viernes, 10 de junio de 2016

La leyenda del enterrado vivo.


 Los recuerdos se le habían ido, sólo recordaba que se sentía fatal, a duras penas respiraba, cuando lo cimbró un dolor que bajó desde las quijadas trabándolas,  y entiesando   el cuello, hasta extenderse  en el pecho.  No supo más de sí, supone que se desmayó, perdió la conciencia o se durmió.
Ahora ha despertado, las molestias y los dolores han desaparecido, está quieto, no hay luz y eso le va bien porque le tranquiliza. Inmóvil, muy inmóvil respira hondo, inflama sus pulmones de un aire aséptico, ¡no, no!, es otro el término que quisiera usar, ese aire que  infló sus pulmones sabe a nailon, a tierra y a desinfectante; pero ahora se empieza a llenar de su humor, de su sudor, de su aroma, de ese olor con que impregnaba la camisa en los últimos años de su vida; un olor rancio, a pesar de bañarse y asearse  perfectamente y todos los días.
Es el olor de los viejos se decía, el olor de todos los males que lo aquejan y se han ido acumulando durante toda la vida, matándolo un poco cada hora que pasa. Olía sus camisas que apenas se ponía por un par de horas, pero bastaba para impregnarlas de su aroma, sobretodo la espalda y las axilas, donde   con el tiempo se percudían de un tono que era imposible de lavar.

Abrió los ojos y buscó luz, un poco de luz  que no pudo encontrar, pensó que era cosa de acostumbrar los ojos, de abrirlos bien para empezar a vislumbrar las cosas.  El tiempo pasó y la oscuridad total persistía; tenía calor, un calor húmedo que sabía a él mismo, sabía tanto a él, que podía saborearlo, degustarlo  como un caníbal que así mismo se devora.

Extendió los brazos, primero hacía arriba, después  a los lados, paseó sus manos por los contornos, los ángulos y las esquinas, acariciaba suavemente lo acolchado de la tela y suspiró, tan hondo que sintió ahogarse, primero jalando el aire horrible del lugar, luego exhalando hasta la última gota.

Siguió acariciando la estrechez que lo apresaba, no podía ir más allá, no estaba permitido, de alguna forma lo sabía y no se opondría a esa autoritaria ley que ahora lo aprisionaba; se sometería a ella y estaría en paz, quieto, como corresponde cuando uno se encuentra  enterrado a dos metros bajo tierra.


Al otro día no supo, nunca pudo darse cuenta que lo liberaban de la estrecha prisión; lo encontraron con la ropa desgarrada, la cara horriblemente macerada y los dedos sin uñas, convertidos en muñones sanguinolentos.

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