jueves, 9 de febrero de 2017

Cómo fui castigado por Dios.







Hace algunos años,  siendo un mozalbete de quince; bueno, realmente iba a cumplir mis dieciséis  primaveras en una ciudad pequeña de buenos modales de ciudadanos bien portados y respetuosos de las creencias y costumbres.

De entre todos los adolescentes, sobresalía mi particular forma de ser: disonante y ruidosa, majadero, burlón, petulante y engreído; manifiesto todos esos calificativos porque debo de haber sido bastante desagradable para algunas personas, quienes reprobaban mi comportamiento; también debo de agregar, no sé si en mi defensa o descargo que otros la aplaudían y festejaban, dándome ánimo para seguir y avivar mis mordaces comentarios, que yo consideraba fruto de la agudeza de mi ingenio.

Ufano escandalizaba a familiares y vecinos declarándome sin ambages ateo. ¡Incrédulo! me gritó en plena cara una vieja mujer de iglesias, furiosa por mis expresiones y agregando en el mismo tono: -¡Qué pecado cometería mi comadrita que lo está pagando contigo! Me reí a carcajadas de la expresión de angustia de la mujer que se marchó  santiguándose y pidiendo al cielo por mí.

Mis comentarios soeces herían como dardos la médula de la gente que me rodeaba, mi madre incapaz de darme una cueriza, achacaba mi comportamiento a la inmadurez.
Posiblemente no era para tanto, en una ciudad grande sería un chico modelo, no fumaba drogas ni bebía, pero llamaba a las cosas por su nombre más grosero, no respetaba las imágenes religiosas ni la fe y espiritualidad  de las personas místicas. Solía decir: -¡Doña Juana va todos los días a la iglesia!, reza mil padres nuestros, pero si le falta un centavo a Juanito el huérfano no le vende el cuarto de arroz para la cena. También solía decir de los asiduos de la iglesia, que eran personas dadas al chisme y sin quehacer.

Un día pusimos manos a la obra y un enjambre de abejas africanas, picó tanto a las personas de la iglesia que salieron despavoridas, desafortunadamente un sujeto en silla de ruedas fue a dar al hospital de tantos piquetes. Esta ruin acción la  guardamos en secreto, sabíamos las terribles consecuencias de nuestras acciones.

Un viernes, un día antes de mi cumpleaños, organizábamos un viaje a la playa para festejarlo, mi madre y mis hermanas afinaban los detalles que nos llevarían a pasar un delicioso día. Todo iba bien, hasta que a mi hermana se le ocurrió comentar: -Si Dios quiere mañana nos vamos temprano. Torcí el gesto en brutal sonrisa, parecía que estaba esperando ese desliz para abrir satisfecho la boca y decir: ¡Y si no quiere también!  Todos callaron, una de ellas se atrevió a decirme: -¡Hay Juan, como eres, te va a castigar Dios!- ¡Que  me castigue!- le dije ufano.

Por la mañana, antes de marchar a la playa, para festejar detoné un gran cohetón que me regalara un amigo, este me voló los cinco dedos y una astilla me dejó tuerto.  Como habrán adivinado, no pude ir a la playa y festejar mi cumpleaños. Todos han de esperar que me arrepintiera y me moderara, por el contrario, en mi pecho guardó un profundo enojo; creo en Dios, pero no estoy contento con lo que me hizo
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