viernes, 17 de junio de 2016

La leyenda del maniquí diabólico



Se le veía feliz, cobraría su segunda quincena, después de meses de vagar buscando empleo. De poner cara de muerto de hambre  a cada fulano engreído con posibilidad de emplearlo. Generalmente al ver su mendiga figura,  arrugaban el entrecejo; lo veían muy jodido y eso los molestaba y, sin decir más, casi lo corrían. Él se enfurecía y creía  que jamás conseguiría lo que buscaba: -¡Cómo me quieren ver cambiadito, si no tengo ni para comer!- pensaba y pateaba el suelo cuando se retiraba como perro apaleado.

Pero ahora tenía trabajo y la bonita credencial que lo acreditaba como velador de aquella inmensa tienda departamental. Se paseaba ufano por los largos pasillos, macana en mano y girándola con maestría; se paraba frente  a los espejo y sonreía satisfecho y orgulloso de su uniformada  figura  vigilante. Pensó en los dos vigilantes anteriores, pensó que debieron ser muy tontos  por abandonar un empleo así;  irse sin más ni más,  a su pueblo o a cualquier otro lugar, desapareciendo como si se los hubiera tragado la tierra.

Todo sería como una historia perfecta, el vigilando la tienda y cobrando sueldo por ello; un trabajo descansado y solitario. Pero algo lo incomodaba. Ese lugar, al final del pasillo, donde ese maniquí posaba quieto y sin vida.  Siempre mirando fijamente, posando en actitud retadora; los brazos levantados y al frente, los labios entre abiertos,  como si fuera a  decir algo.
Lo miraba inquieto, sin poder quitarle la vista de encima, rodeándolo se acercaba, y al acercarse, lo invadía la necesidad de tocarlo, de percibir  la blandura de la piel, y no el duro e inerte plástico con el  que fue moldeado. Estiraba el brazo, la mano y los dedos, pero  justo antes de tocarlo, la retiraba asustado, eso ocurría siempre, llevaba ocurriendo 14 días, 14 días que el corazón le  brincaba en el  pecho al ver al maniquí estremecerse y latir en la piel la sangre de la vida.

Se iba  corriendo, aterrorizado, mirando atrás para cerciorarse que el maniquí  permanecía en el mismo lugar y no lo perseguía como un zombi para devorar su cerebro. A lo lejos,  tras pesados estantes se detenía y vigilaba al maniquí, lo vigilaba por horas con la certidumbre de que en cualquier momento empezaría a moverse.

En el día 21, al acercarse al pasillo fatal, se detuvo renuente, nadie sabría que evadió la ruta de trabajo, nadie lo sabría, sin embargo, una fuerza superior, un morbo extraño lo impelía a seguir el  camino del maniquí; del que todavía no alcanzaba a vislumbrar el género. ¿Hombre o mujer?, no lo sabía, después de todo los demonios no tienen sexo y los muñecos menos.
Lo vio desde lejos, al final  del pasillo, lo vio en su actitud de siempre, pero precisamente esa inmovilidad, era lo que le revelaba el peligro;  esa quietud tenebrosa que inspiraba confianza, que lo invitaba a tocarlo, acercarse como a una indefensa cosa sin vitalidad. Con los días  había terminado por adivinar  la trampa, la emboscada tendida por el demonio metido dentro de esa cosa, esa forma humana  que ahora se negaba a nombrar. Un malvado Pinocho que cambiara la madera por el plástico y  por cuyas entrañas fluía la maldad; un Pinocho que se alimentaba de los guardias de aquel lugar, chupando  la vida ajena  de los nervios, los  huesos y la médula. Para que tal cosa ocurriera, necesitaba alimentarse de su cerebro, del jugoso cerebro que encierra el alma y la vida, sorbiéndolo vivo  como un exquisito néctar.
A pocos pasos de la fuente de su terror, comenzó a rodearlo, a mirarlo con más atención que nunca; quieto y sin vida, eso le pareció el maniquí; quieto y sin vida, igual que el material y la armazón que lo erguía. Sonrió de su estupidez, de sus miedos sin sentidos; como siempre alargó el brazo para tocarlo; ahora lo animaba la sensación de la falacia vivida por semanas enteras; del sueño recurrente de verlo estremecerse, mientras la sangre palpitaba por las venas  plásticas del muñeco.


Por primera vez lo tocó, acarició el rígido brazo, el hombro, y ahora la descolorida mejilla, e igualmente, por primera vez pudo verlo  de frente sin miedo y sin estremecimientos. Miraba  curioso  el rostro inerte, sin vida alguna, sin sangre ni nervios, coloreado por pinceles y pintura; palpaba ese rostro impávido y sin emociones, cuando las yemas de sus dedos notaron cierta tibieza y  una blandura semejante a la piel carnosa. Paralizado por el terror lo vio abrir los ojos y la boca torcida de cruel sonrisa y llena de dientes puntiagudos; fue lo último que pudo mirar, antes de que el monstruo  saltara  y le  hincara  los dientes en el cráneo, destrozándolo ferozmente, hasta dejar a la vista el tierno y blanco cerebro palpitando y rezumando los jugos de la vida.
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