jueves, 9 de junio de 2016

El hombre colgado del árbol



Lo encontraron en una ceiba, era un árbol inmenso y frondoso que cobijaba del sol a los caminantes; al amanecer, los madrugadores lo vieron, se balanceaba en la rama más baja con un rechinido que erizaba la piel. Se acercaron para reconocerlo,  miraron su rostro morado, desfigurado por el horror de la asfixia y una lengua enorme que asomaba de su boca como un animal de una cueva estrecha. Lo vieron igual que a una cosa rara que colgaba y llamaba la atención; todos eran hombres de campo y conocían los estragos de la muerte.

No era del rumbo, se apreciaba claramente por su vestimenta citadina. Ya estaba tieso  como un maniquí,  el aire lo movía y también lo movió un atrevido para mirarlo mejor. Se fueron juntando los curiosos, la noticia del ahorcado corría de un lugar a otro y la gente iba en busca de entretenimiento, iban con el marido, el hijo, la amiga, el novio; también iban solas propagando la noticia por el camino con ánimo de fiesta.

El ahorcado seguía balanceándose, los brazos abiertos y extendidos, las puntas de los pies   apuntando al suelo frenéticos, como si en el momento trágico buscara sustento en el aire. Las primeras mujeres llegaron,  por primera vez se santiguaron  escuchándose murmullos de rezos y de la nada apareció una veladora bajo la sombra del cruel péndulo.

Al medio día la gente seguía desfilando frente a la ceiba, algunos expresaban lástima o desprecio; otros más  presuntuosos, alegando conocimiento sobre la vida y la muerte, se devanaban los sesos elucubrando sesudas presunciones sobre los  motivos del colgado.

Un hombre cenizo y de morral, lanzaba piedras con su resortera a los zopilotes que acechaban  mirando torvos y afilando el pico en el plumaje; las hormigas rojas ya bajaban por la soga  y  hacían de las suyas, un pájaro carpintero planeo y se posó en la cabeza, nervioso picoteo los ojos y alarmado  se alejó ante la amenaza de las piedras que pasaron zumbando.
Llegada la tarde la gente se retiraba, hastiada del espectáculo del ahorcado, daban la media vuelta para regresar al lugar de donde vinieron. En el oeste el Sol bajaba lentamente, el hombre del resorte se retiró lanzando una última  piedra que rebotó secamente, como si la cabeza del ahorcado fuera de duro cartón.

Cuando se quedó solo, cuando el último curioso se había retirado, pareció sacudirse, los pies se agitaron como si intentara librarse  del rigor de la inmovilidad, los tiesos brazos también se sacudieron espasmódicos, cuando los  buitres  comenzaron a devorarlo.

                                                                                                             

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