viernes, 9 de septiembre de 2016

El tesoro enterrado.


Hace muchos años estuve al borde de la muerte. En el abandono total, sin familiares ni amigos cercanos, sentí que mi vida llegaba a su fin; la muerte me rondó y me tocó  llenándome de pavor y desesperación. Vivía solo, nadie acompañaba mi sueño febril, plagado de delirios y pesadillas. Una noche terrible de sudores y fiebres, busqué mi  más preciado tesoro. Un arcón de madera finamente labrada, herencia de mi abuelo y a su vez, de lejanos antepasados.

La primera vez que lo tuve entre mis manos y pude ver su contenido, me maravillé;  nunca fuimos pobres, más reiteradamente necesitábamos del crédito bancario y, ahora, entre mis manos tenía el pesado cofrecito repleto de valiosas monedas de oro, mucho más valiosas por su antigüedad, oro que fácilmente  hubiera aumentado considerablemente nuestro capital.

Yo hice prácticamente lo mismo, lo atesoré y no me atreví a gastar una sola moneda; mi vida solitaria, sin familia ni gente cercana, no necesitaba de nada más; guardé el tesoro familiar, siempre teniéndolo muy cercano. Así fue, hasta aquella noche que creí que moría. Lo cargué trabajosamente  y manejé mi camioneta por oscuro sendero,  hasta llegar a un paraje, conocido y predilecto para mi persona. Haciendo  gran esfuerzo  y a punto del desmayo caminé 30 pasos, 30 largos pasos al norte  del nacimiento rocoso de una vidriosa veta, me di media vuelta mirando el  ocaso y caminé  otros 30 pasos; fijando mi mirada vidriosa, giré media vuelta a la izquierda y cansadamente anduve 13 pasos por el boscoso y solitario lugar. Allí cavé, no sé cómo lo hice, me temblaba el cuerpo como azogado; pero aun así, cavé metro y medio de una tierra roja, donde metí mi tesoro, cubriéndolo de ramas, antes de echarle la tierra  y dejar el suelo como si nada hubiera pasado.

Eso fue hace muchos años, tanto que me hice más viejo de lo que ya era, porque no me morí, no me pude morir, y en vez de morirme  me llevaron muy lejos, tan lejos  que hasta la fecha no he podido regresar. Vagué por muchos lugares del mundo, con la  esperanza de volver  a mi rancho en Ocotlán,  en el mero  corazón del Toronjal, ya allí  agarrar el  camino de Cerro prieto y llegar  al claro donde se juntan los caminos, buscar la piedra veteada y sacar mi tesoro, el cofre que me heredó mi padre  como última voluntad que no voy a poder cumplir, dárselo al primero de mis hijos.



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Como oculté un cofre lleno de monedas de oro





hace muchos años, a punto de morir, enterré un valiosos tesoro, un cofre repleto de monedas de oro, tan valioso como  para  vivir tranquilamente y sin trabajar el resto de la vida. El caso es que enfermo me llevaron a curar al extranjero, lugar en el que he vivido muchos años y no he podido regresar.



Ahora quiero volver y rescatar el tesoro, el cofre con las monedas de oro.
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