jueves, 7 de abril de 2016

Mi ángel de la guardia



La primera vez que lo vi, fue frente a un espejo; me sobresaltó  la gran sombra difusa que tras de mí se reflejaba; volví la  cabeza sobresaltada y, no encontré nada. El corazón latió fuerte, pero pronto olvidé el incidente, pensé aliviada que fue un reflejo o una sombra  inoportuna.

La segunda vez fue en una calle oscura, regresaba del trabajo, se me había hecho tarde  y caminaba con precaución en la solitaria y oscura avenida. De pronto sentí inmenso peso sobre mi espalda, una mirada que me taladraba y me robaba la tranquilidad.  Busqué hurgando en la oscuridad  y, alcancé a ver la  sombra grande y pesada que se ocultaba en una esquina. Temblé de pavor y eché a correr  para escapar del peligro.
En los siguientes días tuve avistamientos semejantes, la aparición siempre  iba acompañada de la agonía de sentirme agobiada, como si una gran fuerza o energía  pesara sobre mi cuerpo. Pude ver a la gran sombra  en lugares solitarios, atisbando, espiándome, como un invisible espíritu  que se dispone a la celada. Tales visiones casi me enloquecían, acudía a la iglesia y pude  hablar con el párroco, quien me aconsejó rezar de mañana y noche para alejar a los malos espíritus que me acechaban.
Lo pude ver   en dos ocasiones más,  en una de ellas  me acompañaba un pretendiente, las circunstancias de mis visiones me volvieron paranoica y procuraba no quedarme sola en lugares  solitarios y oscuros; íbamos platicando amenamente,  despreocupada me  olvidé por completo  del extraño acoso de la sombra que me vigilaba  en los lugares menos pensados. Fue en ese momento cuando sentí nuevamente la sensación de abatimiento, como si una fuerza descomunal me venciera sin tocarme; busqué la fuente y la miré nuevamente, inmensa y oscura,  se encontraba en el techo de un edificio.

La última vez que me encontré con tan poderosa aparición,  aparición  que sin tocarme me devastaba dejándome cansada y temerosa. Quiero aclarar que nunca he sido muy devota, no creo en aparecidos, fantasmas o demonios y, que a la iglesia  voy ocasionalmente a misas de domingo, quince años o de difuntos.  El acoso del espíritu o sombra me tenía aterrada, ¿acaso estaba enloqueciendo? Y mi mente me estaba jugando tan malas pasadas.

Por un compromiso ineludible, una mala noche llegaba tarde,  conducía mi auto tranquila, a pesar de la noche oscura, relámpagos y  una ligera lluvia; de algún modo el confort del  automóvil me hacía sentirme segura. Estaba  llegando a la ciudad, cuando divisé luces en la carretera, me acerque  cautelosa para darme cuenta que estaba bloqueada por varios vehículos, uno de ellos con torreta policial, cosa que me tranquilizó, al pensar que era la policía.

Y efectivamente, un gendarme se me acercó y de mala manera me dijo que me bajara del coche, como vio que dudé, me abrió  la portezuela de manera violenta y me obligó a salir a empellones. Ya estaba aterrorizada, algo malo ocurría con el comportamiento del guardia y al darme cuenta que de los demás vehículos bajaron varios hombres de mala catadura  empecé a llorar,  recordé las historias de mujeres desaparecidas, violadas y asesinadas.

Histérica empecé a gritar ante la certeza de lo que me esperaba, ellos reían y hacían obscenos comentarios  sobre lo que ocurriría a continuación.
Temblando como azogada, sentí la presencia de la sombra que por semanas me había vigilado, a diferencia de las veces anteriores, ahora me reconfortó y me alivió.
La gran figura estaba enfrente, una enorme y oscura sombra que sobresaltó a todos, para mí, ahora era una sombra amiga y me sentí protegida. Los hombres maldijeron y sacaron sus enormes armas; la figura extendió los brazos y brilló ardiendo e  irradiando luz. Era un enorme ángel, hermoso y altivo; sus alas extendidas y su barbilla pegada al pecho, lo hacían ver inmenso y poderoso.

Caí de rodillas, me sabía a salvo y lloraba de felicidad; pero los malos hombres no se amilanaron e hicieron detonar sus armas; el ángel levantó el brazo izquierdo  y se escuchó un terrible estruendo y un fogonazo que me cegó. Cuando abrí los ojos, los delincuentes estaban  calcinados, algunos en los puros huesos.

Subí a mi auto y me marché diciendo atónita: Es el plan de Dios, Es el plan de Dios. Al otro día, las noticias relataban el terrible fin de varios hombres alcanzados por un rayo.

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