilecto para mi persona. Haciendo  gran esfuerzo  y a punto del desmayo caminé 30 pasos, 30 largos pasos al norte  del nacimiento rocoso de una vidriosa veta, me di media vuelta mirando el  ocaso y caminé  otros 30 pasos; fijando mi mirada vidriosa, giré media vuelta a la izquierda y cansadamente anduve 13 pasos por el boscoso y solitario lugar. Allí cavé, no sé cómo lo hice, me temblaba el cuerpo como azogado; pero aun así, cavé metro y medio de una tierra roja, donde metí mi tesoro, cubriéndolo de ramas, antes de echarle la tierra  y dejar el suelo como si nada hubiera pasado.

Eso fue hace muchos años, tanto que me hice más viejo de lo que ya era, porque no me morí, no me pude morir, y en vez de morirme  me llevaron muy lejos, tan lejos  que hasta la fecha no he podido regresar. Vagué por muchos lugares del mundo, con la  esperanza de volver  a mi rancho en Ocotlán,  en el mero  corazón del Toronjal, ya allí  agarrar el  camino de Cerro prieto y llegar  al claro donde se juntan los caminos, buscar la piedra veteada y sacar mi tesoro, el cofre que me heredó mi padre  como última voluntad que no voy a poder cumplir, dárselo al primero de mis hijos.



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Como oculté un cofre lleno de monedas de oro





hace muchos años, a punto de morir, enterré un valiosos tesoro, un cofre repleto de monedas de oro, tan valioso como  para  vivir tranquilamente y sin trabajar el resto de la vida. El caso es que enfermo me llevaron a curar al extranjero, lugar en el que he vivido muchos años y no he podido regresar.



Ahora quiero volver y rescatar el tesoro, el cofre con las monedas de oro.
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sábado, 13 de agosto de 2016

Cómo busqué y encontré un tesoro. Increíble pero cierto







El fabuloso  hallazgo de un hombre que lo hizo millonario, miles de monedas de oro y plata, que buscó durante años.
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sábado, 30 de julio de 2016

La leyenda del perro milagroso





En diversas ocasiones, hemos escuchado o leído sobre hechos
sobrenaturales, acontecimientos que narran 
el milagro realizado por una divinidad; 
a través de un santo vivo o muerto, una reliquia, una imagen o  una oración o pedimento realizado  con mucha fe.

El mundo está lleno de milagros, la historia  y la literatura lo testifican, la iglesia lo
exalta, santificando a quienes se atribuyen la realización de estos hechos
milagrosos.
Todos hemos escuchado de boca de familiares o amigos: es un
santo milagroso, lo pidió con mucho fervor y le concedieron el milagro, hizo
una manda por un favor divino recibido. Estas expresiones y muchas no parecen
más interesantes, cuando la necesidad y la fe nos  mueve a pedir 
el favor de la intervención divina para curar una mala enfermedad, un
hijo descarriado, un problema de dinero y muchas cosas más que la gente le pide
a los santos y al  mismo Dios para salir
de los apuros que la vida suele poner en el camino de los hombres.
Esta es la extraña historia de milagros, ocurrida en un
pequeño pueblo  habitado por personas
creyentes  y respetuosas de la palabra de
Dios. En esta localidad se dieron hechos milagrosos, comprobados por la misma
iglesia romana y un centenar de personas que dieron fe  y juraron tener conocimiento de los milagros.
Estos hechos, no los realizó una estampa milagrosa o un Santo Cristo, estos
milagros fueron realizados por un perro, un peludo perro, andrajoso y sin dueño
que vagaba  por las calles, lleno de las
heridas y lastimaduras causadas por las personas que lo ahuyentaban
violentamente.
Un perro sin nombre, al que pronto bautizaron con el mote del
“Perro Milagroso”.  La historia comienza
una mañana de  un domingo de ramos,
cuando el perro se aproxima a un hombre ciego echado en el piso y pidiendo
limosna. El perro lamio y lamio  los ojos
lagañosos y sin luz y el hombre recuperó la vista, entre gritos de aleluya y
cantando el milagroso hecho.

No pasaba una semana, cuando el perro de los milagros volvió
a dar de que hablar. Un borracho había sido atropellado, lanzado por los aires,
el pobre hombre cayó cuan largo era, echando sangre por nariz y boca. Ya no se
movía y la gente lo daba por muerto, pero el perro llegó, quién sabe de dónde y
lamiendo la sangre que no lo dejaba resollar, lo hizo dar un tremendo suspiro,
el hombre se sentó, miró extrañado para todos lados y se marchó como si nada
hubiera pasado, eso sí, dando algunos traspiés de la guarapeta  que agarró en tres días de beber mezcal.

El tercer milagro perruno causó conmoción, estremeciendo a
toda la región.  El cortejo fúnebre,
cargaba  a  doña  
Canuta a su última morada, caía llovizna y el sepelio se antojaba
triste, doña Canuta nunca se había casado, por lo tanto no tenía hijos  y sus pocos familiares, esperaban su muerte
ansiosamente para heredar sus bienes. 
Había muerto repentinamente de un ataque fulminante, los familiares ni
tardos ni perezosos la metieron en un ataúd 
blanco, que depositaron a la entrada del panteón, para dar las  gracias a los acompañantes. Fue cuando el
perro milagroso  empezó a ladrar y a
rascar  el ataúd, lo hacía con tanto
empeño que las personas  abrieron la tapa
y el perro saltó dentro de ella causando 
admiración entre los presentes; dio varios saltos sobre la muerta antes
que esta  resucitara y provocará  la desbandada de los presentes y el disgusto
de los familiares.

A partir del electrizante hecho, el perro milagroso fue
venerado y se le atribuyeron un sinfín de milagros; la gente le tomaba fotos y
la enmarcaba y colgaba en las paredes donde le rezaban a todas horas.

El perro Milagroso curó la tifoidea de un niño, masticando
yerbajos y vomitándolos sobre su boca, curó enfermedades y salvó el alma de
prostitutas, drogadictos, rufianes y sicarios que querían salvar su alma y
enmendar el camino. El pueblo envió una solicitud para que se santificara al
perro en vida, pero fue rechazada por el Vaticano. El final del Perro
milagroso, llegó, al ser apedreado brutalmente por infieles y pecadores, que aprovechando
que el animal se encontraba   en
pleno  celo, persiguió a una perra por
una vereda solitaria. Allí lo encontraron bajo el sol, inflado y lleno de
moscas. Se decretaron tres días de luto y al Perro Milagroso  se le lloró de manera inconsolable, se le
erigió una gran estatua, y en la entrada del pueblo, un hermoso arco con su
nombre.



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miércoles, 27 de julio de 2016

El perro que aprendió a hablar ¡¡¡INCREIBLE!!! ¡¡¡AUNQUE NO LO CREA!!!







Esta es una
historia que me contó mi compadre Diego, él dice que conoció al perro, yo digo
que mi compadre no andaba en sus cabales.
El Pinto era
un perro de mediana estatura, como comprenderán, su nombre provenía  de pintas negras en una pelambre blanca como
la nieve. Era un perro inquieto y obediente; sabía de buenos modales y los
ponía en práctica delante de las personas; intentando no sacar la lengua y
babear como lo hacen los demás perros. Para el pinto era muy incómodo, su
naturaleza perruna y sus instintos lo mandaban abrir  el hocico para refrescarse;  pero lo intentaba muy bien y procuraba
mantener el hocico cerrado.
Para el pinto
no había cosa más importante que comportarse como humano y aprendía todos los
días observándolos detenidamente; posiblemente era el perro más inteligente del
mundo, porqué pronto supo hacer, casi todas las cosas que pueden hacer las
personas.
Pero el colmo
de todo fue, cuando se resultó hablando en un español bien educado, siempre
respetando las reglas del buen hablar y bien decir.  Para todos fue una maravilla, pronto fue
famoso y los periódicos más prestigiosos se peleaban por una entrevista; los
noticieros televisivos con mayor audiencia, lo quisieron contratar para  que se hiciera cargo de una sección
noticiosa.
Pero al
Pinto no le interesaba la fama, al aprender a parlotear, se sintió tan libre y
maravillado, que no podía dejar de hacerlo. Hablaba hasta por los codos, se
entrometía en la plática de los demás y 
gustaba tanto  de los chismes, que
al contarlos sentía una enorme satisfacción.
Lo que en un
principio fue un gran  milagro, pronto se
tornó en enorme molestia para los conocidos del pinto. Se había convertido en
un chismoso irremediable que metía en problemas a sus conocidos.
Tanto lo
satisfacían estos chismes, que para el colmo, aprendió a inventarlos; el perro
maravilla le inventó historias a todo mundo y la mayoría de ellas no eran nada
agradables; precisamente,  esto era lo
que más lo satisfacía; la mentira inventada, debía llevar dolo y falsedad,
dañar el prestigio  y la honra y
sobretodo, herir  profundamente los
sentimientos de las personas.
Las
calumnias del Pinto, se hicieron tan terribles, que ya se contaban entre sus
hazañas varios divorcios y el honor mancillado de buenas y santas jovencitas.
El perro hablantín  era tan odiado que
muchos intentaron dañarlo y enviarlo a la perrera, pero el Pinto, demasiado
listo, esquivaba los ataques y renovaba su repertorio de falsedades.
El final de
su aventura canina, llegó el día en que presenció un lamentable hecho.
Refrescándose  bajo  un sombroso árbol, observó  a varias camionetas detenerse, de ellas
bajaron individuos armados hasta los dientes y, de un lujoso automóvil bajaron
a un hombre, que a empellones lo llevaron con rumbo desconocido, no sin antes
dar muerte a los conductores de otro automóvil, que al parecer protegían al
hombre que secuestraron.
El Pinto y
su lengua larga no se hizo esperar, ahora tenía un gran chisme de primera mano
y lenguaraz lo contaba a quien quisiera oírlo; lo contó tantas veces, que la
policía acudió a escuchar su versión. Después de la policía, hombres caraduras,
de mal aspecto lo visitaron, no fue una visita de cortesía ni para escuchar la
historia del hombre secuestrado. Estos hombres cargaron con el pinto y en nada
les emocionó  la maravilla de un perro
hablador. Cuentan los que vieron el hecho, que al Pinto lo golpearon feamente
en la cabeza, antes de meterlo en un costal y posteriormente en la cajuela de
un auto grande y negro.


Esta fue la
trágica historia del perro que aprendió a hablar, posiblemente se trataba del  perro más listo de la tierra, pero ni toda la
inteligencia lo libró de padecer las  mismos
debilidades que sufren los hombres.
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El Niño Vejiga buscando trabajo





Siga las aventuras del Niño Vejiga, un personaje  de la calle, no es un niño, el niño vejiga es su apodo; Sígalo a través de este canal, sus encuentros con personajes famosos como Enrique Peña Nieto, Nicolás Maduro, con gente de la farándula, políticos  y toda clase de alimañas.
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viernes, 22 de julio de 2016

La leyenda del niño perdido salvado por un perro





La historia de un pequeño niño perdido en un bosque y salvado por un perro.
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Las aventuras del Niño Vejiga







Vejiga  no fue más
allá del metro cuarenta y cinco de estatura,
su padre, alcohólico y drogadicto
no lo maltrataba, pero tampoco lo envío a la escuela ni  le llamó
la atención, cuando a los  diez
años empezó a fumar  tabaco y marihuana.
De cuerpo menudo, rostro oriental, labios apenas visibles en
una boca   abultada  como pintarrajeada de manera poco seria, en
una cabeza gris  también menuda; se
paseaba descalzo, exhibiéndose por las calles del  pueblo con
un enorme cigarro pegado a los labios. Andaba, arqueando los brazos  y la espalda,
pretendiendo verse intimidante, mas, solamente causaba risa a quienes lo
veían.


Vejiga era pequeño de la cabeza a los pies y su máxima
aspiración, era tener el reconocimiento de la gente que lo conocía.
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viernes, 17 de junio de 2016

La leyenda del maniquí diabólico



Se le veía feliz, cobraría su segunda quincena, después de meses de vagar buscando empleo. De poner cara de muerto de hambre  a cada fulano engreído con posibilidad de emplearlo. Generalmente al ver su mendiga figura,  arrugaban el entrecejo; lo veían muy jodido y eso los molestaba y, sin decir más, casi lo corrían. Él se enfurecía y creía  que jamás conseguiría lo que buscaba: -¡Cómo me quieren ver cambiadito, si no tengo ni para comer!- pensaba y pateaba el suelo cuando se retiraba como perro apaleado.

Pero ahora tenía trabajo y la bonita credencial que lo acreditaba como velador de aquella inmensa tienda departamental. Se paseaba ufano por los largos pasillos, macana en mano y girándola con maestría; se paraba frente  a los espejo y sonreía satisfecho y orgulloso de su uniformada  figura  vigilante. Pensó en los dos vigilantes anteriores, pensó que debieron ser muy tontos  por abandonar un empleo así;  irse sin más ni más,  a su pueblo o a cualquier otro lugar, desapareciendo como si se los hubiera tragado la tierra.

Todo sería como una historia perfecta, el vigilando la tienda y cobrando sueldo por ello; un trabajo descansado y solitario. Pero algo lo incomodaba. Ese lugar, al final del pasillo, donde ese maniquí posaba quieto y sin vida.  Siempre mirando fijamente, posando en actitud retadora; los brazos levantados y al frente, los labios entre abiertos,  como si fuera a  decir algo.
Lo miraba inquieto, sin poder quitarle la vista de encima, rodeándolo se acercaba, y al acercarse, lo invadía la necesidad de tocarlo, de percibir  la blandura de la piel, y no el duro e inerte plástico con el  que fue moldeado. Estiraba el brazo, la mano y los dedos, pero  justo antes de tocarlo, la retiraba asustado, eso ocurría siempre, llevaba ocurriendo 14 días, 14 días que el corazón le  brincaba en el  pecho al ver al maniquí estremecerse y latir en la piel la sangre de la vida.

Se iba  corriendo, aterrorizado, mirando atrás para cerciorarse que el maniquí  permanecía en el mismo lugar y no lo perseguía como un zombi para devorar su cerebro. A lo lejos,  tras pesados estantes se detenía y vigilaba al maniquí, lo vigilaba por horas con la certidumbre de que en cualquier momento empezaría a moverse.

En el día 21, al acercarse al pasillo fatal, se detuvo renuente, nadie sabría que evadió la ruta de trabajo, nadie lo sabría, sin embargo, una fuerza superior, un morbo extraño lo impelía a seguir el  camino del maniquí; del que todavía no alcanzaba a vislumbrar el género. ¿Hombre o mujer?, no lo sabía, después de todo los demonios no tienen sexo y los muñecos menos.
Lo vio desde lejos, al final  del pasillo, lo vio en su actitud de siempre, pero precisamente esa inmovilidad, era lo que le revelaba el peligro;  esa quietud tenebrosa que inspiraba confianza, que lo invitaba a tocarlo, acercarse como a una indefensa cosa sin vitalidad. Con los días  había terminado por adivinar  la trampa, la emboscada tendida por el demonio metido dentro de esa cosa, esa forma humana  que ahora se negaba a nombrar. Un malvado Pinocho que cambiara la madera por el plástico y  por cuyas entrañas fluía la maldad; un Pinocho que se alimentaba de los guardias de aquel lugar, chupando  la vida ajena  de los nervios, los  huesos y la médula. Para que tal cosa ocurriera, necesitaba alimentarse de su cerebro, del jugoso cerebro que encierra el alma y la vida, sorbiéndolo vivo  como un exquisito néctar.
A pocos pasos de la fuente de su terror, comenzó a rodearlo, a mirarlo con más atención que nunca; quieto y sin vida, eso le pareció el maniquí; quieto y sin vida, igual que el material y la armazón que lo erguía. Sonrió de su estupidez, de sus miedos sin sentidos; como siempre alargó el brazo para tocarlo; ahora lo animaba la sensación de la falacia vivida por semanas enteras; del sueño recurrente de verlo estremecerse, mientras la sangre palpitaba por las venas  plásticas del muñeco.


Por primera vez lo tocó, acarició el rígido brazo, el hombro, y ahora la descolorida mejilla, e igualmente, por primera vez pudo verlo  de frente sin miedo y sin estremecimientos. Miraba  curioso  el rostro inerte, sin vida alguna, sin sangre ni nervios, coloreado por pinceles y pintura; palpaba ese rostro impávido y sin emociones, cuando las yemas de sus dedos notaron cierta tibieza y  una blandura semejante a la piel carnosa. Paralizado por el terror lo vio abrir los ojos y la boca torcida de cruel sonrisa y llena de dientes puntiagudos; fue lo último que pudo mirar, antes de que el monstruo  saltara  y le  hincara  los dientes en el cráneo, destrozándolo ferozmente, hasta dejar a la vista el tierno y blanco cerebro palpitando y rezumando los jugos de la vida.
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sábado, 11 de junio de 2016

La leyenda de los traficantes de órganos.



La vida para ellos era una eterna competencia, dos buenos amigos rebosantes de salud. Atletas consumados, maratonistas, grandes competidores; sin embargo de mediocres resultados. En su pueblo fueron los mejores, pero en las competiciones de mayor prestigio su clasificación deportiva dejaba mucho que desear.

Se levantaban muy temprano a ejercitarse, realizaban su rutina diaria, mañana, tarde y noche; sin descuidar sus labores. Asociados económicamente, vivían de las ganancias de una tienda de conveniencia, lo que les permitía soñar con ser deportista de clasificación nacional  y asistir a justas nacionales e internacionales.

Muy presumidos de su aspecto, gustaban de ropa ajustada, paseándose por lugares públicos, en busca de coqueteos; no muy afortunados con el sexo opuesto,   soñaban con la gloria deportiva, que traería consigo fama, dinero y… sobre todo mujeres, bellas mujeres ansiosas de estar con ellos.

Ese día, como ninguno otro, cuando hacían el diario recorrido, dos hermosas  mujeres les coquetearon abiertamente; realmente les parecieron bellísimas, creyeron  estar frente a las más hermosas del mundo. Se embriagaron del aroma de ellas,  la cabeza giraba y el mundo les pareció mucho más amable.

Se verían por la noche, les bastó la  sonrisa seductora, los ojos brillantes de promesa, los pechos turgentes  para convertirlas en un instante en las personas más importantes de toda la vida. La vida y sus prioridades  cambiaron en un abrir y cerrar  de ojos; por primera vez no entrenaron por la tarde; sólo esperaban ansiosos la hora de la cita.
La hora llegó, orgullosos iban a un antro de moda, del brazo de verdaderas mujeres, hermosas mujeres como nunca habían visto en su vida,  creían estar soñando, jamás  esperaron de la vida este regalo, se sentían en las nubes y por primera vez bebieron algunos tragos.

El efecto del  alcohol los excitaba y los volvía atrevidos, dos copas más y se ponían de acuerdo para ir a un lugar más íntimo, el  departamento de una de las mujeres. Allí seguirían la parranda y  por primera vez conocerían la completa felicidad, la plenitud de la vida, el olor y sabor de una mujer  de gran  clase y altura que nunca creyeron conocer.

En el departamento, las mujeres  los acariciaban tiernamente, sirvieron copas generosas y bebieron con avidez. Pronto el sopor se volvió insoportable, los ojos se cerraron y quedaron inconscientes.

Cuando despertaron, estaban en una cama quirúrgica, a dos metros de distancia. Patricio despertó, tardó minutos en despejarse y aclarar la cabeza y la vista. Cerca de él, en una mesa muy semejante, estaba su eterno compañero de correrías, lo rodeaban tres personas laboriosas en uniformes médicos; aguzó la vista para entender lo que ocurría y,  perplejo  vio la mano firme de uno de ellos abrir a su compañero desmayado, drogado o anestesiado; lo vio abrir sus entrañas y sacar del fondo de ella lo que parecían los riñones, el hígado, los pulmones y por último el corazón.

Quiso gritar, más nada pudo salir  de su garganta, no podía apartar la mirada del cuerpo destripado y vacío, que yacía sin vida en la mesa quirúrgica.

Los médicos ahora lo miraban fijamente, creyó encontrar  en esas miradas, la voracidad  de un buitre, terrible y hambriento. Se   acercaron como demonios; el que parecía el jefe, levantó el bisturí, el mismo que había cortado a su amigo, bajó el brazo firme  y cortó profundo con la maestría con que cortan lo cirujanos.
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viernes, 10 de junio de 2016

La leyenda del enterrado vivo.


 Los recuerdos se le habían ido, sólo recordaba que se sentía fatal, a duras penas respiraba, cuando lo cimbró un dolor que bajó desde las quijadas trabándolas,  y entiesando   el cuello, hasta extenderse  en el pecho.  No supo más de sí, supone que se desmayó, perdió la conciencia o se durmió.
Ahora ha despertado, las molestias y los dolores han desaparecido, está quieto, no hay luz y eso le va bien porque le tranquiliza. Inmóvil, muy inmóvil respira hondo, inflama sus pulmones de un aire aséptico, ¡no, no!, es otro el término que quisiera usar, ese aire que  infló sus pulmones sabe a nailon, a tierra y a desinfectante; pero ahora se empieza a llenar de su humor, de su sudor, de su aroma, de ese olor con que impregnaba la camisa en los últimos años de su vida; un olor rancio, a pesar de bañarse y asearse  perfectamente y todos los días.
Es el olor de los viejos se decía, el olor de todos los males que lo aquejan y se han ido acumulando durante toda la vida, matándolo un poco cada hora que pasa. Olía sus camisas que apenas se ponía por un par de horas, pero bastaba para impregnarlas de su aroma, sobretodo la espalda y las axilas, donde   con el tiempo se percudían de un tono que era imposible de lavar.

Abrió los ojos y buscó luz, un poco de luz  que no pudo encontrar, pensó que era cosa de acostumbrar los ojos, de abrirlos bien para empezar a vislumbrar las cosas.  El tiempo pasó y la oscuridad total persistía; tenía calor, un calor húmedo que sabía a él mismo, sabía tanto a él, que podía saborearlo, degustarlo  como un caníbal que así mismo se devora.

Extendió los brazos, primero hacía arriba, después  a los lados, paseó sus manos por los contornos, los ángulos y las esquinas, acariciaba suavemente lo acolchado de la tela y suspiró, tan hondo que sintió ahogarse, primero jalando el aire horrible del lugar, luego exhalando hasta la última gota.

Siguió acariciando la estrechez que lo apresaba, no podía ir más allá, no estaba permitido, de alguna forma lo sabía y no se opondría a esa autoritaria ley que ahora lo aprisionaba; se sometería a ella y estaría en paz, quieto, como corresponde cuando uno se encuentra  enterrado a dos metros bajo tierra.


Al otro día no supo, nunca pudo darse cuenta que lo liberaban de la estrecha prisión; lo encontraron con la ropa desgarrada, la cara horriblemente macerada y los dedos sin uñas, convertidos en muñones sanguinolentos.
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jueves, 9 de junio de 2016

El hombre colgado del árbol



Lo encontraron en una ceiba, era un árbol inmenso y frondoso que cobijaba del sol a los caminantes; al amanecer, los madrugadores lo vieron, se balanceaba en la rama más baja con un rechinido que erizaba la piel. Se acercaron para reconocerlo,  miraron su rostro morado, desfigurado por el horror de la asfixia y una lengua enorme que asomaba de su boca como un animal de una cueva estrecha. Lo vieron igual que a una cosa rara que colgaba y llamaba la atención; todos eran hombres de campo y conocían los estragos de la muerte.

No era del rumbo, se apreciaba claramente por su vestimenta citadina. Ya estaba tieso  como un maniquí,  el aire lo movía y también lo movió un atrevido para mirarlo mejor. Se fueron juntando los curiosos, la noticia del ahorcado corría de un lugar a otro y la gente iba en busca de entretenimiento, iban con el marido, el hijo, la amiga, el novio; también iban solas propagando la noticia por el camino con ánimo de fiesta.

El ahorcado seguía balanceándose, los brazos abiertos y extendidos, las puntas de los pies   apuntando al suelo frenéticos, como si en el momento trágico buscara sustento en el aire. Las primeras mujeres llegaron,  por primera vez se santiguaron  escuchándose murmullos de rezos y de la nada apareció una veladora bajo la sombra del cruel péndulo.

Al medio día la gente seguía desfilando frente a la ceiba, algunos expresaban lástima o desprecio; otros más  presuntuosos, alegando conocimiento sobre la vida y la muerte, se devanaban los sesos elucubrando sesudas presunciones sobre los  motivos del colgado.

Un hombre cenizo y de morral, lanzaba piedras con su resortera a los zopilotes que acechaban  mirando torvos y afilando el pico en el plumaje; las hormigas rojas ya bajaban por la soga  y  hacían de las suyas, un pájaro carpintero planeo y se posó en la cabeza, nervioso picoteo los ojos y alarmado  se alejó ante la amenaza de las piedras que pasaron zumbando.
Llegada la tarde la gente se retiraba, hastiada del espectáculo del ahorcado, daban la media vuelta para regresar al lugar de donde vinieron. En el oeste el Sol bajaba lentamente, el hombre del resorte se retiró lanzando una última  piedra que rebotó secamente, como si la cabeza del ahorcado fuera de duro cartón.

Cuando se quedó solo, cuando el último curioso se había retirado, pareció sacudirse, los pies se agitaron como si intentara librarse  del rigor de la inmovilidad, los tiesos brazos también se sacudieron espasmódicos, cuando los  buitres  comenzaron a devorarlo.

                                                                                                             
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martes, 7 de junio de 2016

La leyenda de la mujer lengua chismosa.



Vivía al final de la calle, en una casa bien cuidada y bastante limpia; siempre se le veía barriendo,  limpiando o fregando; eso sí,  era muy  famosa por meterse en asuntos ajenos; si querías saber un chisme, bastaba con visitar a la mujer del final de la calle.

Conocía todos  los secretos del pueblo y,  los que no los inventaba; de su lengua y dichos dependía la honra y la decencia de las mujeres honestas y deshonestas del lugar.
Las mujeres chismosas  la frecuentaban para alimentarla de chismes, procuraban pasar cuando barría el patio y saludándose hipócritamente  empezaban a verter  tantas calumnias que nadie se salvaba, en especial las castas y decentes a quienes llamaban  “moscas muertas”, ofrecidas y demás calificativos que los chismosos suelen poner a las personas sin motivo alguno.
Se sabía de matrimonios separados por causa de Martha, que tal  era el nombre de la mujer; incluso se sospechaba que por causa suya, Epigmenio hirió gravemente a su mujer. Lo cierto es que la mujer disfrutaba enormemente decir cosas de los demás, era una sensación que la colmaba de satisfacción, sobretodo, si la calumniada era joven y modosita.
Resulta que una bella joven, al cumplir los dieciséis, se puso tan hermosa y radiante, que la chismosa del pueblo no lo soportó; le agarró tal encono que empezó a  señalarla y calumniarla: ¡creída, ni que estuviera tan bonita para darse tanta ínfula, se me hace que ya no es señorita, esas son las peorcitas! Y todo cuanto su lengua,  e infamia le permitierá, que ya de por sí era mucha.
Decidida a destruirla y, con la experiencia ganada en toda una vida de hablar mal de amigos y vecinos, le inventó una desgraciada historia.
En el mercado, la iglesia, en la escuela, en las calles, empezó a destruir el buen nombre de la bonita muchacha; quien dueña de una belleza indiscutible, tenía un espíritu frágil. Ella se dio  cuenta que la gente murmuraba a sus espaldas en la calle, que sus amigas dejaban de hablarle y ya no la invitaban a sus casas; que en la escuela la señalaban y en la iglesia se apartaban de ella. Su madre lloraba y sus familiares la veían con tristeza.

Pronto supo que la despreciaban porque vendía su cuerpo a los viejos del pueblo, algunos de ellos horribles y sin dignidad de hombre, aseguraron haberla tenido entre sus brazos; aun cuando la jovencita era virgen y nunca, nunca siquiera, había recibido un beso en la boca.

Muy temprano  la encontraron colgada, se suicidó al no soportar la maldad de la gente.
Martha la mujer chismosa del pueblo cayó enferma, como si Dios la castigara por su maldad; la lengua le creció y engordó en la boca, de tal manera que no la dejaba hablar. A los siete días, la lengua era tan horrorosa y grande  que colgaba monstruosa hasta la barbilla y siguió creciendo, espantando a quienes la veían; al verla las mujeres se santiguaban y decían: La castigo Dios por chismosa.

En cosa de un mes, la lengua de Martha se arrastraba por el pecho, las moscas la castigaban y en sus ojos se veía la gran  desesperación y el sufrimiento que padecía.
Martha vivió varios años, sufriendo su enorme lengua y sin volver jamás a decir palabra alguna.

¿Ustedes creen, que Martha la chismosa merecía lo que le pasó? ¿Usted que opina?
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sábado, 16 de abril de 2016

El día que vi vivo a Pedro Infante. Pedro Infante vive.



Realmente es un hombre que parece  tener demasiada edad, un gran anciano, un enorme anciano que ronda ya  los cien años. Pero sus muchos años  los lleva bien puestos, camina ágilmente  y sonríe con una sonrisa que muestra  unos dientes perfectos y bien cuidados.

Llegó al pueblo hace muchos años, cuando apenas eran unas cuantas casitas y no había televisión, cine o cosa que se le pareciera.  Llegó joven y guapote,  las mujeres  luego se alborotaron por él  hombre y se le descaraban las sinvergüenzas; eso me lo platicó  mi abuela que lo conocía bastante bien.
Ella me dijo que era Pedro Infante, un famoso artista  del siglo pasado, del que yo, francamente no sabía nada. Y como me dio curiosidad me puse a investigar en Google sobre el tal Pedro Infante; y me quedé con la boca abierta al saber su historia y, como todos lo creen muerto, hace ya, muchos pero muchos años.
Esta confesión me la hizo mi abuela hace doce años, le juré nunca decir nada a nadie mientras ella viviera;  pero ahora que ha muerto, puedo decir que Pedro Infante  todavía vive  y 50 años después, no es ni la sombra de lo que era.

Creo que a estas alturas, a nadie le importa, sí el viejo  centenario que camina erguido es realmente  Pedro Infante , nadie lo creería;  pienso que ni el mismo Pedro Infante, se acuerda que fue aquel famoso actor que dicen  falleció al estrellarse su avioneta que tripulaba.

Hace unos días  como un ladrón me introduje a su casa y hurgué por todos lados y encontré pruebas: documentos y fotos de Pedro Infante, pero lo más interesante, fueron los trajes que miré  en un baúl,  todos ellos, semejantes a los que usó en sus famosas películas; tras pensar un poco concluí que no significaban nada, cualquiera podría tener fotos  y documentos personales del artista, ya que fue muy famoso y todavía tiene muchos admiradores. No me atreví  a robar los documentos, mejor dicho a sustraerlos, ya que robar es una palabra muy fea.
Yo no tengo ninguna duda de que el anciano  es Pedro Infante; lo que no tengo son pruebas  que lo demuestren.  Por eso me decidí a preguntarle directamente. Lo abordé  cuando alimentaba a las palomas en una de las bancas del parque. Cuando le pregunté si era Pedro Infante  se me quedó viendo,  sonrió y me dijo: sí hijo, soy Pedro Infante, pero…  eso que importa ahora, si lo dices o lo digo, nadie  lo creerá. Me sorprendió la  energía y la claridad de la voz, una voz potente, que todavía guardaba muchos de los matices del gran artista que fue.

Ahora somos grandes amigos, no sé cuánto pueda durar más,  un hombre de cien años, por muy fuerte que sea.  Observo su rostro detenidamente, y en la imaginación le quito arrugas, le pongo pelo y allí está, el gran ídolo, el hombre querido por todos,  medio siglo  después de su supuesta muerte.
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martes, 12 de abril de 2016

Lo que me ocurrió cuando atrapé una hada.


Lo que voy a contar, parecerá cosa de cuentos, pero quiero decirles que es totalmente real.  Vivía en las afueras de la ciudad, en un lugar donde abundaban las plantas, era un bosquecillo hermoso en el  que gustaba pasarme la mayor parte del tiempo.
En el cazaba todo tipo de insectos,  a los trece años me convertí en un experto  preparando trampas de todo tipo y logrando capturar  avecillas y otras de buen tamaño que generalmente dejaba en libertad.
Por la noche me fascinaban  los insectos luminosos, esos que en el campo nosotros  conocemos como cucuyos y cuyo nombre es el de luciérnaga.  Los animalillos destellaban en la oscuridad  y me daba a la tarea de atraparlos  por docenas  y meterlos en una botella, teniendo por un buen tiempo mi propia linterna, a la que sacudía para hacerla brillar con mayor intensidad.
En una de mis tantas correrías, cazando a los pobres e indefensos animalitos, me sorprendió ver a uno de tamaño descomunal que brillaba intensamente  en la oscuridad; me quedé perplejo, nunca había visto algo de ese tamaño y que alumbrara tanto;  me le acercaba y huía, era tan veloz que no tenía ninguna posibilidad de atraparlo con mi red mariposera. Ganaba altura fácilmente  y se desplazaba con la rapidez de un abejorro.
Pronto me di cuenta que gustaba de la miel  de los tulipanes y que se tomaba su tiempo de flor en flor. De allí tuve  la idea  y por la mañana  recolecté cientos de tulipanes y con paciencia  extraje de cada flor toda la miel que pude. Esta miel  brillaba en una tapa de refresco que utilicé como recipiente, era muy poca, pero me parecía lo justo para atraer a mi presa.
Esta miel la deposité en una caja de zapato, a la que fabriqué con tijeras y navaja, una puerta que  se abría y cerraba, la abría con un cordel, y al soltar este  cerraba rápidamente  al trabajo de   dos resortes. La pinté de verde oscuro   por  fuera y por dentro la coloree con lindas flores, en especial con un gran tulipán que a mi parecer era  tan fresca como si fuera real.
Coloqué la caja en el mismo lugar, donde había visto al gran insecto brillando como si fuera un foco, aseguré la caja  en el ramaje, para que pareciera que era parte de la misma planta. En un instante de inspiración, dejé dentro de la caja, mero en el fondo,  un pequeño frasco que contenía algunas luciérnagas y me dispuse a esperar la noche y la llegada de la pequeña bestia luminosa.
Apostado detrás de un árbol, mantenía cogido el cordel, si el insecto llegaba  y entraba en la caja, sólo tendría que tirar con fuerza y la pequeña puerta ce cerraría, y yo,  habría cazado al  cucuyo gigante.
Ya me desesperaba cuando lo vi venir,  brillando y titilando en la oscuridad como un gran lucero, iba de flor en flor y el brillo de las luciérnagas capturadas lo atrajo irremisiblemente y fue directo a la trampa.  Primero giró suavemente dos o tres veces, pasando de largo una y otra vez, luego se mantuvo inmóvil frente a la mortal trampa y de un salto entró en ella.
Tiré del cordel y  un ligero golpe me anunció que la puerta  se había cerrado.  Emocionado, tomé la caja  y corrí rumbo a mi casa; la  guardé   debajo de la cama, e impaciente esperé a que amaneciera, ya que temía, con fundado temor, que escapara.
Por la mañana me encontraba solo, estaba de vacaciones y mis tíos no se encontraban en casa. Meticuloso me apropié de un cúter y una lupa, con el cúter pensaba abrir cuidadosamente por la parte superior,  una ventana, por donde podría observar   al bicho con la lupa, en el mismo lugar colocaría una tapa de plástico trasparente, para facilitar mi tarea de observación.
Así lo hice, fui cortando por los lados, hasta  levantar con cuidado  el cartón; el enorme insecto estaba quieto, había pensado que zumbaría  e intentaría escapar, pero se mantuvo inmóvil, hecho un ovillo; llegué a temer que hubiera muerto. Armado con la lupa y un pequeño palo lo molesté suavemente, volví a picarlo otra vez  y nada.  Acerqué la lupa y mi ojo para tratar de verlo mejor, el insecto  cobró vida y pude verlo  claramente. 
Un insecto de forma humana con cuatro alas  transparentes como las libélulas;  su pequeño rostro,  horrible de demonio me pareció verlo sonreír, fue cuando sopló  en mi cara un polvo brillante  que me dejó  ciego. No pude ver más; mis tíos me llevaron al hospital, donde lograron salvar uno de mis ojos, precisamente el que cubría con la lupa.
Ahora estoy tuerto y tengo veintiséis  años, estudie un posgrado en entomología; investigo  a los insectos, por más que he buscado, no he logrado  dar con una  criatura semejante, pero no pierdo las esperanzas y seguramente, algún día  lo atraparé y probaré al mundo que las hadas existen, pero no son  las criaturas adorables de los cuentos, si no verdaderos demonios.


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jueves, 7 de abril de 2016

Mi ángel de la guardia



La primera vez que lo vi, fue frente a un espejo; me sobresaltó  la gran sombra difusa que tras de mí se reflejaba; volví la  cabeza sobresaltada y, no encontré nada. El corazón latió fuerte, pero pronto olvidé el incidente, pensé aliviada que fue un reflejo o una sombra  inoportuna.

La segunda vez fue en una calle oscura, regresaba del trabajo, se me había hecho tarde  y caminaba con precaución en la solitaria y oscura avenida. De pronto sentí inmenso peso sobre mi espalda, una mirada que me taladraba y me robaba la tranquilidad.  Busqué hurgando en la oscuridad  y, alcancé a ver la  sombra grande y pesada que se ocultaba en una esquina. Temblé de pavor y eché a correr  para escapar del peligro.
En los siguientes días tuve avistamientos semejantes, la aparición siempre  iba acompañada de la agonía de sentirme agobiada, como si una gran fuerza o energía  pesara sobre mi cuerpo. Pude ver a la gran sombra  en lugares solitarios, atisbando, espiándome, como un invisible espíritu  que se dispone a la celada. Tales visiones casi me enloquecían, acudía a la iglesia y pude  hablar con el párroco, quien me aconsejó rezar de mañana y noche para alejar a los malos espíritus que me acechaban.
Lo pude ver   en dos ocasiones más,  en una de ellas  me acompañaba un pretendiente, las circunstancias de mis visiones me volvieron paranoica y procuraba no quedarme sola en lugares  solitarios y oscuros; íbamos platicando amenamente,  despreocupada me  olvidé por completo  del extraño acoso de la sombra que me vigilaba  en los lugares menos pensados. Fue en ese momento cuando sentí nuevamente la sensación de abatimiento, como si una fuerza descomunal me venciera sin tocarme; busqué la fuente y la miré nuevamente, inmensa y oscura,  se encontraba en el techo de un edificio.

La última vez que me encontré con tan poderosa aparición,  aparición  que sin tocarme me devastaba dejándome cansada y temerosa. Quiero aclarar que nunca he sido muy devota, no creo en aparecidos, fantasmas o demonios y, que a la iglesia  voy ocasionalmente a misas de domingo, quince años o de difuntos.  El acoso del espíritu o sombra me tenía aterrada, ¿acaso estaba enloqueciendo? Y mi mente me estaba jugando tan malas pasadas.

Por un compromiso ineludible, una mala noche llegaba tarde,  conducía mi auto tranquila, a pesar de la noche oscura, relámpagos y  una ligera lluvia; de algún modo el confort del  automóvil me hacía sentirme segura. Estaba  llegando a la ciudad, cuando divisé luces en la carretera, me acerque  cautelosa para darme cuenta que estaba bloqueada por varios vehículos, uno de ellos con torreta policial, cosa que me tranquilizó, al pensar que era la policía.

Y efectivamente, un gendarme se me acercó y de mala manera me dijo que me bajara del coche, como vio que dudé, me abrió  la portezuela de manera violenta y me obligó a salir a empellones. Ya estaba aterrorizada, algo malo ocurría con el comportamiento del guardia y al darme cuenta que de los demás vehículos bajaron varios hombres de mala catadura  empecé a llorar,  recordé las historias de mujeres desaparecidas, violadas y asesinadas.

Histérica empecé a gritar ante la certeza de lo que me esperaba, ellos reían y hacían obscenos comentarios  sobre lo que ocurriría a continuación.
Temblando como azogada, sentí la presencia de la sombra que por semanas me había vigilado, a diferencia de las veces anteriores, ahora me reconfortó y me alivió.
La gran figura estaba enfrente, una enorme y oscura sombra que sobresaltó a todos, para mí, ahora era una sombra amiga y me sentí protegida. Los hombres maldijeron y sacaron sus enormes armas; la figura extendió los brazos y brilló ardiendo e  irradiando luz. Era un enorme ángel, hermoso y altivo; sus alas extendidas y su barbilla pegada al pecho, lo hacían ver inmenso y poderoso.

Caí de rodillas, me sabía a salvo y lloraba de felicidad; pero los malos hombres no se amilanaron e hicieron detonar sus armas; el ángel levantó el brazo izquierdo  y se escuchó un terrible estruendo y un fogonazo que me cegó. Cuando abrí los ojos, los delincuentes estaban  calcinados, algunos en los puros huesos.

Subí a mi auto y me marché diciendo atónita: Es el plan de Dios, Es el plan de Dios. Al otro día, las noticias relataban el terrible fin de varios hombres alcanzados por un rayo.
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viernes, 4 de marzo de 2016

La leyenda del puente de la muerte


 Por el puente pasaron millones de vehículos,  día tras día, y en las noches sin descansos los motores rugían y el  gran peso de los transportes pesados hacía trepidar la estructura del  gran puente de concreto que cruzaba el río.
Fue construido a principio de la década de los cincuenta,  ingenieros, técnicos y cientos de trabajadores  laboraron afanosos durante tres años.

El resultado fue un hermoso puente, muy resistente a las crecidas del río y al paso de los grandes vehículos; era el único paso a la costa y la única carretera que comunicaba  una parte del  estado con la otra.

Había historias y habladurías sobre la construcción del puente, trabajadores desaparecidos, sobretodo los que abusaban del  alcohol  y vivían sin familia en el pueblo.   La leyenda  en torno al puente tuvo resonancia los primeros años, luego quedó en el olvido.

El ingeniero encargado de la construcción, era un argentino  de aspecto misterioso, dado al ocultismo  y la magia negra, aprendida en  sus frecuentes viajes a Haití y Cuba. Dicen las malas lenguas, enteradas del caso, que el ingeniero Alejo Ledezma, que  así se llamaba el hombre, ordenó el sacrificio de diez trabajadores, a  los que primero se les embriagó, para después  pasar a formar parte de la estructura del concreto del puente.

Hombres de toda su confianza, depositaron  en cada muro del puente, a  un pobre  fulano, el caso es que necesitaba estar vivo, para que  surtiera efecto  la ceremonia. Al terminar la construcción del puente, se habían sacrificado diez individuos que desaparecieron misteriosamente, cosa que no le importó a nadie,  ya que no eran de la localidad.

Durante las grandes crecidas, cuando el río empujaba con furia  los muros del puente, la gente decía que de entre el murmullo del  viento se escuchaban furiosas voces  que exhortaban a resistir los embates de la corriente.
“¡Agárrense  con fuerza compadres que nos lleva la chingada!”, así decía  la conseja popular sobre las voces del puente.
Con el paso de los años  el mito del puente quedó totalmente  en el olvido, hasta 60 años después, cuando azotó la peor tormenta que se tenga historia en el país.  Los indestructibles muros del puente cedieron y se derrumbaron  ante el furioso empuje del rio.

Se interrumpió el  paso vehicular, hubo desabasto y el presidente de la república, acompañado por  el gobernador y otros funcionarios  se presentó a prometer  la pronta construcción de otro puente, mucho más resistente y moderno.

Y por increíble que parezca, el presidente  cumplió, llegaron cientos de trabajadores y maquinaria pesada. ¡Y cuál fue la sorpresa de los encargados de la obra!, al encontrar  los cadáveres   de 20 hombres dentro del viejo concreto.  En cada muro se encontraron los despojos como momias apergaminadas. Nunca se sabría la identidad de los hombres sacrificados y, tampoco nunca se castigaría a los culpables.
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