Lecturas

Algonquinos
Las notas que Antonio de Alcedo aporta respecto a cuestiones de geografía, historia, etnología, climatología, etc. del continente americano, son de gran valor no sólo por la información fidedigna que contienen según ese momento, sino también por ofrecer la visión que sobre estas cuestiones tenía un ilustrado español de la segunda mitad del siglo XVIII.
Fragmento de Diccionario geográfico-histórico de las Indias occidentales o América.
De Antonio de Alcedo.
ALGONQUINENSES, Nacion de Indios Salvages, habitadores de una parte del Canadá; están continuamente en guerra con los Iroqueses; su idioma se puede mirar como madre de todas las demas de aquel Pais, que se diferencian muy poco, y el que lo hable puede viajar fácilmente por todo él.
Fuente: Alcedo, Antonio de. Diccionario geográfico-histórico de las Indias occidentales o América. 5 vols. Madrid: Imprenta de Benito Cano, 1786-1789.


Anansi
Anansi es una araña que protagoniza una serie de fábulas africanas. Conozca la historia de este personaje a través del siguiente texto.
Anansi
Anansi es una araña que forma parte de un grupo de fábulas del folclore africano, como la liebre bantú, la tortuga de Benín y Nigeria o el hombre pícaro de los zulúes y de Tanzania. Anansi es exclusiva de Ghana, Liberia y Sierra Leona. Los pícaros siempre son criaturas perdedoras de menor estatura pero superior inteligencia que sus oponentes, por lo general, lentos de ingenio, pero trabajadores. También son glotones, engolados e inmorales. A veces el pícaro resulta ser un personaje admirable, pero en general, cualquier acción de consecuencias positivas que realice lo hace sin darse cuenta, como cuando roba la sabiduría y la derrama por todo el mundo.
Anansi aparece a menudo como una diabólica enemiga del dios del cielo, el sol, a quien roba sus historias o engaña dejando que la enfermedad se extienda por el mundo. En este caso recuerda al pícaro dios maligno Eshu de los yoruba y al dios egipcio Seth. Sin embargo, en uno de estos cuentos, Anansi pasa del anonimato a ser mano derecha de dios, gracias a la astucia de cambiar, tras varios engaños, una mazorca de maíz por cien esclavos. Pero una vez humillada, empequeñecida y reducida a pedazos por el rey, se esconde avergonzada por los rincones tras ser engañada por el camaleón.





Añoranza
De vida desgraciada y anhelante, Isaacs supo encontrar en la literatura la expresión de su incurable nostalgia por lo perdido.
“Duerme”.
De Jorge Isaacs.
–No duermas, suplicante me decía,
escúchame.... despierta,–
Cuando haciendo cojín de su regazo,
soñándome besarla, me dormía.
Más tarde ¡horror! En convulsivo abrazo
la oprimí al corazón.... rígida, y yerta!
En vano la besé –no sonreía;
en vano la llamaba –no me oía;
la llamo en su sepulcro y no despierta!
Fuente: Nervo, Amado. Lecturas literarias. París: Librería de la Vda. de C. Bouret, 1918.



Araucanos
Las notas que Antonio de Alcedo aporta respecto a cuestiones de geografía, historia, etnología, climatología, etc. del continente americano, son de gran valor no sólo por la información fidedigna que contienen según ese momento, sino también por ofrecer la visión que sobre estas cuestiones tenía un ilustrado español de la segunda mitad del siglo XVIII.
Fragmento de Diccionario geográfico-histórico de las Indias occidentales o América.
De Antonio de Alcedo.
ARAUCANOS, Nacion bárbara de Indios del Reyno de Chile, que habita al S del rio Biobio, en las montañas de los Andes, y se dilata por las llanuras; son enemigos implacables de los Españoles, que no han podido nunca reducirlos ni sujetarlos, para evitar los muchos estragos que han hecho varias veces en todo aquel Reyno con sus invasiones, sorprendiendo las Ciudades, las Fortalezas y las campañas, sin perdonar la vida á ningun Español; pero reservando las mugeres de estos para su uso, como executáron el año de 1599 y el de 1720: son infieles y traidores; pero de un valor y resolucion increible. La primera paz que se hizo con ellos, perdida la esperanza de reducirlos, para evitar estos males, fué el año de 1641, siendo Presidente, Gobernador y Capitan General del Reyno Don Francisco de Zúñiga, Marques de Baydes, Conde del Pedroso: en 1650 se concluyó segunda vez otra paz, que rompiéron poco despues como la primera: ántes de la sublevacion del 1720 habian formado los Misioneros Jesuitas con increibles trabajos y peligros cinco Pueblos grandes de estos Indios; pero se perdió todo el fruto con aquella revolucion; y se volviéron á restablecer en la tercera paz de 1724, hasta el de 1767 que se deshiciéron: comercian con los Españoles, cambiando sus manufacturas de lana y caballos, tan hermosos como los de Andalucía, por vino, hierro y quinquillería. No tienen Gefe ni Cabeza que los gobierne; toda la autoridad militar reside en los ancianos, á quienes respetan todos como á padres de la nacion, y de ellos elijen en tiempo de guerra un General ó Caudillo, á quien llaman Toquil, y es el árbitro de la guerra y de la paz; sus exércitos se forman de todas las tribus que convocan con el mayor sigilo, y se dividen en Caballería é Infanteria; su primer ataque es terrible, especialmente de la primera: tienen algunas armas de fuego y corte; pero la principal y mas comun es una lanza larga y gruesa, que manejan con mucha destreza: son robustos, hermosos y liberales; pero muy dados á la embriaguez y sensualidad; no obstante, así los hombres como las mugeres visten honestamente á su moda. Para precaverse los Españoles de sus invasiones han construido algunas fortalezas en los confines, guarnecidas con tropa y artillería, en cuyo distrito celebran una vez al año una especie de mercado, á que concurre el Presidente de Chile, y los ancianos de aquellos Indios para ratificar los tratados de paz, y aquel Gefe les hace en nombre del Rey varios regalos de hierro, vino y telas de varios colores; el número de estas gentes es muy considerable, así por la poligamia, como porque el clima contribuye á la propagacion; tienen en su distrito minas abundantes de oro finísimo; pero no las trabajan.
Fuente: Alcedo, Antonio de. Diccionario geográfico-histórico de las Indias occidentales o América. 5 vols. Madrid: Imprenta de Benito Cano, 1786-1789.




Avalón
Conozca la historia de Avalón, isla mítica de las leyendas celtas.
Avalón
Avalón (en galés Avallach), que significa ‘tierra de las manzanas’, es el nombre de la mítica isla de los Santos en las leyendas célticas y, especialmente, en las artúricas (véase Leyenda del rey Arturo). Las manzanas simbolizan la eterna juventud que aguarda a los héroes vencedores, entre los que se encuentra el rey Arturo, el cual, mortalmente herido, fue embarcado por mujeres llorosas y encapuchadas de negro, entre ellas la hechicera Morgana y Nimue. Avalón tiene un aspecto propio del ideal cortesano femenino y se relaciona con el mito céltico más antiguo de la tierra de las mujeres. Se dice que Arturo fue curado en Avalón, y muchos seguidores profetizaron su regreso. Su última acción fue convencer a Bedivere para que se deshiciera de la espada Excalibur, que también fue forjada en Avalón.
El primer relato literario de esta historia aparece en la Vida de Merlín, escrita por Godofredo de Monmouth en el siglo XII; aquí Avalón aparece influenciado por el Elíseo, la “isla de la felicidad” clásica, y el “Paraíso” de Erín, de los celtas. El mito de Avalón pertenece a la tradición literaria del immran, o viaje a las islas, que incluye El viaje de Bran (700?) y el Navigatio Sancti Brendani (900?-920), una mezcla de geografía y mitología.
Posiblemente a finales del siglo XII, y sin duda en la misma época en que Thomas Malory escribió La muerte de Arturo (1469-1470), el valle de Avalón fue asociado con Glastonbury —donde se dice que san José de Arimatea llevó el Santo Grial en el año 63— para mayor prosperidad de su abadía.





Azul...
El libro Azul... de Rubén Darío supone la renovación de la letras hispanas a través del modernismo. En el poema “Estival”, la descripción de “la tigre de Bengala” muestra en qué consiste su aventura innovadora: el poema es un cuadro plástico, una narración poemática, como puede verse en el siguiente fragmento.
Fragmento de “Estival”, de Azul...
De Rubén Darío
La tigre de Bengala,
con su lustrosa piel manchada a trechos
está alegre y gentil, está de gala.
Salta de los repechos
de un ribazo al tupido
carrizal de un bambú; luego a la roca
que se yergue a la entrada de su gruta.
Allí lanza un rugido,
se agita como loca
y eriza de placer su piel hirsuta.

La fiera virgen ama.
Es el mes del ardor. Parece el suelo
rescoldo; y en el cielo
el sol, inmensa llama.
Por el ramaje obscuro
salta huyendo el canguro.
El boa se infla, duerme, se calienta
a la tórrida lumbre;
el pájaro se sienta
a reposar sobre la verde cumbre.

Siéntense vahos de horno;
y la selva indiana
en alas del bochorno,
lanza, bajo el sereno
cielo, un soplo de sí. La tigre ufana
respira a pulmón lleno,
y al verse hermosa, altiva, soberana,
le late el corazón, se le hinche el seno.

Contempla su gran zarpa, en ella la uña
de marfil; luego toca
el filo de una roca,
y prueba y lo rasguña.
Mírase luego el flanco
que azota con el rabo puntiagudo
de color negro y blanco,
y móvil y felpudo;
luego el vientre. En seguida
abre las anchas fauces, altanera
como reina que exige vasallaje;
después husmea, busca, va. La fiera
exhala algo a manera
de un suspiro salvaje.
Un rugido callado
escuchó. Con presteza
volvió la vista de uno y otro lado.
Y chispeó su ojo verde y dilatado
cuando miró de un tigre la cabeza
surgir sobre la cima de un collado.
El tigre se acercaba.
Fuente: Darío, Rubén. Páginas escogidas. Edición de Ricardo Gullón. Madrid: Cátedra, 1989.



Banshee
La banshee es un personaje del folclore gaélico cuyo cometido es anunciar malas noticias. Conozca la historia de este personaje legendario en el siguiente texto.
Banshee
En la mitología celta irlandesa, la banshee es un ser sobrenatural que con sus lamentos anuncia desgracias o la muerte. Su nombre procede del irlandés Bean Sidhe, 'señora de las hadas' o 'mujer de las colinas'. Asimilada a las hadas, la dirige Aine, supuesta protectora tanto de los muertos que viajan al infierno como del feto en la matriz. Sin embargo, Aine es solo un modelo para las banshees, ya que ella es en realidad una banside, es decir, 'una reina' del infierno, donde, igual que otros dioses, bajaron durante los tiempos cristianos para convertirse en hadas. Se dice que Aine reunió a las banshees de toda Irlanda hace muy poco tiempo, en 1938, después de las excavaciones arqueológicas de Lough Gur, cementerio que hasta entonces era conocido como hogar de fantasmas. La leyenda asegura que si una persona enferma, a la que todavía no ha curado la luz de la luna en Lough Gur, oye el llanto de la banshee, sabe que se acerca la muerte. De hecho, en el siglo XIX se suponía que las banshees acudían a las casas de los moribundos y que su llanto y el de las plañideras se hacían eco entre sí.





Blancaflor
Conozca la historia de Blancaflor, personaje de varios cuentos populares de la tradición española.
Blancaflor
Heroína de cuentos tradicionales españoles que se caracteriza por su metamorfosis en paloma blanca, Blancaflor normalmente aparece acompañada por dos hermanas que también pueden tener apariencia humana o de ave. Las tres son hijas del diablo o de un gigante. Su función es de colaboradora del protagonista masculino, a quien hace salir airoso de pruebas difíciles. En algunas versiones de los cuentos en los que aparece, suele haber una cajita que contiene una pluma suya que sirve para devolver la vida a los muertos queridos o para que recupere su cuerpo de ave si aparece de repente alguien en su presencia. Ligada con la magia, se la asocia con la hechicera de la mitología griega Medea. La figura se remonta a una tradición mítica que abarca un cuento indio del siglo XI y varios clásicos griegos y latinos. Blancaflor también es el nombre de la protagonista femenina de una novela sentimental titulada Flores y Blancaflor.



Bran
Conozca la historia de Bran, personaje legendario de la mitología celta.
Bran
A Bran, hijo de Febal, dios humanizado de la mitología celta, se le confunde a menudo con Bran el Bendito, un perro inmensamente fuerte e inteligente que tiene el mismo origen. En Immran Brain (El viaje de Bran), manuscrito del siglo VIII que se conserva en el monasterio de Bruin Snechta, el Bran irlandés es un arquetipo del hombre mortal atraído al mundo de las hadas por una bella diosa. Mientras pasea cerca de su fortaleza en la costa occidental de Irlanda, Bran queda encantado y dormido por una bella canción; al despertar encuentra una rama de manzano a su lado. Esa noche, la diosa vuelve a su encuentro, le habla sobre el mundo de las hadas y le entrega la rama. Decidido a encontrar la tierra de las hadas, Bran reúne a sus tres hermanos adoptivos y a 27 guerreros y se embarcan en un viaje por el mar cuyos momentos culminantes son la llegada a la isla de la Risa y el encuentro con el dios del mar Manannán mac Lir montado en una carroza. Alcanzan la isla de las Hadas y se encuentran con la diosa. Cada guerrero vive con su hada preferida durante un año, hasta que un miembro de la tripulación convence a Bran de volver a Irlanda. Antes de partir son advertidos del tiempo engañoso del mundo de las hadas y del envejecimiento instantáneo que experimentarán a la vuelta. A pesar de todo, regresan, pero cuando el primer miembro de la tripulación salta a tierra firme se convierte en polvo. Bran deja testimonio de su historia y vuelve hacia lo desconocido.



Caballero
El escritor romántico alemán Friedrich von Schiller recupera la figura medieval del caballero, su participación en las Cruzadas y uno de los motivos constantes de la lírica cortesana: el culto de la dama, así como la interrelación de las imágenes del amor y de la muerte.
“El caballero Toggenburg”
De Friedrich von Schiller.
«Caballero, amor de hermana
fiel os da mi corazón;
no pidáis otros amores;
y no me inflijáis dolor.
Puédoos ver venir serena,
y serena ver partir;
vuestras lágrimas calladas
comprender no es dado á mí.»
Entre angustia muda lo oye;
se desprende en pena cruel;
fuerte estréchala en el pecho,
se alza sobre su corcel.
Á los suyos todos llama
en la helvética región;
y cruzados todos marchan
al sepulcro del Señor.
Grande lucha de los héroes
al acero crudo allí:
su penacho al viento ondea
por la muchedumbre hostil.
Y, de Toggenburg al nombre,
se estremece el musulmán;
mas su corazón no logra
de sus penas aliviar.
Ya lo ha tolerado un año,
y no lo tolera más;
alcanzar quietud no puede:
deja la labor marcial.
En la rada ve de Jope
velas un bajel izar;
torna en él al caro suelo,
donde ella alentando está.
Peregrino, del castillo
á la puerta fué á tocar:
¡Ay! con voces cual de trueno,
ábrese: «La que buscáis
Encubrióse ya en el velo;
con el cielo se enlazó;
ayer celebróse el día
que la desposó con Dios.»
Y abandona para siempre
su castillo: su solar;
no ve más ya su armadura,
ni su fiel bridón ve más.
Desde el burgo de los Toggen
baja ignoto; que un sayal,
hecho en crin entretejida,
cúbrele la noble faz.
Y fabrícase una choza
inmediata á la región
do el convento se destaca:
densos tilos en redor.
Solitario allí sentado,
desde el alba al tardecer,
él se estaba, el rostro lleno
de esperanza, entre mudez.
Al convento allá miraba
largas horas sin cesar:
de su amada á la ventana,
hasta su cristal sonar;
Hasta parecer la amable,
hasta descender al val
su adorable, dulce sombra,
placentera, angelical.
Luego ledo se dormía,
se dormía en el solaz,
en la tácita alegría
de ver ya la luz tornar.
Tal mirara largos días,
largos años tal miró,
sin dolor y sin lamento,
hasta que el cristal sonó;
Hasta parecer la amable,
hasta descender al val
su adorable dulce sombra,
placentera, angelical.
Así, muerto, una mañana
todavía se le ve:
con el rostro á la ventana,
lívido, la paz en él.
Fuente: Jünemann, Guillermo. Antología universal. Friburgo: Herder, 1910.




Caballos
Los restos que se tienen de los primeros caballos domesticados datan de hace aproximadamente 6.000 años y fueron encontrados en las estepas del norte del Mar Negro y del Mar Caspio, en Ucrania, Rusia y Kazajstán. Estos animales se domesticaron al principio para obtener carne y abrigo, más tarde se empezaron a utilizar para tirar de ciertos vehículos y como montura.
El caballo salvaje evolucionó en las llanuras de América del Norte y, más tarde, pasó desde allí a Eurasia y a América del Sur. Vivió en el continente americano hasta hace aproximadamente 8.000 años, cuando se extinguió, probablemente como resultado de su caza masiva por parte de los humanos. Los conquistadores españoles del siglo XVI volvieron a llevar el caballo en su vertiente doméstica al Hemisferio occidental, donde las poblaciones indígenas lo adoptaron rápidamente. Los rebaños salvajes, descendientes de los animales traídos por los españoles, se instalaron rápidamente en las mismas praderas, campos y pampas que unos cuantos milenios antes habían servido de pasto a los caballos salvajes.
Hoy en día se crían caballos sobre todo para emplearlos como animales de carga, tirar de carros, carretas, arados y trineos, hacer girar molinos y norias de agua, servir de monturas y transportar cargas. Algunos pueblos todavía comen carne de caballo y beben leche de yegua. De estos animales se obtienen pieles, pelo, pegamentos, comida para mascotas y otros productos. Durante este siglo la población de caballos ha descendido vertiginosamente ya que la aparición de tractores, automóviles y otros vehículos de motor los ha desplazado en los países desarrollados.



Calíope
Goethe no es solo el autor de obras tan esenciales como Las desventuras del joven Werther y Fausto. En la deliciosa epopeya idílica Hermann y Dorotea brilla su intensa inspiración poética.
Fragmento de Hermann y Dorotea.
De Wolfgang von Goethe.
Calíope.
Infortunio y Compasión.
«Nunca vi la plaza y calles
tan desiertas. Cual barrido,
cual si muerto, el pueblo está.
Ni cincuenta almas, en todo,
han quedado me parece.
¡Ley de la curiosidad!
¡Cómo todos á porfía
y en tropel ahora corren
de los pobres expatriados
á mirar el tren penoso!
Una horita, nada menos,
hay de aquí á la carretera,
por do va. Y tan lejos corren
entre polvo y resistero.
Yo no diera un solo paso
para lástimas de gentes
buenas fugitivas ver;
quienes ahora con la hacienda
que salvaron, vienen tristes,
por entre el feliz recodo
de este rico valle y curvas,
á nosotros, de su tierra,
bella tierra transrenana.
Bien, muy bien, mujer, has hecho
en mandar caritativa
al hijo con lienzo viejo
y alguna vianda y bebida,
para aquellos desgraciados;
que deber del rico es dar.
¡Qué cochero es el muchacho!
¡Cómo sofrena los potros!
Lindo el cochecillo nuevo
se ve: holgados caben cuatro
y el cochero en el pescante.
Esta vez solo ha partido:
¡cuál dobla veloz la esquina!»
Así, plácido, sentado
de su casa en el portón
de la plaza á par, el huésped
de León de Oro á su mujer.
Y la cuerda hembra juiciosa:
«Padre, dar el lienzo usado
no me agrada: sirve mucho,
y cuando se necesita,
no se compra por dinero.
Mas hoy con el alma toda
muchas piezas aun flamantes
di de fundas y camisas;
pues de niños y de viejos
que desnudos van, que hablaban.
Pero ¿me perdonarás?
que también fué saqueado
tu ropero. Y sobre todo,
tu bata, de índicas flores,
y del más fino cotón,
forrada en franela fina,
la di: vieja es, y delgada
y reñida con la moda.»
Mas el excelente padre
sonrióse: «La echo menos,
sin embargo, esa mi bata
de cotón índico puro:
ya no se hace tela tal.
Bien está: ya no la usaba.
Hoy !claro! se exige al hombre
que jamás el sobretodo,
se despinte ni el jubón
ni la bota; las pantuflas
desterráronse y la gorra.»
«Mira allá», la mujer dice,
«cómo alguno ya regresan
que á los emigrantes vieron:
de pasar acabarían.
Ved, ¡qué polvoriento traen
el calzado todos! ¡Cómo
sus semblantes fuego espiran!
Cada cual el sudadero
tiene en la mano y se enjuga
el sudor del rostro. Tanto
no anduviera yo tampoco,
en tan caluroso día,
para mirar semejante
espectáculo y sufrir.
En verdad, á mí me basta
con lo que se cuenta de él.»
Y el buen padre con voz grave:
«Rara vez tal tiempo ha hecho
para tal cosecha: el grano
bajo techo lograremos
seco guardar; cual logramos
el heno guardar. El cielo
cristalino está; ninguna
nubecilla en él se ve.
Del oriente sopla el viento
con gratísimo frescor.
Éste sí que es tiempo firme.
Los cereales muy maduros
ya están: mañana empezamos
á segar la rica mies.»
Mientras hablaba, crecía
más y más la turba de hombres
y mujeres que volvían
por la plaza; en la otra acera
llegaba también de allá
con sus hijas presuroso
el vecino acaudalado,
mercader mayor del pueblo.
En su restaurada casa
se detuvo en su carruaje
abierto –en Landau lo hicieron.
Animáronse las calles;
que la pequeña ciudad
era populosa. En ella
muchas fábricas vivían,
y vivía industria mucha.
Amigable la pareja,
en el corredor sentada,
departía en son alegre
sobre el retornante pueblo.
Dijo al fin la digna esposa:
«Ve, viene el predicador;
y el vecino boticario
viene con él: ellos todo
contaránnos cuanto han visto
cosas no alegres de oir.»
Aproximáronse afables
aquéllos á los consortes,
saludáronlos y en bancos
se sentaron de madera;
despolvorenado la planta
y abanándose la faz
con el pañuelo. Primero,
tras de los aludos mutuos,
dijo el boticario, casi
con disgusto: «Así los hombres
á fe son é iguales todos:
todos gustan de mirar,
embobados, cuando coge
al vecino una desgracia.
Cada cual á ver el fuego
del voraz incendio corre;
corre al pobre criminal,
cuando al triste se ajusticia.
Cada cual pasea ahora
de los buenos expatriados
á mirar el contratiempo;
y ninguno reflexiona
que fortuna semejante
puede herirle á él mismo en breve
ó más tarde por ventura.
Fuente: Jünemann, Guillermo. Antología universal. Friburgo: Herder, 1910.



Camelot
En el siguiente texto encontrará información sobre Camelot, la legendaria corte del rey Arturo.
Camelot
En la leyenda del rey Arturo, Camelot es el nombre del castillo y de la corte de Arturo, rey semilegendario de los británicos. En el ciclo artúrico, Camelot es el centro social, administrativo, militar y religioso de las actividades. En este lugar mítico se congregaban los caballeros de la tabla redonda, las damas de la corte y otros súbditos del rey para celebrar fiestas y ceremonias, organizar planes e iniciar sus aventuras amorosas. De Camelot salieron los caballeros del rey Arturo en busca del Santo Grial, el cáliz sagrado que usó Jesucristo en la Última Cena.
Camelot es mencionado por primera vez en la obra de finales del siglo XII Lancelote en prosa o El caballero de la carreta, de Chrétien de Troyes. Los poemas franceses posteriores a este describen Camelot como un magnífico castillo situado en las proximidades o dentro de una ciudad, rodeado de llanuras y al lado de un bosque. Rara vez proporcionan información más detallada sobre su apariencia o localización. En lo que sí coincide la crítica actual es en considerar a Camelot como el lugar mítico del honor, la gloria y la justicia.



Canek
Canek, la historia y leyenda de un héroe maya, es una obra poética en prosa que narra la vida de un indio del Yucatán que ama a los débiles y odia a los poderosos. En su lucha contra la injusticia, termina liderando a su pueblo en rebelión y muere ajusticiado. En “La doctrina”, de la que hemos extraído las ocho primeras enseñanzas, Canek reflexiona y sentencia algunas de las verdades más obvias sobre los hombres blancos y los indios mayas, auténticos dueños de su historia y de su destino.
Fragmento de Canek.
De Ermilo Abreu Gómez.
La doctrina.
1
Canek dijo:
—Hoy día los blancos celebran la fiesta de la fundación de su ciudad edificada entre los cerros de la antigua T-Hó. Nosotros debemos recordar también las historias de nuestras ciudades ocultas. Así debemos recordar, en la intimidad de nuestro corazón, que cuando vino el tiempo bueno fue revelado el misterio de la ciudad de Chichén Itzá; abandonada después de muchos soles.
2
Canek dijo:
—Los hombres blancos no saben de la tierra ni del mar ni del viento de estos lugares. ¿Qué saben ellos si noviembre es bueno para quebrar los maizales? ¿Qué saben si los peces ovan en octubre y las tortugas en marzo? ¿Qué saben si en febrero hay que librar a los hijos y a las cosas buenas de los vientos del sur? Ellos gozan, sin embargo, de todo lo que producen la tierra, el mar y el viento de estos lugares. Ahora nos toca entender, cómo y en qué tiempo debemos de librarnos de este mal.
3
Canek dijo:
—Los blancos hicieron que estas tierras fueran extranjeras para el indio; hicieron que el indio comprara con su sangre el viento que respira. Por esto va el indio, por los caminos que no tienen fin, seguro de que la meta, la única meta posible, la que le libra y le permite encontrar la huella perdida, está donde está la muerte.
4
Canek dijo:
—Es bueno saber cuán diferente es la necesidad del indio y la necesidad del blanco. Al indio le basta para su sustento un cuartillo de maíz; al blanco no le basta un almud. Se debe esto a que el indio come y bendice su tranquilidad, mientras el blanco come y, desasosegado, guarda todo lo que puede para mañana. El blanco no sabe que una jícara no lleva más agua que el agua que señalan sus bordes. La demás se derrama y se desperdicia.
5
Canek dijo:
—Si te fijas puedes conocer la naturaleza y la intención de los caminantes. El blanco parece que marcha; el indio parece que duerme. El blanco husmea; el indio respira. El blanco avanza; el indio se aleja. El blanco quiere poder; el indio, descanso.
6
Canek dijo:
—Nosotros somos la tierra; ellos son el viento. En nosotros maduran las semillas; en ellos se orean las ramas. Nosotros alimentamos las raíces; ellos alimentan las hojas. Bajo nuestras plantas caminan las aguas de los cenotes, olorosas a las manos de las vírgenes muertas. Sobre ellas se despeñan las voces de los guerreros que las ganaron. Nosotros somos la tierra. Ellos son el viento.
7
Canek dijo:
—El futuro de estas tierras depende de la unión de aquello que está dormido en nuestras manos y de aquello que está despierto en las de ellos. Mira a ese niño: tiene sangre india y cara española. Míralo bien: fíjate que habla maya y escribe castellano. En él viven las voces que se dicen y las palabras que se escriben. No es ni de la tierra ni del viento. En él, la razón y el sentimiento se trenzan. No es de abajo ni de arriba. Está donde debe estar. Es como el eco que funde con nuevo nombre, en la altura del espíritu, las voces que se dicen y las voces que se callan.
8
Canek dijo:
—Los señores son rojos. Ellos dicen que son blancos. Los señores son rojos. Son rojos como la mancha del Oriente que los trajo; como el fuego que brota de sus manos; como el oro que se enciende y se arisca en sus barbas; como la palabra que estalla en sus bocas; como las llagas de sus dioses; y como el grito de las vírgenes que desgarran, sin advertir que son avecillas ciegas. Los señores son rojos.
Fuente: Abreu Gómez, Ermilo. Canek. México: Oasis, 1973.



Carmen
Este fragmento pertenece a la sinopsis argumental de la ópera Carmen, una de las obras más célebres del compositor francés Georges Bizet. Se trata de una pieza cómica en cuatro actos con libreto de Ludovic Halévy y Henri Meilhac basada un relato de Prosper Mérimée. Se estrenó sin gran éxito en la Opéra-Cómique de París el 3 de marzo de 1875.
Fragmento de Carmen.
Edición de Alberto González Troyano.
Sinopsis argumental.
ACTO PRIMERO
Plaza de Sevilla. A un lado la Fábrica de Tabacos, en otro, entrada a un cuerpo de guardia del Regimiento de Alcalá. El cabo Morales y los soldados charlan y miran a los paseantes. Se acerca, con timidez, una joven, Micaela, vestida con un traje tradicional de Navarra. Pregunta por don José. Morales le informa que no estará hasta el relevo de la guardia y pretende retenerla. Micaela lo rechaza y le indica que volverá más tarde. Llega don José con la guardia entrante, acompañados todos por un grupo de niños que imitan el desfile de los soldados. Morales informa a don José de la visita de Micaela. Tras el relevo, el teniente Zúñiga pregunta a don José por el comportamiento de las cigarreras que trabajan en la Fábrica. La campana interrumpe la conversación y las cigarreras salen a la plaza. La aparición de Carmen es bien acogida por todos. Canta su Habanera y coquetea. Le dirige unos comentarios irónicos a don José. Don José se mantiene retraído y Carmen le lanza una flor de casia. Suena nuevamente la campana y se recogen las cigarreras. Regresa Micaela y transmite a don José un mensaje de su madre y un beso. Su madre, en una carta, le pide que se case con Micaela. Al marcharse ésta, don José se promete a sí mismo cumplir el deseo de su madre. Se oyen gritos de mujeres, las cigarreras salen bulliciosamente y rodean al teniente Zúñiga para explicarle lo sucedido. En una disputa Carmen ha herido a otra cigarrera en la cara. Don José, enviado por Zúñiga, detiene a Carmen. Al quedarse solos don José y Carmen, antes de que éste la conduzca a la prisión, Carmen trata de seducirlo y le promete, si la deja en libertad, reunirse con él en la taberna de Lilas Pastia en Triana. Don José seducido y visiblemente enamorado ya de Carmen, se deja empujar mientras se dirige con ella a la cárcel. Ella escapa.
ACTO SEGUNDO
Taberna de Lilas Pastia. Carmen, Frasquita y Mercedes bailan y beben con algunos militares, entre ellos, Morales y Zúñiga. Ante la hora del cierre, el tabernero invita a los presentes a marcharse. Carmen conversa con Zúñiga y se entera de que don José ha sido degradado por haberle facilitado la fuga, y tras haber estado encarcelado, está de nuevo en libertad. Llega a la taberna Escamillo, famoso torero de Granada. Se suceden los brindis entre Zúñiga y Escamillo. Este promete brindarle a Carmen la muerte de su próximo toro y parece seducido por sus encantos. El teniente Zúñiga también pretende conseguir a Carmen y le indica, al marcharse, que va a volver. Dancaire y Remendado, contrabandistas ambos, piden a las mujeres que están en la taberna, una vez que todos se han marchado, que colaboren con ellos en un golpe que tienen previsto. Carmen se niega porque espera a don José. Este acude en esos momentos a la cita que ella le prometiera el día que le permitió fugarse. Don José, aunque celoso de que haya bailado antes para los otros, le declara su amor. Mientras tanto llega el sonido de la llamada de retreta para el cuartel. Don José quiere retirarse. Carmen se burla de sus compromisos militares y le propone que se vaya con ella a la sierra, para vivir con ella en libertad. Aparece Zúñiga, desprecia a don José y le ordena marcharse. Don José se rebela y lucha con él. Los demás contrabandistas intervienen, vencen a Zúñiga, y don José ya se ve obligado a seguirlos a la sierra.
ACTO TERCERO
En la serranía. Don José se ha integrado con el grupo de contrabandistas. Don José se lamenta a veces de su deserción, mientras que Carmen se cansa de su carácter celoso. Frasquita y Mercedes echan las cartas, acude Carmen y lee las suyas: le sale un ineludible y fatal destino, la muerte. Llega Micaela a las proximidades del refugio con el fin de convencer a don José de que vaya a ver a su madre. Mientras tanto aparece Escamillo, don José desconfía hasta comprobar que es el famoso torero. Pero, de nuevo, cuando éste le explica que busca a Carmen porque la ama, don José lo desafía. Don José queda en poder de Escamillo, pero éste no lo apuñala. En una nueva lucha, Escamillo queda a merced de don José y cuando éste va a matarlo, llega Carmen y lo sujeta. Escamillo con gran aplomo, invita a todos a la corrida próxima en Sevilla. Se acerca Micaela y le comunica a don José que su madre se está muriendo. Don José la sigue, no sin antes amenazar a Carmen.
ACTO CUARTO
Entrada a la Plaza de Toros de Sevilla. Ambiente previo a una corrida de toros. Llega la cuadrilla de toreros, con Escamillo, acompañado de Carmen, a la que declara su amor. Frasquita y Mercedes advierten a Carmen que don José la busca. Carmen se queda sola aguardando a don José. Este llega, desesperado, y se inicia el diálogo que culminará con la muerte de Carmen, mientras se escuchan los vítores y aplausos por el triunfo de Escamillo.
Fuente: Bizet, Georges. Carmen. Edición de González Troyano, Alberto. Madrid: Cátedra, 1992.




Cerdos
El cerdo es la única especie que se cría con un solo propósito, producir carne. Este prolífico animal que crece rápidamente y que se puede criar en pequeñas pocilgas y modestas granjas, es el mamífero domesticado más abundante en el este y sureste de Asia, donde el consumo de su carne supera al del resto del mundo. En Europa y en el Medio Oeste de Estados Unidos también existen importantes concentraciones de cerdos. Los cerdos son escasos o no existen tan sólo en el suroeste de Asia, donde el islam y el judaísmo prohiben comer su carne.
Del cerdo se aprovecha la piel, que se convierte en cuero, las cerdas, que se utilizan en la fabricación de cepillos, y la manteca. Los cerdos, que son animales omnívoros, se comen todo tipo de restos orgánicos y sus excrementos constituyen un fertilizante muy bueno. En Francia se utilizan cerdos con buen olfato para detectar trufas, unos hongos que crecen bajo tierra y que son muy apreciados.
En una excavación llevada a cabo recientemente en Turquía se encontraron restos de cerdos domésticos de hace aproximadamente 10.000 años, lo que indica que posiblemente el cerdo podría haber sido domesticado en la misma época que las cabras o las ovejas. Hace aproximadamente 8.000 años el cerdo salvaje de Eurasia fue domesticado de forma independiente en distintos puntos de una amplia región que se extiende desde la parte occidental de Europa hasta Japón y Taiwan, al este, y hasta la península de Malaysia, Sumatra y Java, al sureste. En la parte occidental del archipiélago Malayo, incluida Nueva Guinea, muchos de los cerdos descienden, por lo menos en parte, de otra especie salvaje, el cerdo verrugoso de Célebes.


Ceremonia
Caracterizada por un vigoroso realismo, la obra de José María de Pereda contiene una fuerte carga ideológica y conforma la mejor novela costumbrista del siglo XIX. En este fragmento de Pedro Sánchez, el autor recrea el ceremonial católico.
Fragmento de Pedro Sánchez.
De José María de Pereda.
Capítulo II.
No me maravilló el templo con sus tres naves góticas, no su coro bajo frente al altar mayor, su suelo de mármoles y sus capillas sombrías; pues, si he de hablar con verdad, cosa más grande y más rica me había imaginado yo para una catedral de población tan renombrada e importante. Pero comenzó la misa, y ya el ir y venir de los canónigos arrastrando las negras colas; el solemne, ostentoso ceremonial del presbiterio; los preludios del órgano; las nubes y el olor de los incensarios agitados por los inquietos monaguillos, vestidos de rojo y blanco, y la templada luz que se descomponía en todos los colores del prisma al atravesar los vidrios de las ojivas, imprimieron un nuevo rumbo a mis ideas, sacándolas de sus ordinarios y naturales cauces. Después, a medida que la misa adelantaba, crecía la fuerza de mi atención, porque nuevas ceremonias y no soñadas impresiones la sorprendían y la cautivaban, sin poder yo darme cuenta todavía de si aquel arrobamiento en que comenzaba a caer, era solamente una inesperada excitación de mis sentimientos religiosos en ocasión y sitio tan señalados; o si en él influía también un exceso de los chantres y a las atipladas de los niños de coro, y al sonar de las campanillas de los monagos, y al cántico trémulo e inseguro del oficiante, se unió el estruendo de toda la trompetería del órgano, formando el conjunto un verdadero torrente de armonías que se desbordaba de las naves del templo, parecía estrellarse en inmensas oleadas contra los fustes, y saltar con ecos resonantes desde los mármoles del pavimento hasta los rosetones de las bóvedas. Entonces sentí un extraño cosquilleo que se deslizaba por todas las fibras de mi cuerpo; perdí la noción racional de cuanto tenía delante y en derredor de mí; hundí la cabeza en el pecho: parecióme que los haces de columnas se alargaban y crecían hasta perderse de vista, diáfanos y aéreos, y que la tempestad de sonidos se extendía por todo el espacio hasta llenar los ámbitos del mundo, como la voz terrible de Jehová... y le vi; sí, le vi, flotando sobre nubes de incienso y de armonías, entre las disueltas bóvedas del templo; y le sentí en mi corazón y en mi conciencia; y crecieron en ella las más leves faltas hasta la magnitud de enormes culpas; al ardor de la fe, que también crecía en mi pecho, humillé mi cabeza... (creo que toqué con la frente el duro mármol en que se hincaban mis rodillas); negóse mi labio trémulo a pronunciar las plegarias que salían de mi corazón; brotaron mudas lágrimas de mis ojos, y, al verme en presencia de juez tan grande y majestuoso, avergonzóme la altura del suelo que me sostenía, y envidié la obscuridad y bajeza del mísero gusano que se arrastra bajo las costras de la tierra.
Fuente: Jünemann, Guillermo. Historia de la literatura española y antología de la misma. Friburgo: Herder, 1913.





Comala
La tragedia de los campesinos del estado mexicano de Jalisco y el protagonismo de uno de sus pueblos, Comala, donde vive “un tal Pedro Páramo”, se transmite en esta obra, una de las grandes de la literatura contemporánea en lengua española. La descripción de la desolación, el tormento y la muerte son algunas de las características de la prosa de Juan Rulfo, una prosa poética y conmovedora. En este fragmento habla Bartolomé San Juan con su hija Susana, la mujer que Pedro Páramo lleva buscando desde su infancia.
Fragmento de Pedro Páramo.
De Juan Rulfo.
—Hay pueblos que saben a desdicha. Se les conoce con sorber un poco de su aire viejo y entumido, pobre y flaco como todo lo viejo. Este es uno de esos pueblos, Susana.
»Allá, de donde venimos ahora, al menos te entretenías mirando el nacimiento de las cosas: nubes y pájaros, el musgo, ¿te acuerdas? Aquí en cambio no sentirás sino ese olor amarillo y acedo que parece destilar por todas partes. Y es que éste es un pueblo desdichado; untado todo de desdicha.
»Él nos ha pedido que volvamos. Nos ha prestado su casa. Nos ha dado todo lo que podamos necesitar. Pero no debemos estarle agradecidos. Somos infortunados por estar aquí, porque aquí no tendremos salvación ninguna. Lo presiento.
»¿Sabes qué me ha pedido Pedro Páramo? Yo ya me imaginaba que esto que nos daba no era gratuito. Y estaba dispuesto a que se cobrara con mi trabajo, ya que teníamos que pagar de algún modo. Le detallé todo lo referente a La Andrómeda y le hice ver que aquello tenía posibilidades, trabajándola con método. ¿Y sabes qué me contestó? “No me interesa su mina, Bartolomé San Juan. Lo único que quiero de usted es a su hija. Ése ha sido su mejor trabajo.”
»Así que te quiere a ti, Susana. Dice que jugabas con él cuando eran niños. Que ya te conoce. Que llegaron a bañarse juntos en el río cuando eran niños. Yo no lo supe; de haberlo sabido te habría matado a cintarazos.
—No lo dudo.
—¿Fuiste tú la que dijiste: no lo dudo?
—Yo lo dije.
—¿De manera que estás dispuesta a acostarte con él?
—Sí, Bartolomé.
—¿No sabes que es casado y que ha tenido infinidad de mujeres?
—Sí, Bartolomé.
—No me digas Bartolomé. ¡Soy tu padre!
Bartolomé San Juan, un minero muerto. Susana San Juan, hija de un minero muerto en las minas de La Andrómeda. Veía claro. «Tendré que ir allá a morir», pensó. Luego dijo:
—Le he dicho que tú, aunque viuda, sigues viviendo con tu marido, o al menos así te comportas: he tratado de disuadirlo, pero se le hace torva la mirada cuando yo le hablo, y en cuanto sale a relucir tu nombre, cierra los ojos. Es, según yo sé, la pura maldad. Eso es Pedro Páramo.
—¿Y yo quién soy?
—Tú eres mi hija. Mía. Hija de Bartolomé San Juan.
En la mente de Susana San Juan comenzaron a caminar las ideas, primero lentamente, luego se detuvieron, para después echar a correr de tal modo que no alcanzó sino a decir:
—No es cierto. No es cierto.
—Este mundo, que lo aprieta a uno por todos lados, que va vaciando puños de nuestro polvo aquí y allá, deshaciéndose en pedazos como si rociara la tierra con nuestra sangre. ¿Qué hemos hecho? ¿Por qué se nos ha podrido el alma? Tu madre decía que cuando menos nos queda la caridad de Dios. Y tú la niegas, Susana. ¿Por qué me niegas a mí como tu padre? ¿Estás loca?
—¿No lo sabías?
—¿Estás loca?
—Claro que sí, Bartolomé. ¿No lo sabías?
Fuente: Rulfo, Juan. Pedro Páramo. Barcelona: Editorial Planeta, 1989.



Confesiones
En Confesiones, uno de los principales escritos del más insigne padre y doctor de la Iglesia, san Agustín de Hipona, éste refirió de forma autobiográfica y con un brillante estilo literario algunos de los episodios más importantes de su vida. Además, en sus páginas expuso gran parte de su pensamiento teológico y filosófico. El fragmento que sigue supone una interesante aproximación a su teoría del conocimiento.
Fragmento de Confesiones.
De san Agustín.
Libro X; capítulos 9, 10 y 11.
No son sólo éstos los únicos tesoros almacenados en mi vasta memoria. Aquí se encuentran también todas las nociones que aprendí de las artes liberales que todavía no he olvidado. Y están como escondidas en un lugar interior, que no es lugar. Pero no están las imágenes de las cosas, sino las cosas mismas. Yo sé, en efecto, lo que es la gramática, la dialéctica y las diferentes categorías de preguntas. Todo lo que sé de ellas está, ciertamente, en mi memoria, pero no como una imagen retenida de una cosa, cuya realidad ha quedado fuera de mí. No es tampoco como la voz impresa que suena y se desvanece, dejando una huella por la que recordamos como si sonara cuando ya no suena. Ni como el perfume que pasa y se pierde en el viento y que, afectando al sentido del olfato, envía su imagen a la memoria, por la que puede ser reproducida. Ni como el manjar, que ya no tiene sabor en el estómago y que parece lo tiene, sin embargo, en la memoria. Ni como una sensación que sentimos en el cuerpo a través del tacto que, aunque esté alejada de nosotros, podemos imaginarla en la memoria después del tacto.
En estos casos las cosas no penetran en la memoria. Simplemente son captadas sus imágenes con asombrosa rapidez, quedando almacenadas en un maravilloso sistema de compartimentos, de los cuales emergen de forma maravillosa cuando las recordamos.
Pero cuando oigo que son tres las categorías de preguntas –si la cosa existe, qué es y cuál es– retengo las imágenes de los sonidos de que se componen estas palabras. Y sé también que atravesaron el aire con estrépito y que ya no existen. Pero los hechos significados por estos sonidos no los he tocado nunca con ningún sentido del cuerpo. Tampoco los he podido ver fuera de mi alma, ni son sus imágenes las que almaceno en mi memoria sino los hechos mismos. Que me digan, pues, si pueden, por dónde entraron en mí. Recorro todas las puertas de mi cuerpo y no hallo por dónde han podido entrar estos hechos. Mis ojos me dicen, en efecto: «Si tienen color, nosotros los anunciamos.» Los oídos dicen: «Si emitieron algún sonido, nosotros los hemos detectado.» El olfato dice: «Si despiden algún olor, por aquí pasaron.» El gusto dice también: «Si no tienen sabor, no me preguntéis por ellos.» El tacto dice: «Si no es cuerpo, no lo toqué, y si no lo he tocado, no he transmitido mensaje de él.»
¿Cómo, entonces, estos hechos entraron en mi memoria? ¿Por dónde entraron? No lo sé. Cuando los aprendí, no los di crédito por testimonio ajeno. Simplemente los reconocí en mi alma como verdaderos y los aprobé, para después encomendárselos como en depósito y poder sacarlos cuando quisiera. Por tanto, debían estar en mi alma incluso antes de que yo los aprendiese, aunque no estuviesen presentes en la memoria. ¿En dónde estaban? ¿Por qué los reconocí al ser nombrados y decir yo: «Así es, es verdad?» Sin duda porque ya estaban en mi memoria y tan retirados y escondidos como si estuvieran en cuevas profundísimas. Tanto, que no habría podido pensar en ellos, ni alguien no me hubiera advertido de ellos para sacarlos a relucir.
Descubrimos así que aprender las cosas –cuyas imágenes no captamos a través de los sentidos- equivale a verlas interiormente en sí mismas tal cual son, pero sin imágenes. Es un proceso del pensamiento por el que recogemos las cosas que ya contenía la memoria de manera indistinta y confusa, cuidando con atención de ponerlas como al alcance de la mano en la memoria –pues antes quedaban ocultas, dispersas y desordenadas– a fin de que se presenten ya a la memoria con facilidad y de modo habitual. Mi memoria acumula un gran número de hechos e ideas de este tipo, que, como dije, han sido ya descubiertas y puestas como a mano y que afirmamos haber aprendido y conocido. Si las dejo de recordar de tiempo en tiempo, vuelven a sumergirse y hundirse en los compartimentos más hondos de mi memoria, de modo que es necesario repensarlas otra vez en este lugar –pues no es posible localizarlas en otro–. En otras palabras, cuando se han dispersado, he de recogerlas de nuevo para poder conocerlas. Tal es la derivación del verbo cogitare, que significa pensar. Pues en latín el verbo cogo (recoger, coger) dice la misma relación a cogito (pensar, cogitar) que ago (mover) a agito (agitar) o que facio (hacer) a factito (hacer con frecuencia). Pero la palabra cogito queda reservada a la función del alma. Se emplea correctamente sólo cuando se aplica cogitari a lo que se recoge (colligitur), es decir, lo que se junta (cogitar) no en un lugar cualquiera, sino en el alma.
Fuente: Agustín, San. Confesiones. Prólogo, traducción y notas de Pedro Rodríguez de Santidrián. Madrid: Alianza Editorial, 1998.


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