sábado, 11 de junio de 2016

La leyenda de los traficantes de órganos.



La vida para ellos era una eterna competencia, dos buenos amigos rebosantes de salud. Atletas consumados, maratonistas, grandes competidores; sin embargo de mediocres resultados. En su pueblo fueron los mejores, pero en las competiciones de mayor prestigio su clasificación deportiva dejaba mucho que desear.

Se levantaban muy temprano a ejercitarse, realizaban su rutina diaria, mañana, tarde y noche; sin descuidar sus labores. Asociados económicamente, vivían de las ganancias de una tienda de conveniencia, lo que les permitía soñar con ser deportista de clasificación nacional  y asistir a justas nacionales e internacionales.

Muy presumidos de su aspecto, gustaban de ropa ajustada, paseándose por lugares públicos, en busca de coqueteos; no muy afortunados con el sexo opuesto,   soñaban con la gloria deportiva, que traería consigo fama, dinero y… sobre todo mujeres, bellas mujeres ansiosas de estar con ellos.

Ese día, como ninguno otro, cuando hacían el diario recorrido, dos hermosas  mujeres les coquetearon abiertamente; realmente les parecieron bellísimas, creyeron  estar frente a las más hermosas del mundo. Se embriagaron del aroma de ellas,  la cabeza giraba y el mundo les pareció mucho más amable.

Se verían por la noche, les bastó la  sonrisa seductora, los ojos brillantes de promesa, los pechos turgentes  para convertirlas en un instante en las personas más importantes de toda la vida. La vida y sus prioridades  cambiaron en un abrir y cerrar  de ojos; por primera vez no entrenaron por la tarde; sólo esperaban ansiosos la hora de la cita.
La hora llegó, orgullosos iban a un antro de moda, del brazo de verdaderas mujeres, hermosas mujeres como nunca habían visto en su vida,  creían estar soñando, jamás  esperaron de la vida este regalo, se sentían en las nubes y por primera vez bebieron algunos tragos.

El efecto del  alcohol los excitaba y los volvía atrevidos, dos copas más y se ponían de acuerdo para ir a un lugar más íntimo, el  departamento de una de las mujeres. Allí seguirían la parranda y  por primera vez conocerían la completa felicidad, la plenitud de la vida, el olor y sabor de una mujer  de gran  clase y altura que nunca creyeron conocer.

En el departamento, las mujeres  los acariciaban tiernamente, sirvieron copas generosas y bebieron con avidez. Pronto el sopor se volvió insoportable, los ojos se cerraron y quedaron inconscientes.

Cuando despertaron, estaban en una cama quirúrgica, a dos metros de distancia. Patricio despertó, tardó minutos en despejarse y aclarar la cabeza y la vista. Cerca de él, en una mesa muy semejante, estaba su eterno compañero de correrías, lo rodeaban tres personas laboriosas en uniformes médicos; aguzó la vista para entender lo que ocurría y,  perplejo  vio la mano firme de uno de ellos abrir a su compañero desmayado, drogado o anestesiado; lo vio abrir sus entrañas y sacar del fondo de ella lo que parecían los riñones, el hígado, los pulmones y por último el corazón.

Quiso gritar, más nada pudo salir  de su garganta, no podía apartar la mirada del cuerpo destripado y vacío, que yacía sin vida en la mesa quirúrgica.

Los médicos ahora lo miraban fijamente, creyó encontrar  en esas miradas, la voracidad  de un buitre, terrible y hambriento. Se   acercaron como demonios; el que parecía el jefe, levantó el bisturí, el mismo que había cortado a su amigo, bajó el brazo firme  y cortó profundo con la maestría con que cortan lo cirujanos.
Leer más...

Entradas populares