miércoles, 22 de febrero de 2017

El levitador. . .



Miguel López siempre fue delgaducho, comía poco y apenas si hablaba. Los vecinos lo consideraban algo loco, gustaba hablar a solas, gesticular  como si recitara una oración o poesía.
Temprano salía, con una rutina monasterial,  partía cargando un viejo libro que, apenas tenía oportunidad releía ávidamente, pronunciando entre murmullos mantras  indescifrables para quienes tenían la mala fortuna de compartir  el transporte público con el estrafalario maestro de secundaria.

Al llegar al salón de clases, con seriedad marcial  e imponiendo disciplina, impartía  las lecciones a los alumnos; desgraciadamente, a veces las  ansias lo corroían  y volvía al viejo libro  y susurraba con una excitación escondida en lo más profundo de su ser.

El maestro López, así conocido por muchos carecía de amigo, pero siempre hay excepciones y los muy  pocos que conocían sus locuras, sabían que Miguel López guardaba en su casa montones de libros que trataban sobre la levitación.

Desde que tuvo uso de razón, desde que el gusano de la inquietud invadió su cerebro, tuvo la certeza que levitaría, y no levitaría como los santos que despegan la humanidad del suelo para volver a él como pesados  fardos, el levitaría como los ángeles, tendría la fuerza, el poder y la voluntad para dominar su vuelo y vagar por el aire con la ligereza de las aves.
Cogía libros raros, lleno de extraños garabatos que el interpretaba   y rezaba con gran energía interna, siempre esperando que el milagro de la levitación lo llevara por los aires. Cosa que no ocurría y los años pasaban y él se hacía cada día más viejo y más pesado; sus huesos se adherían a la tierra de la cual formaban parte, recordándole al maestro López que él nació de la tierra y que a ella volvería en breve.

Nada lo desanimaba, ni el paso impetuoso de los días, ni el fracaso diario de su empresa imposible.
Una noche, tras ligera cena de vegetales, había cogido un viejo libro y recitó las mágicas recetas. El maestro de 47 años leía extasiado sobre la ligereza de los huesos angelicales  y la carne magra y sin sustancia de las criaturas celestes.

Al despertar se sintió extraño, muy extraño, lo atribuyó a la cena de vegetales que debieron llenar  su estómago con bastantes gases. Se vistió y salió cargando  un  grueso y pesado  libro. En la parada de autobuses eructó y la fuerza del eructo lo lanzó hacía atrás y el viejo y grueso libro cayó de sus manos y se sintió ligero, tan ligero como nunca lo había estado en su vida; ahora un pedo lo elevó medio metro ante el azoro de la gente que lo vio alzarse por encima del suelo; una nueva sonora flatulencia lo situó a tres metros.
La gente gritaba asombrada,  Miguel López los veía desde lo alto y creyó verlos como gusanos arrastrándose por la tierra. Pronto el maestro López no era más que un punto en la lejanía azul de cielo; la gente con sus binoculares lo veía  perderse en las alturas al igual que los globos de helio. Cuando dejó de ser visible, el profesor desapareció para siempre.

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jueves, 9 de febrero de 2017

Cómo fui castigado por Dios.







Hace algunos años,  siendo un mozalbete de quince; bueno, realmente iba a cumplir mis dieciséis  primaveras en una ciudad pequeña de buenos modales de ciudadanos bien portados y respetuosos de las creencias y costumbres.

De entre todos los adolescentes, sobresalía mi particular forma de ser: disonante y ruidosa, majadero, burlón, petulante y engreído; manifiesto todos esos calificativos porque debo de haber sido bastante desagradable para algunas personas, quienes reprobaban mi comportamiento; también debo de agregar, no sé si en mi defensa o descargo que otros la aplaudían y festejaban, dándome ánimo para seguir y avivar mis mordaces comentarios, que yo consideraba fruto de la agudeza de mi ingenio.

Ufano escandalizaba a familiares y vecinos declarándome sin ambages ateo. ¡Incrédulo! me gritó en plena cara una vieja mujer de iglesias, furiosa por mis expresiones y agregando en el mismo tono: -¡Qué pecado cometería mi comadrita que lo está pagando contigo! Me reí a carcajadas de la expresión de angustia de la mujer que se marchó  santiguándose y pidiendo al cielo por mí.

Mis comentarios soeces herían como dardos la médula de la gente que me rodeaba, mi madre incapaz de darme una cueriza, achacaba mi comportamiento a la inmadurez.
Posiblemente no era para tanto, en una ciudad grande sería un chico modelo, no fumaba drogas ni bebía, pero llamaba a las cosas por su nombre más grosero, no respetaba las imágenes religiosas ni la fe y espiritualidad  de las personas místicas. Solía decir: -¡Doña Juana va todos los días a la iglesia!, reza mil padres nuestros, pero si le falta un centavo a Juanito el huérfano no le vende el cuarto de arroz para la cena. También solía decir de los asiduos de la iglesia, que eran personas dadas al chisme y sin quehacer.

Un día pusimos manos a la obra y un enjambre de abejas africanas, picó tanto a las personas de la iglesia que salieron despavoridas, desafortunadamente un sujeto en silla de ruedas fue a dar al hospital de tantos piquetes. Esta ruin acción la  guardamos en secreto, sabíamos las terribles consecuencias de nuestras acciones.

Un viernes, un día antes de mi cumpleaños, organizábamos un viaje a la playa para festejarlo, mi madre y mis hermanas afinaban los detalles que nos llevarían a pasar un delicioso día. Todo iba bien, hasta que a mi hermana se le ocurrió comentar: -Si Dios quiere mañana nos vamos temprano. Torcí el gesto en brutal sonrisa, parecía que estaba esperando ese desliz para abrir satisfecho la boca y decir: ¡Y si no quiere también!  Todos callaron, una de ellas se atrevió a decirme: -¡Hay Juan, como eres, te va a castigar Dios!- ¡Que  me castigue!- le dije ufano.

Por la mañana, antes de marchar a la playa, para festejar detoné un gran cohetón que me regalara un amigo, este me voló los cinco dedos y una astilla me dejó tuerto.  Como habrán adivinado, no pude ir a la playa y festejar mi cumpleaños. Todos han de esperar que me arrepintiera y me moderara, por el contrario, en mi pecho guardó un profundo enojo; creo en Dios, pero no estoy contento con lo que me hizo
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