jueves, 13 de octubre de 2016

La historia del hombre burro.



¿Quién fue el hombre burro?, ¿de dónde vino?, ¿dónde nació?, ¿realmente existió  este famoso personaje  cuyos méritos no fue precisamente  su gran inteligencia. Cuentan que el hombre burro vino de muy lejos, huyendo de la mala vida y de quienes lo querían usar  como animal de carga.

El hombre burro poseía una espalda inmensa, dos potentes   trancas inferiores  que le daban la fuerza para llevar grandes cargas  por largas jornadas de trabajo. Pero este borrico  especialmente feo,  prieto  y orejudo, no recibió el flamante apodo hasta que lo descubrió una viuda ya entrada en años y en carnes; la mujer feliz de su descubrimiento, no paraba de gritar y, lo hacía tan a viva voz, que fue escuchada por media cuadra: -¡Eres un burro, eres un burro, un burro, un burro enorme y feo!-, decía    y lo hizo a gritó pelado,  por tan largo tiempo que al otro día,   la gente escandalizada no paraba de comentar el asunto.

Y, desde entonces le quedó lo de burro,  al burro;   y a pesar de que muchas mujeres se espantaron de los suspiros de la viuda, muchas buscaron probar la burres del burro.
El burro era muy llevadero y apenas hablaba, muy dócil y obediente, motivos más que suficientes para confiar en su discreción y,  bajo ese argumento, el burro era alquilado con frecuencia y montado en tan diversos terrenos  que pronto terminaron por minar la interminable energía del jumento.

Pero el burro querendón, trabajador  y cariñoso, nunca rehuía el trabajo y con energía ilimitada ofrecía su lomo para ser montado y cabalgado por  los verdes prados, día y noche, siempre erguido y marcial, se mantuvo digno, hasta que una mala mañana le fallaron las fuerzas y el burro sucumbió como los buenos burros, burreando hasta el final. Cuando el doctor llegó, el burro, se diría, tenía en el rostro, pintada, la satisfacción del deber cumplido, siempre como burro trabajó hasta la última gota de energía. El doctor lo revisó y dio su veredicto, el corazón del burro  reventó por el esfuerzo agotador de cargar la pesada carga que le encomendaban.


Al burro se le recuerda con cariño en el pueblo, ahora, hasta una estatua le levantaron  en la plaza  central donde los curiosos que han escuchado la historia del burro van y le avientan algunas monedas, honrando el sacrificio del buen hombre.
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sábado, 8 de octubre de 2016

El cerdo de tres ojos





El extraño caso de un cerdo que nació con tres ojos completamente funcionales, la rareza  del cerdo pronto se convirtió en un gran conflicto, el cerdo era capaz de darse a entender entre gruñidos y  contar los grandes pecados de la gente, como si ese tercer ojo desnudara el alma.
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jueves, 6 de octubre de 2016

EL TERCER OJO


Cuando me lo platicaron no lo quise creer, me dije que debía haber un engaño, una engañifa para sorprender tontos y ganar unos pesos como espectáculo de feria  de quinta categoría. Pero pudo más la curiosidad   y al otro día que descansaba le pedí a mi amigo que me llevara;  iba escéptico, con la idea metida en la cabeza de desenmascarar la treta y venirme satisfecho de saber que pude darme cuenta del truco.
Allí lo anunciaban sin rubor, en escandalosas mantas y carteles luminosos, donde un hombre a grito pelado invitaba  a  mirar de cerca al hombre con  un tercer ojo.
¡Venga, venga, venga!  -gritaba el merolico- ¡No se quede sin ver la maravilla del  único hombre con un tercer ojo en la frente!
¡Sinvergüenzas!,  pensé  indignado, eso no existe, un hombre con tres ojos es imposible. Pero con todo y ello pagué la cuota y me formé para irme acercando al supuesto portento natural. Antes de llegar saqué conclusiones y armé varias teorías, donde concluía que el tercer ojo, debía ser un pliegue profundo en la piel de la frente, cosa que se asemejaría a un ojo, sin tener nada, nada en lo absoluto con el delicado órgano ocular. Incluso ellos mismos  debieron cortar la frente para formar la rugosidad y semejara el maravilloso tercer ojo.
De pronto lo vi, un hombre que miraba con cierto desdén a sus observadores, y los miraba con sus tres ojos parpadeando, no pude quitar la mirada de ese ojo en la frente, se apreciaba tan perfecto y funcional que me quedé atónito.
Me le acerqué  asombrado, buscando descubrir  donde estaba el engaño de ese  ojo fantástico  en medio de la frente, justamente, arriba del entrecejo; el ojo me miró, moviéndose en su órbita ocular, me observó de tal forma que lo interpreté como de impaciencia o con el menosprecio con que algunas personas suelen  ver a los idiotas, pero no sólo me miró, también me torció el gesto y me sonrió despectivamente; eso lo supe perfectamente cuando me dirigió la palabra y me dijo de manera insolente: -¡Vienes con dudas y desconfianza!, vienes  buscando lo que  jamás encontrarás porque eres incapaz de creer. Pero yo te enseñaré a tener fe.
No recuerdo si me dijo que me acercara o con ese terrible tercer ojo doblegó mi voluntad  y  lo miré  con tanta atención  y tan cerca que pude ver la humedad del interior y las delicadas venas surcarlo dentro y fuera como si una hilandera mágica hubiera cosido sus partes.

Estaba preso de su voluntad, mi cuerpo y mi pensamiento no me pertenecían  y desde entonces aprendía creer,  y, no sólo eso, él puso algo en mí, y lo que puso en mí,  me quitó para siempre la arrogancia con que acostumbraba a mirar  a las personas. Ya no soy el mismo y vivo angustiado por lo que me quitó  o o  por lo que me dio, ahora lo busco, busco esa carpa del hombre del tercer ojo, pero ha desaparecido de la faz de la tierra, como si nunca hubiera existido.
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